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  • EL EXCESO SIMBÓLICO DEL ACTIVISMO ARTÍSTICO

    EL EXCESO SIMBÓLICO DEL ACTIVISMO ARTÍSTICO

    Uno de los cambios más significativos en el arte contemporáneo durante las últimas dos décadas se refiere a artistas y colectivos que han trasladado su enfoque artístico de la representación a la acción social directa. El libro THE ART OF DIRECT ACTION. Social Sculpture and Beyond muestra por qué esta transición podría cambiar nuestra comprensión de la producción artística en general y hacernos reconsiderar el papel del arte en la sociedad. El libro reúne a artistas, académicos y expertos reconocidos internacionalmente en el campo del arte socialmente comprometido para reflexionar sobre los desarrollos históricos en este campo, y explorar el papel que el concepto de escultura social del artista alemán Joseph Beuys jugó en su evolución. Las contribuciones brindan reflexiones teóricas, análisis históricos que enmarcan debates críticos sobre proyectos artísticos ejemplares, socialmente comprometidos desde la década de 1970 con el fin de examinar las estrategias, oportunidades y fracasos de esta práctica.

    De este libro editado por Karen Van Den Berg, Cara Jordan y Philipp Kleinmichel y publicado bajo el sello editorial de Sternberg press publicamos el siguiente texto de uno de los editores.

     

    EL EXCESO SIMBÓLICO DEL ACTIVISMO ARTÍSTICO

    Por Philipp Kleinmichel

    Uno de los debates centrales que ocupa el discurso sobre el papel social y la función del arte, tiene que ver con el tema del arte políticamente comprometido. Durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX, estas discusiones se centraron en el valor estético del arte políticamente comprometido y, por lo tanto, si el arte políticamente comprometido se debía entender como arte y ser legitimado como tal. Hoy, sin embargo, la pregunta más urgente interpela al valor político del compromiso artístico. Al menos una de las razones de este cambio se puede encontrar con relativa facilidad: hacia fines del siglo pasado, la cultura contemporánea se acostumbró cada vez más al hecho de que todas las imágenes y formas posibles podrían presentarse como arte, independientemente de su valor estético. Las prácticas artísticas ya no se reducen a los conceptos de la belleza o lo sublime, ni a la autonomía estética pura y desinteresada. Después de décadas de procedimientos de vanguardia y neo-vanguardia, y la deconstrucción de la oposición entre la alta y la baja cultura, tales conceptos han dejado de ser la norma predominante para la evaluación artística. Y de la misma manera que los espectadores contemporáneos ya no se irritan por la presencia de objetos industriales producidos en masa en el contexto del arte, que antes se caracterizaba por sus hábiles producciones, la aparición de imágenes políticas, objetos, performances y otras actividades políticas en este contexto se han vuelto no solo aceptadas de manera similar, sino que han sido incorporadas al lenguaje natural del arte.

    La creciente importancia del valor político del arte contemporáneo también ha llevado a un cambio en el debate sobre el arte contemporáneo políticamente comprometido. Además de todas las otras consideraciones, la preocupación central para los artistas políticamente comprometidos en la actualidad, implica la cuestión de cómo producir arte para que este tenga un valor político real. Para esto, parece poco representar simplemente ciertas cuestiones políticas de una manera estética, atractiva o impactante. Por el contrario, tales representaciones de conflictos políticos en el campo del arte a menudo son criticadas como estéticas y explotadoras de la política y, por lo tanto, hechas simplemente para abastecer a una específica demanda moral del mercado del arte. Este tipo de crítica es una de las razones por las que las prácticas artísticas han mostrado una tendencia creciente a comprometerse directamente con la vida política contemporánea, durante las últimas décadas.[1] La reducción de todos los excedentes estéticos y representativos, y la participación directa en la vida política parecen haber demostrado ser una estrategia prometedora y seductora para convencer al espectador crítico del valor político real del arte. Sin embargo, al mismo tiempo, un argumento igualmente convincente ha sido que el valor político real del arte se puede encontrar en su poder estético esencial. Según esta perspectiva, el verdadero valor político del arte no puede consistir en la sustracción absoluta de la estética y, por lo tanto, no en la acción política directa, sino en la distancia estética del arte, en su mediación y reflexión que tiene el poder de abrir nuevas e inimaginables posibilidades de existencia a nivel individual y colectivo.[2] Ninguna de las nuevas formas de acción política directa puede tener un valor político convincente de acuerdo con esta posición, pero el arte que se centra en la dimensión estética y se diferencia de todas las otras formas de acción política lo puede hacer. Sin embargo, independientemente de qué lado se elija, este argumento enfatiza un cambio significativo en el debate: la cuestión central ya no es si el arte políticamente comprometido puede ser legitimado como arte, sino qué tipo de proyectos artísticos pueden legitimarse como formas valiosas de efectividad política.

    De hecho, cada proyecto artístico debe analizarse y evaluarse de forma individual con respecto a los efectos que logra tener en la vida política. Sin embargo, existen varias formas de abordar la cuestión del valor político que posee el activismo artístico en general. Quiero centrarme aquí solo en dos aspectos. El primero se refiere al cambio histórico de interés dentro de la discusión sobre el arte políticamente comprometido, y su tendencia a entrar en la vida política de forma directa. El segundo implica la diferencia mínima, casi invisible pero no obstante irreducible, entre un compromiso político directo tan avanzado y no representativo en nombre del arte, y un compromiso político no artístico en nombre de determinados temas políticos. Más que todas las otras diferencias estructurales, como las diferencias entre el arte político activista no representativo y el arte político representativo tradicional, no activista, es la delgada y casi invisible línea entre el activismo político artístico y no artístico lo que permite una posible comprensión del valor político del activismo político artístico. Esta diferencia irreductible entre estas dos formas nos permite abstraernos de las intenciones honorables pero subjetivas de los artistas políticamente comprometidos, para comprender el valor político objetivo de sus producciones artísticas. Los artistas políticamente comprometidos pueden tener la intención e incluso lograr que su audiencia sea consciente de ciertos conflictos políticos ocultos, o interactuar directamente con la vida política pública. Pero su éxito o fracaso particular en estos términos no es lo que distingue su práctica política de otro activismo político no artístico, que puede tener éxito o fracasar de la misma manera. El valor distintivo del activismo político del arte no depende de si es más o menos efectivo que otras formas de activismo político. Lo que nos permite caracterizar el arte políticamente comprometido en sus formas avanzadas contemporáneas y, por lo tanto, comprender su valor político particular, es el hecho de entender qué significan las formas estéticas y simbólicas específicas del compromiso político no artístico como arte, que se han desarrollado desde los años sesenta y setenta en el contexto político del mundo occidental. La significación de estas formas políticas como arte, las transfiere del contexto de la vida política al contexto del arte y, por lo tanto, al contexto del museo y del archivo. Es, como mostraré, esta «musealización» lo que representa un valor político objetivo significativo. La musealización de estas formas políticas tiene valor político no solo porque nos permite entenderlas como resultado de ciertas estrategias políticas del pasado, como formas de un antiguo Occidente en las que potencialmente ya han perdido su valor político en la vida política contemporánea. También permite e incluso obliga a los espectadores contemporáneos a distanciarse de estos resultados de una acción directa, para estudiarlos y compararlos con todas las demás formas e imágenes políticas y estéticas que se han producido durante el curso de la historia.

    El cambio epistémico

    De hecho, para comprender la función y el valor del activismo político del arte, debemos reconocer y admitir el cambio histórico que reencausa el debate sobre el arte políticamente comprometido desde la cuestión de su valor estético a su valor político. Históricamente, este cambio se remonta a Joseph Beuys. Lo que hace que su práctica sea significativa a este respecto no es solo el hecho de que se apropió muy temprano de la forma organizativa del activismo político, sino también de que estas formas, como el Partido Estudiantil Alemán (Studentenpartei, 1967), la Organización de No Votantes (Organisation der Nichtwähler, 1970) y la organización para la Democracia Directa a través del Referéndum (Organization für direkte Demokratie durch Volksabstimmung, 1971), las cuales además fueron reconocidas y discutidas como arte desde un comienzo debido a la participación de Beuys en grandes exposiciones como documenta. Y es precisamente el reconocimiento de estos prototipos del arte activista contemporáneo y la crítica que atrajo de inmediato, lo que permite comprender el cambio del valor estético al valor político que caracteriza el debate contemporáneo sobre el arte políticamente comprometido.

    De hecho, el objetivo político de Beuys al utilizar el activismo artístico para superar la sociedad desencantada, moderna y racionalizada en la que la existencia individual se caracteriza por un trabajo especializado, alienado y nada creativo, no estaba por fuera de los postulados en el contexto cultural de los años setenta. Alimentadas por el marxismo occidental, las revueltas estudiantiles que determinaron la vida política en esta época se dirigieron contra los mismos mecanismos burocráticos de la sociedad unidimensional integral del capitalismo tardío entregado al consumo. Ya se trate de las relaciones profesionales, íntimas y sexuales entre las personas, o la relación del individuo con la naturaleza o con la constitución psíquica interna del ser: todas las relaciones humanas individuales quedaron sujetas a crítica y posible transformación experimental. Sin embargo, lo más significativo para el proyecto político de Beuys en comparación con otros proyectos revolucionarios de moda en ese momento no es simplemente el hecho de que trató de lograr sus objetivos organizando su activismo como arte, sino también su forma distinta de dirección política.[3]

    Mientras que una mayoría de las demás actividades políticas durante este tiempo buscaron reemplazar la forma de producción capitalista, el proyecto de Beuys estaba motivado por la idea de radicalizarlo.[4] En su conferencia «Die Gesellschaft als Kunstwerk» (La sociedad como obra de arte), por ejemplo, Beuys describe su proyecto como un intento difícil, pero posible, de reemplazar la sociedad racionalizada moderna por «formas puras alrededor de un organismo social autoorganizado que cobrará vida en el futuro.» [5]  Sin embargo, la posibilidad de realizar el organismo social como una obra de arte dependía de las inversiones financieras. Y esas inversiones solo podrían ser atraídas, pensó Beuys, si la economía real existente era reemplazada por una «forma pura de capital empresarial.» [6] La financiación para remodelar el organismo social del futuro de una manera artística requería que la economía capitalista real existente, desde la perspectiva de Beuys quien carecía de una visión metafísica radical y un espíritu aventurero, fuera suplantada por un orden económico impulsado por un capital puramente aventurero. Incluso después de su finalización, este nuevo organismo del futuro tendría, como dijo Beuys, «capital empresarial» en su corazón, ya que es «el flujo de dinero a través del cual se nutren las instituciones» [7], lo que constituiría el nuevo «organismo social del futuro.» [8]

    Sin embargo, una de las razones por las que el proyecto de Beuys fue y sigue siendo criticado por su valor político se debe al lenguaje trascendentalista, el cual resulta fácilmente identificable con el idealismo alemán, sobre todo el de Kant y Wagner, que se encuentra en su descripción de un «emprendimiento puro» y la visión total de la sociedad como obra de arte del futuro.[9] Esta similitud subraya la distancia con las revueltas estudiantiles orientadas por el marxismo, y acerca el emprendimiento revolucionario y activista de Beuys al proyecto romántico del conservadurismo revolucionario. El objetivo de Beuys de reemplazar las estructuras sociales reales existentes no estaba motivado por una visión materialista y comunista de una sociedad sin clases, de moda durante ese tiempo. En cambio, aparecía justificado a través de una visión idealista que Beuys tenía inspirado en un pasado arcaico y premoderno. «La tarea», afirmó, es «abrir los ojos del público y revelarle estos ideales arcaico-imaginarios [urbildhaften Vorstellungen] del organismo social»[10] para llevarlo a crear un «nuevo estado planetario».[11] Y la «tendencia de regresión, es decir, volver al pasado, volver al útero», afirmó en otra parte, es una «regresión en el sentido de progresión, lo futurológico».[12]

    Al igual que la tradición conservadora romántica que va desde Nietzsche hasta Heidegger, el proyecto de Beuys no se basaba en una crítica a la estructura capitalista explotadora de la vida moderna, sino en una crítica de la metafísica occidental que, según Beuys, ha generado históricamente la perspectiva materialista predominante que oculta la verdad espiritual y confina al individuo creativo en una oscuridad profunda y peligrosa. En su análisis de la relación entre el breve período de compromiso político de Heidegger con el fascismo alemán y su crítica filosófica de la metafísica europea, Philippe Lacoue-Labarthe ha demostrado que la conexión entre esta tradición filosófica conservadora y el fascismo consiste en una perspectiva romántica que, desde su punto de vista totalizante, permite concebir la ficción del organismo social como arte. «Es ahí donde se disimula la verdad de lo que llamamos «totalitarismo»», escribe Lacoue-Labarthe. «Decir que lo político es orgánico no significa solo que el Estado es comprendido a la vez como «totalidad viva» y como obra de arte.» En cambio, es, a medida que continúa, «la organicidad de la comunidad: el Gemeinschaft o como Heidegger dice […] el Gemeinschaftswesen. Es por consiguiente la organicidad del pueblo, el Volkstum, lo que permite que nuestro concepto de «nación» sea restaurado a su significado original.[13]

    De hecho, si bien puede ser difícil vincular el proyecto de Beuys con este «concepto de «nación»», no hay duda de que Beuys heredó su perspectiva romántica del especialista en Goethe y Nietzsche que es Rudolf Steiner. Y es este punto de vista totalizador, así como la apropiación de Beuys de la idea romántica de un organismo social, lo que ha atraído comentarios críticos.[14] Sin embargo, aunque la apropiación de Beuys de esta perspectiva romántica culminó en la estética de sus representaciones, objetos y trajes, así como en su proximidad retórica al idealismo alemán, la dirección de esta crítica corre el riesgo de ocultar la novedad real y el valor político programático en el centro de su activismo artístico. La innovación histórica del proyecto de Beuys puede describirse como una combinación de su punto de vista totalizador romántico y la crítica de la cosmovisión materialista moderna, por un lado, y la visión ideal y aventurera de un orden capitalista puro basado en la energía de una desatada individualidad creativa, por otro lado.

    Esta conexión innovadora permite reconocer el espíritu neoliberal capitalista en el llamado de Beuys para reemplazar la cosmovisión materialista por una nueva perspectiva espiritual.[15] Para Beuys, así como para el proyecto neoliberal, el individuo es visto esencialmente como capital creativo. Y para ambos, la activación, inversión y realización del capital empresarial puro depende de la deconstrucción del limitado y real aparato estatal existente y de sus reificaciones burocráticas. El organismo social del futuro de Beuys, en el que la creatividad del individuo debe invertirse sin ninguna represión burocrática, y el proyecto neoliberal, en el que se supone que el equilibrio del libre mercado desregulado está determinado por el libre flujo de las decisiones individuales y empresariales del mercado, al menos en este sentido, aparecen estrechamente relacionados.

    Este parentesco intelectual tuvo un claro impacto en el arte contemporáneo después de la vanguardia. El ideal compartido del yo creativo desatado y la visión de una totalidad orgánica autopoética desregulada socialmente, proporcionaron una salida a la contradicción en la que artistas contemporáneos como Beuys se encontraron siguiendo los logros de la vanguardia: por un lado, los artistas eran libres de declarar todas las imágenes y formas como arte sin ninguna limitación en su creatividad, mientras que, por otro lado, ellas estaban reguladas y dependían de instituciones estatales burguesas como museos, academias y galerías para su evaluación como arte. La visión utópica de un estado desregulado y su transformación en un organismo social determinado por el libre flujo de la creatividad, permitió a los artistas posteriores a las vanguardias ubicar su práctica en un nuevo contexto. En este nuevo contexto, que encuentra su expresión en la noción extendida de arte de Beuys (erweiterter Kunstbegriff), el artista, en lugar de presentar su obra como arte dentro de las limitaciones que imponen las instituciones burguesas, parece participar con la nueva clase creativa de arquitectos y urbanistas, diseñadores y empresarios alternativos para remodelar la imagen del nuevo mundo urbano postindustrial.

    Sin embargo, la estrecha relación de Beuys con el paradigma neoliberal como el medio para realizar su futurología regresiva a partir de un organismo social armonioso de forma progresiva, también ha atraído una serie de críticas, que nuevamente ayudan a subrayar el cambio característico de una crítica del valor estético del arte a una crítica de su valor político.[16] En su ensayo «Haacke, Broodthaers, Beuys» de 1988, Stefan Germer argumenta, por ejemplo, que el proyecto político de Beuys no puede entenderse como una visión alternativa al mundo capitalista, sino como una reproducción conservadora de su ideología hegemónica.[17] La insistencia de Beuys en la «importancia de la creatividad individual» no le permitió alcanzar una visión alternativa, argumenta Germer, sino que simplemente apoyó la ideología prevaleciente en la que el «individuo asumió el estatus mítico» como actor creativo.[18] Según Germer, Beuys logró el éxito en el mundo del arte y el reconocimiento general de los medios de comunicación, porque satisfizo la demanda de una existencia no alienada, no reificada y lúdica al «suministrar al mercado el llamado ‘arte político’» con un tipo de suplemento ilusorio que mantuvo «la creencia ilusoria en el poder del arte» y, por lo tanto, devolvió «al artista marginado un papel social central.»[19]

    En una mesa redonda publicada en octubre de 1979 con motivo de la retrospectiva de Beuys en el Museo Solomon R. Guggenheim, que también marcó un momento definitivo en la recepción crítica de su trabajo en los Estados Unidos, Benjamin Buchloh señala que el éxito público de Beuys debería ser visto no en relación con el público de la década de 1960 «que proporcionó la base teórica para una nueva politización», sino en relación con un entorno diferente que «representa una nueva conciencia, una seguridad en sí mismo, una complacencia que encuentra su equivalente en el mito de la personalidad propuesta por el trabajo de Beuys».[20] El análisis de Luc Boltanski y Eve Chiapello de la literatura administrativa de la década de 1960 en su libro The New Spirit of Capitalism describe esta nueva conciencia en detalle. Explican que este tipo de literatura «acompaña la transición de una burguesía patrimonial centrada en la firma personal a una burguesía de gerentes, que son asalariados, académicamente calificados e integrados en grandes administraciones públicas o privadas».[21] Los objetivos espirituales de esta generación, muestran los autores, estaban «dirigidos a la liberación de puestos de trabajo y la relajación de la burocracia que se desarrolló a partir de la centralización y la creciente integración de empresas cada vez más grandes».[22] Incluso si este nuevo público aún no era un portador del nuevo espíritu del capitalismo, según Buchloh, ya estaba en demanda de «un héroe-artista que proporcionara las imágenes para una nueva identidad cultural», que sin duda es la identidad del yo creativo liberado.[23]

    La diferencia irreducible y mínima

    Ya sea que se esté o no de acuerdo con la posible conexión entre la visión ideal de Beuys de un capitalismo puro, o su llamado a una perspectiva espiritual dentro del nuevo espíritu del capitalismo, este tipo de crítica ejemplifica cómo el proyecto político artístico ya no es criticado por su valor aparentemente estético y el fracaso en el campo del arte, sino más bien por su valor político real, como portador ideológico de un ideal revolucionario regresivo. Lo central de esta evaluación crítica no es si uno encuentra belleza en las actividades políticas, performances, roles míticos o reliquias sobrantes de Beuys, sino más bien si estas son políticamente valiosas y efectivas. Esta recepción crítica del proyecto político de Beuys nos permite comprender una de las razones detrás de la tendencia general que ha surgido en el arte políticamente comprometido, durante las últimas dos décadas. Si los artistas políticos necesitan evitar el riesgo de repetir la ideología prevaleciente y evitar la sospecha de explotar los conflictos políticos contemporáneos solo para satisfacer una cierta demanda del mercado del arte, entonces se verán cada vez más obligados a diseñar nuevas formas artísticas de acción política directa. Los artistas solo parecen capaces de defender el valor político de su trabajo contra tales formas establecidas de crítica, si son capaces de reducir el excedente estético y representativo a tal grado que se vuelva indistinguible del activismo político no artístico.

    Esas formas avanzadas de activismo político que ya no se pueden distinguir de las formas no artísticas de activismo político son ciertamente innovadoras, en comparación con las prácticas artísticas políticas anteriores. El compromiso político de artistas del siglo XIX como Wagner, Baudelaire o Pissarro, por ejemplo, incluyó planes estratégicos para subvertir la vida política, mediante la creación de círculos anárquicos, peleas callejeras con fuerzas armadas, construcción de barricadas, etcétera. Pero estas actividades pueden considerarse separadas de su trabajo artístico, que también podría describirse como una práctica política de nivel estético. Como artistas, describieron críticamente la realidad del mundo prevaleciente para arrojar luz sobre aspectos ocultos y subrepresentados de la realidad social y, sobre todo, para transformar las formas reificadas y completamente racionalizadas del ver, sentir y pensar burgueses. Los activistas del arte contemporáneo, por otro lado, ya no parecen diferenciar entre las instituciones de arte, la calle, o los medios de comunicación. Los miembros del colectivo Mosireen con sede en El Cairo, por ejemplo, consideran que su práctica es arte, aunque, en línea con el énfasis del arte contemporáneo en el valor político, declaran que la dimensión artística de su práctica es secundaria a su dimensión política.[24] Y a pesar de que esta dimensión artística también es objetivamente reconocida por los curadores y críticos que han mostrado y discutido su trabajo en el contexto del arte contemporáneo, la diferencia entre su trabajo y otras prácticas no artísticas parece haber desaparecido.[25] Durante los disturbios revolucionarios en El Cairo en julio de 2011, Mosireen distribuyó imágenes tomadas con teléfonos móviles y cámaras a través de varios canales de medios, plataformas en línea, exposiciones de arte y las calles.[26] Los efectos políticos y las discusiones generadas por tal proyecto no difieren estructuralmente de los eventos iniciados por organizaciones políticas como Attac, Occupy o los recientes gilets jaunes (chalecos amarillos), que emplean técnicas artísticas y estéticas similares.[27] La aparente desaparición de esa diferencia también se debe al hecho de que el activismo político en la era de los medios digitales siempre se basa en un terreno estético.[28] Los activistas políticos contemporáneos generan atención pública a través de imágenes e información cuidadosamente dirigidas y seleccionadas en plataformas de televisión y redes sociales.

    Esta tendencia en el activismo político contemporáneo subraya la creciente dificultad, si no la imposibilidad, de distinguir entre activismo artístico y no artístico. Ambos parecen potencialmente exitosos en iniciar, provocar y repetir las discusiones públicas en curso, a través de medios estéticos. Ambos operan en las calles, en público, con el objetivo de atraer la atención de los medios, ya sea televisión, medios impresos, Internet o museos de arte contemporáneo. Por lo tanto, ambas son actividades estéticas y espectaculares que, al menos en cierto grado, dependen de la circulación viral y la amplificación de sus imágenes, información y mensajes políticos, y, por lo tanto, de las economías de atención de los medios. Pero si la diferencia entre el activismo artístico y el no artístico se ha vuelto indistinguible, entonces es imposible argumentar que el activismo político artístico sería menos efectivo que el activismo político no artístico, o preferir objetivamente uno como políticamente más efectivo o auténtico que el otro.

    Sin embargo, no se puede caer en la conclusión de que la diferencia entre arte y política ha desaparecido por completo, sin dejar un pequeño residuo que permita identificar tal oposición. Aún permanece una diferencia casi invisible, pero no obstante irreducible, entre el arte y la política. El activismo político fuera del mundo del arte, como las recientes protestas de gilets jaunes en Francia, por ejemplo, utilizan estrategias estéticas, simbólicas y mediáticas similares o incluso idénticas a las de los activistas del arte político contemporáneo. Es posible que puedan integrar sus protestas en el espectáculo de los medios de comunicación, mediante el uso de la estética corporativa de los chalecos de señal, y de las redes sociales como Facebook e Instagram para capturar y distribuir imágenes del evento, y así sucesivamente. Sin embargo, también está claro que, para estos activistas políticos no artísticos, no hay ningún valor si sus protestas simbólicas entran a ser consideradas y reconocidas como arte. Los artistas activistas, por el contrario, deben considerar el valor artístico de su práctica, incluso si esto les lleva a la conclusión de que sus actividades solo tienen un valor artístico secundario o incluso no inmediato. Para los activistas políticos no artísticos, tales preguntas y cálculos son absurdos. Sus acciones están impulsadas por cálculos pragmáticos diarios, como si pueden permitirse gasolina suficiente para llegar a un trabajo que les paga por la gasolina.

    Esta diferencia, en el nivel oculto y fenomenológico de intencionalidad, muestra que, en comparación con el activismo no artístico tradicional, el activismo político artístico opera con un excedente excesivo de significado y valor simbólico. El artista como activista puede compartir los cálculos profanos y cotidianos con el activista no artístico tradicional, pero el artista agrega a esto un excedente de intención subjetiva a la hora de producir estas formas de protestas políticas en nombre del arte. Además de todas las otras intenciones pragmáticas que un activista artístico y un activista político no artístico pueden compartir, los artistas políticamente comprometidos son reconocidos por su intención de acceder al reino del arte y su economía simbólica. En un mundo social con un sistema de arte existente y desarrollado, una cosa es dibujar una línea y otra muy distinta dibujar una línea como una obra de arte. En la medida en que se dibuja como arte, y todas las líneas dibujadas por artistas atraen la atención cuidadosa y el juicio del mundo del arte, su distinción de cualquier otra línea profana dibujada sin dicho reconocimiento consiste en el exceso simbólico proporcionado por el contexto del arte. Lo mismo es cierto para el activismo político artístico. En la medida en que se reconozca el activismo político en exposiciones, publicaciones, conferencias y simposios, el exceso simbólico se manifiesta objetivamente. Los espectadores contemporáneos que están familiarizados con el desarrollo histórico del arte, por lo tanto, estarán bien preparados para reconocer estas formas de activismo político como arte. Esto muestra que la diferencia mínima, casi invisible, puede ser intencional y simbólica, pero se manifiesta objetivamente a través del reconocimiento institucional, que a su vez está profundamente anclado en la condición material de la economía política contemporánea.

    La hiperrealidad del activismo político

    Si, de hecho, existe una diferencia simbólica y material casi invisible, objetiva, y que nos permite diferenciar entre estas dos prácticas aparentemente idénticas, se podría concluir fácilmente que el activismo político como arte, ha alcanzado la etapa de estetización absoluta y simulación artística perfecta. La simulación parece estar formada con tal precisión que se hace imposible comprender esa diferencia, sin recurrir a una perspectiva fenomenológica científica. De esta manera, el arte de la acción directa que traza el territorio del activismo político desde una perspectiva artística recuerda a los cartógrafos de la famosa historia de Jorge Luis Borges, sobre un país en el que el arte de la cartografía alcanzó tal perfección que los mapas lentamente reemplazaron al verdadero imperio.[29] En La precisión de los simulacros, Baudrillard se refiere a la precisión del mapa para demostrar que la simulación perfeccionada «ya no es la de un territorio, un ser referencial, una sustancia. Es la generación por modelos de un real sin origen o realidad: un hiperreal. El territorio ya no precede al mapa, ni lo sobrevive. Sin embargo, es el mapa el que precede al territorio, la precesión de los simulacros que engendra el territorio».[30] El activismo político artístico puede describirse claramente en analogía con la ilustración de Baudrillard. Su simulación parece haber alcanzado un nivel de perfección tan alto, que se hace imposible criticarlo como una simple representación del territorio político y no parlamentario del activismo político. El activismo político artístico produce, parafraseando a Baudrillard, una generación de modelos de activismo político que preceden al activismo político no artístico.

    Sin embargo, a menudo no se reconoce que incluso el activismo político no artístico que uno asocia hoy con los Yippies, Spontis, Post-Operaism y sus formas más recientes, los movimientos Occupy y Black Lives Matter, es en sí mismo una forma histórica relativamente nueva de organización política que se basa en técnicas artísticas, incluido el teatro callejero, la creación de situaciones espontáneas, la distribución de medios alternativos, acontecimientos, sentadas, etc. No es un accidente que, en su Revolución por el infierno de 1968, Abbie Hoffman, uno de los activistas políticos más reconocidos e influyentes de la época, describa su estrategia política como una combinación de los estilos de Andy Warhol y Fidel Castro.[31] «Si me viera obligado a tomar una decisión», declara Hoffman con respecto a las condiciones políticas y culturales de la época, «elegiría a Castro, pero ahora, en este período de cambio en el país, los estilos de ambos pueden combinarse». «No es una guerra de guerrillas, pero quizás un buen término sea guerra de micos. Si el país se vuelve más represivo, debemos convertirnos en Castros. Si se vuelve más tolerante, debemos convertirnos en Warhols».[32]

    El cálculo de Hoffman muestra que el territorio mismo del activismo político no artístico desde la segunda mitad del siglo XX ya estaba mapeado por los medios, y las estrategias estéticas de los movimientos artísticos de vanguardia como el dadaísmo y el surrealismo, así como las prácticas artísticas de la década de 1960 como el Pop art o los situacionistas. Esto de ninguna manera significa que el activismo político no artístico contemporáneo pueda o deba reducirse a la historia de las artes. Pero independientemente de si los activistas políticos son conscientes de este linaje, o si eligen sus modelos activistas al mirar el arte tan conscientemente como lo hizo Hoffman, la genealogía de las formas y estrategias contemporáneas del activismo político no artístico se remonta a través de las artes, donde la estética y las técnicas simbólicas se han desarrollado a lo largo de la historia, preparando y mapeando el territorio para el activismo político no artístico.

    Es posible, a este respecto, rastrear aún más el origen del activismo político no artístico de los años sesenta y setenta. Una de las primeras conceptualizaciones del terreno en el que tendría lugar la simulación posterior del activismo político, se puede encontrar en el «Manifiesto para un arte revolucionario independiente» de 1938, escrito por André Breton, el estratega jefe del surrealismo, y León Trotsky después que rompió con la política del Partido Comunista de la Unión Soviética estalinista».[33] En él, los autores visualizan una verdadera cultura humana bajo la condición de ciencia y arte independientes. La premisa de cualquier desarrollo cultural humano es, afirman, la creatividad, el juego libre de las facultades de la imaginación, la intuición y la individualidad. Por esta razón, la crítica política del manifiesto está dirigida a las democracias capitalistas liberales y al fascismo, como su forma más elevada e imperial. La crítica de Breton y Trotsky también está dirigida al proyecto comunista de tipo estalinista, que a sus ojos explotó la producción artística y científica en lugar de desatar la creatividad artística y científica. Para «el mejor desarrollo de las fuerzas de la producción material, la revolución debe construir un régimen socialista con control centralizado», declara el manifiesto. Sin embargo, para «desarrollar la creación intelectual», también agregan, «primero se debe establecer un régimen anarquista de libertad individual».[34] Por lo tanto, para organizar las clases creativas reprimidas de intelectuales y artistas, los dos activistas exigen la fundación de una organización político-artística que pueda describirse como un modelo ideal de las organizaciones de activistas del arte contemporáneo. La llamada Federación Internacional de Arte Revolucionario Independiente fue diseñada para unir a los «miles y miles de pensadores y artistas aislados», que estaban «dispersos por todo el mundo», legitimándose a sí mismos a través de la creencia de que la tarea suprema del arte en nuestra época es participar activa y conscientemente en la preparación de la revolución».[35] Por supuesto, la organización nunca se realizó. Pero se preveía interferir directamente con la esfera política, sin «ninguna autoridad, ningún dictado, ni el menor rastro de órdenes desde arriba», y, sin embargo, funcionar «sobre una base de cooperación amistosa, sin restricciones externas». Los aspectos centrales de la organización han sobrevivido en la base ideológica de muchos proyectos de activismo político alternativo tanto artístico como no artístico, desde la década de 1960 y que están igualmente comprometidos en la creación de estructuras políticas no jerárquicas, lúdicas, colaborativas y autónomas.[36]

    Históricamente, estas nuevas formas políticas difieren de los movimientos políticos anteriores de la Antigüedad y la Edad Media, así como de las luchas de clases modernas entre la burguesía y la aristocracia, y más tarde el proletariado y la burguesía. En su libro Riot Strike Riot, Joshua Clover ha demostrado que la cuestión de si los trastornos sociales en la historia están estructurados como los disturbios espontáneos de las insurrecciones de esclavos y campesinos, sin ninguna estrategia política a largo plazo, o como las llamadas revueltas proletarias que fueron diseñadas y planeadas por profesionales revolucionarios, depende de un principio simple. En períodos históricos, como la era de la industrialización en la que las sociedades estaban determinadas por la producción de bienes de consumo, las demandas sociales y políticas de las masas tendían a afectar el campo de producción a través de huelgas organizadas y estratégicamente planificadas. Mientras que, en las sociedades estructuradas a través del consumo y la circulación de bienes, como las sociedades de consumo posfordistas de Occidente, las demandas sociales y políticas de las masas tienden a afectar el campo de circulación, interrumpiéndolo a través de disturbios espontáneos. Lo que distingue estas formas políticas anteriores, revolucionarias y rebeldes, y las diferencia de las formas contemporáneas de activismo político, es el hecho de que eran proyectos letales, luchados hasta la muerte, ya sea mediante la decapitación de los delincuentes revolucionarios o la decapitación del soberano. Dentro de las limitaciones del mundo occidental en su estado actual, que Foucault ha denominado «biopolítico», esa muerte siempre es un accidente, un momento escandaloso que debe evitarse a toda costa.[37] En consecuencia, las formas arcaicas de ira política ante las injusticias sociales, culturales y ecológicas se invierten principalmente en un nivel simbólico.[38] Están sublimadas en una alta forma cultural de resistencia estética y simbólica, y distribuidas por nuevas formas históricas de activismo político simbólico, que a su vez son cuidadosamente seleccionadas y vigiladas.[39]

    La musealización del activismo político artístico

    Sin embargo, debido a la significación simbólica del arte activista contemporáneo, hoy es posible describir el ascenso y la caída de esta forma históricamente nueva de activismo político simbólico. A primera vista, puede describirse como exitoso en la medida en que sus estrategias simbólicas han atraído y siguen atrayendo la atención de los medios. Además, como crítica de las estructuras de poder y propiedad del mundo del consumidor capitalista tardío, estos proyectos también parecen haber desarrollado una crítica exitosa de la organización política prevaleciente de las estructuras de partido reales existentes, ya sean las de las democracias de presentación occidentales o las nuevas, tipo partidos comunistas.[40] Y, de hecho, en comparación con estos partidos políticos que envejecen, las diversas formas de activismo político desde la década de 1960 parecen ser una forma de vida política real, auténtica y vital. Desde este punto de vista, el activismo político todavía parece ser una opción auténtica para trabajar contra la revolución neoliberal, ya sea a través de formas de protesta o mediante intervención política terapéutica o directa.

    Sin embargo, también es posible y necesario señalar la larga cadena de fracasos y la impotencia de estas formas de activismo político simbólico. En comparación con la implementación política de la revolución neoliberal desde principios de la década de 1980 (la destrucción del estado social moderno y una nueva y creciente división de clases; la redistribución de la riqueza común de abajo hacia arriba y la creación de nuevas redes políticas y económicas de individuos creativos y precarios, auto explotadores; la explotación rigurosa de los recursos naturales y sus efectos globales, como la migración masiva y la guerra), las formas contemporáneas de activismo político simbólico siempre parecen estar un paso atrás. De hecho, a pesar de las revueltas en Génova y Seattle a fines de la década de 1990, y las diversas organizaciones de protesta como Attac, Occupy y Black Lives Matter, la reorganización real del mundo globalizado sugiere que las rebeliones de los medios, los disturbios simbólicos excedentes y la asistencia directa del vecindario, los programas son incapaces de remodelar progresivamente, e incluso influir en esta dirección hacia la reconstrucción de la vida social de una manera sostenible. Tras una inspección más cercana, incluso parecen peligrosamente similares a todos los demás proyectos determinados por el nuevo espíritu del capital: estructuras de servicio creativamente organizadas y movilizadas, temporales y participativas basadas en el trabajo no remunerado y la auto explotación. Y en la medida en que estos proyectos activistas bien intencionados a menudo se diseñan como desestructuraciones temporales y rizomáticas, como estructuras sin estructuras, como modelos performativos, flotantes y circulantes que evitan la estasis material, las jerarquías y otras formas de burocracias,[41] también deben ser escenificados como espectáculos que necesitan repetirse y recrearse, de acuerdo a la lógica general de los eventos de nuestro tiempo, que necesitan ir de evento en evento.

    Nuevamente, si el activismo político no artístico puede describirse desde esta perspectiva histórica como una simulación, no significa que haya una falta de efectividad política. Como se argumentó anteriormente, está claro que no existe un activismo político auténtico, por un lado, y un activismo político no auténtico, fallido, estetizado o simulado, por el otro. Sin embargo, existe una diferencia mínima pero irreductible entre el activismo político no artístico y el artístico que comprende la producción de un excedente simbólico excesivo que sobrepasa la dimensión simbólica del activismo político. Si bien el activismo político no artístico puede emplear estrategias estéticas y simbólicas con desinterés en el hecho, ya sea que se reconozcan o no como arte, el activismo político artístico está impulsado por la intención consciente o inconsciente de significar y codificar las formas estéticas y simbólicas específicas del activismo político no artístico como arte.[42] Y en la medida en que el arte contemporáneo ha alcanzado históricamente un estado en el que tales estrategias activistas son de hecho reconocidas con éxito como arte por museos, bienales y otras instituciones, la función objetiva y el valor del activismo político artístico consiste precisamente en el hecho de que significa activismo político no artístico como una simulación de sí mismo.

    El reconocimiento objetivo y la celebración de estos proyectos activistas como arte subrayan el simbolismo y el valor estético de estas formas históricas de disturbios y protestas con excedentes simbólicos. Su significado por parte de los artistas y el reconocimiento por parte de los curadores y espectadores, significa que se transfieren con éxito al campo del arte y, por lo tanto, al contexto del museo. De hecho, la significación objetiva de estas formas como arte implica su regreso del contexto de la esfera política vital al contexto del museo burgués y el archivo. Pero este regreso del arte políticamente comprometido al contexto musealizado no significa que no sea auténtico y políticamente ineficiente. La función misma del activismo político artístico que significa activismo político como arte, no solo permite, sino que también obliga al espectador a distanciarse de los efectos inmediatos de la acción política directa.

    Ser forzado a tomar esta distancia le da al espectador tiempo y espacio para reflexionar y comparar los productos de lo formal y lo estético, que ya tienen decisiones en nombre de la política, como formas que ya se han quedado sin tiempo. Ya sea una imagen artística, un objeto cotidiano profano o un animal de peluche, la musealización crea una distancia que permite la reflexión sobre la apariencia y el significado, sin verse inmediatamente afectada por su apariencia natural. Los dinosaurios, las estatuas apolíneas y las reliquias de los mártires sagrados han perdido su función en su entorno original y, sin embargo, todavía son accesibles en nuestro mundo. Sin embargo, dado que su mundo original ha desaparecido, también han perdido su poder afectivo inmediato sobre nosotros.[43]

    Lo mismo se aplica a la musealización del activismo político. El exceso de significado simbólico del activismo artístico empuja al espectador a una distancia artificial, lo que permite reconocer el hecho de que el activismo político para la democracia radical y directa pertenece a un mundo pasado. Después del advenimiento declarado del llamado fin de la historia que hoy en día parece ser el fin de una parte particular de la historia determinada por la competencia de dos imperios político-económicos y sus fuerzas ideológicas el trasfondo político y cultural para el activismo democrático radical simbólico ha desaparecido. Estas formas originalmente pertenecían a un período que, con la disolución de la Unión Soviética, ya ha dejado de existir. Al transferirlos al contexto simbólico y al orden del arte, y por lo tanto también al contexto del museo y el archivo, el activismo político artístico obliga al espectador a distanciarse y hacer que estas formas políticas sean visibles como formas del pasado. Esta es la función específica del activismo artístico. Ver estas actividades como arte, como pertenecientes al museo y, por lo tanto, a un mundo que ya ha desaparecido, permite al espectador retroceder y reposicionarse a una distancia contemplativa y reflexiva para comprender y estudiar el origen histórico de los métodos y las técnicas, así como su relación con la función social y los contextos político-económicos. El espectador se ve obligado a reflexionar críticamente y escudriñar estas formas, y a comparar objetivamente el uso estratégico de imágenes e información con todas las demás imágenes y formas que, como la pintura abstracta, los readymades o el Land art, ya se reconocen como arte. El valor de esta comparación debería ser obvio, ya que estas imágenes y formas estéticas han sido interpretadas repetidamente como formas políticas de compromiso artístico. Al mismo tiempo, sin embargo, la musealización del activismo político también significa que el espectador ahora puede estudiar y comparar las imágenes y formas de activismo artístico con otras formas de compromiso político contemporáneo y su estética, la estética carnavalesca de protesta, producción y distribución de imágenes en el espacio público y los medios de comunicación, así como con formas históricas de activismo político. El valor político del arte activista reside en el hecho de que proyecta los procedimientos estéticos y simbólicos del activismo político como arte y, por lo tanto, los hace visibles como formas históricas específicas de política, como formas de un mundo perdido del pasado.

     

    [1] Para un breve y preciso análisis histórico sobre este desarrollo, ver Karen van den Berg, Kritik, Protest, Poiesis: Künstler mischen sick ein—von 1970 bis heute (Hamburg: Murmann Publishers, 2015.

    [2] Para conocer la defensa teórica más destacada de esta posición en las últimas décadas, ver Jacques Rancière, The Politics of Aesthetics: The Distribution of the Sensible (London: Bloomsbury, 2006).

    [3] Otras actividades en el campo del arte durante ese tiempo, como las de Situationists International e incluso Fluxus, no intentaron transferir las formas organizativas de activismo al campo del arte, sino que abandonaron las instituciones de arte para transferir métodos artísticos y técnicas en la vida ordinaria.

    [4] Boris Groys, «On Art Activism,» e_flux Journal (Junio 2014), consultado Febrero 13, 2019,

    http://www.e-flux.com/journal/on-art-activism/

    [5] Joseph Beuys, «Die Gesellschaft als Kunstwerk,» in Kunst = Kapital: Achberger Vortrage (Achberg, Germany: FIU-Verlag, 2018), 18. Todas las traducciones son del autor.

    [6] Ibid.

    [7] Ibid., 30ff.

    [8] Ibid., 15.

    [9] Cartas a Beuys de Marcel Broodthaers, «Mon cher Beuys», desde 1972 se puede considerar que fue la primera contribución que reconoce esta conexión, influyendo de esta manera en una de las más significativas críticas sobre el proyecto político de Beuys.  Para una reproducción de estas cartas, ver Birgit Pelzer, «Recourse to a Letter,» October, No. 42 (Fall 1987): 174-76.

    [10] Beuys, «Die Gesellschaft als Kunstwerk», 21.

    [11] Ibid., 27.

    [12] Annemarie Hürlimann, «Joseph Beuys», en Mythos & Ritual in der Kunst der 70er. Jahre (Zurich: Kunsthaus Zurich, 1981), 89; citada en Bettina Funcke, «Joseph Beuys. Charlatanism as Media Strategy», Public Journal no 37 Public Access Collective (Spring 2008): 86-97.

    [13] Philippe Lacoue-Labarthe, Heidegger, Art, and Politics: The Fiction of the Political (Cambridge, UK: B. Blackwell, 1990).

    [14] Esta conexión fue reconocida muy pronto por Broodthaers. Ver Pelzer, «Recourse to a Letter», 174-76. Esta línea crítica lleva a Benjamin Buchloh, quien, aunque en tono polémico, revela por primera vez el uso de fotografías por parte de Beuys con el fin de crear su propia mitología, lo que los populistas de hoy todavía usan para vincular a Beuys aún más cerca del fascismo. «Der ewige Hitlerjunge,» in Nach den grossen Erzählungen (Frankfurt Am Main: Suhrkamp, 2009),106-15.

    [15] Ciertamente, es más que una coincidencia que Beuys haya intentado entrar en la escena intelectual de la London School of Economics, el lugar donde Karl Popper desarrolló al menos algunos de los fundamentos teóricos para la nueva sociedad liberal de finales del siglo XX y donde Friedrich Hayek, el fundador de la doctrina neoliberal de libre mercado de la escuela de Chicago, trabajó en una relación cercana y amistosa con él antes de mudarse a la Escuela de Economía de la Universidad y su director Ralf Dahrendorf, quien fue uno de los principales, aunque moderados, neoliberales germano-británicos. De hecho, incluso si fuera imposible reducir la perspectiva de Beuys al paradigma neoliberal, estos estrechos vínculos sugieren, como mínimo, una conexión para futuros estudios. Ver Beuys, «Die Gesellschaft als Kunstwerk», 20.

    [16] Esta línea crítica, que también ha dado forma al discurso de Beuys en los Estados Unidos, comienza accidentalmente después del reconocimiento exitoso de sus proyectos por parte de importantes instituciones de arte como el Museo Solomon R. Guggenheim. Con respecto a la ausencia de una profunda recepción crítica del trabajo de Beuys, ver Benjamin H. D. Buchloh, Rosalind Krauss, y Annette Michechelson, «Joseph Beuys en el Guggenheim», October, no. 12 (Spring 1980): 3-21.

    [17] Stefan  Germer, «Haacke, Broodthaers, Beuys», October, no. 45 (Summer 1988): 63-75. La política del neoliberalismo y su desarrollo histórico desde el paradigma ordocapitalista de la década de 1930 hasta las posteriores doctrinas de libre mercado, desarrolladas en las escuelas de economía de Londres y Chicago, no eran tan obvias en 1988. Esta puede ser una de las razones por las que Germer todavía habla aquí sobre la ideología del Wirtschaftswunder (milagro económico alemán). Cf. ibid., p. 71.

    [18] Ibid 70-71.

    [19]   Ibid., 75, 70.

    [20] Buchloh, Krauss, y Michelson, «Joseph Beuys at the Guggenheim», 14.

    [21] Luc Boltanski and Eve Chiapello, The New Spirit of Capitalism, trans. Gregory Elliott (London: Verso, 2005), 68.

    [22] Ibid.

    [23] Buchloh, Krauss, and Michelson, «Joseph Beuys at the Guggenheim», 14.

    [24] Ver por ejemplo, «Mosireen—Visibleproject», Visible Project, accessed February 15, 2019, https://www.visibleproject.org/blog/project/mosireen/.

    [25] Su trabajo se ha exbibido entre otros en la 7a Bienal de Berlin en 2012, pero también fue discutido por varios críticos de arte, por ejemplo Basia Lewandowska Cummings, «In Focus: Mosireen», Frieze, no. 157 (September 2013), accessed February 15, 2019, https://frieze.com/article/focus-mosireen.

    [26] Durante los disturbios de julio de 2011, por ejemplo, Mosireen organizó el cine Tahrir para oponerse a los medios «oficiales» con una contranarrativa de los acontecimientos.

    [27] En su libro Strike Art!, Yates McKee intenta demostrar que el hecho de que las estrategias estéticas se hayan desarrollado durante mucho tiempo como arte y que muchas protestas sean organizadas por artistas, proporciona una comprensión de estos proyectos también como arte, particularmente desde una perspectiva histórica del arte profesional. Yates McKee, Strike Art! El arte contemporáneo y la post condición (London: Verso, 2016).

    [28] Benjamin was one of the first authors who recognized the phenomenon, which can be subsumed under his famous category of the «aesthetization of political life.» See. Walter Benjamin, «The Work of Art in the Age of Mechanical Reproduction», in Illuminations: Essays and Reflections, trans. Harry Zohn (New York: Schocken Books, 1968).

    [29] Jorge Luis Borges, «Del Rigor en la Ciencia» en Historia universal de la infamia (London: Penguin, 2004).

    [30] Jean Baudrillard, «The Precision of Simulacra», in Simulacra and Simulation (Ann Arbor: University of Michigan Press, 1994).

    [31] Abbie Hoffman, Revolution for the Hell of It (New York: Dial Press, 1970), 59.

    [32] Ibid.

    [33] André Breton y Leon Trotsky, «Manifesto for an Independent Revolutionary Art», Marxists.org, accessed January 18, 2018, https://www.marxists.org/subject/art/lit_crit/works/rivera/manifesto.htm.

    [34] Ibid.

    [35] Ibid.

    [36] Ibid.

    [37] Michel Foucault, «Society Must Be Defended»: Lectures at the College de France, (New York: Picador, 2003), 95ff. 38 1975-1976 (New York: Picador, 2003), 95ff.

    [38] The historical structure that Clover discovered as an analogy to Marx can be explained in this regard as riot-strike-(surplus) riot. See Joshua Clover, Riot strike Riot: The new era of Uprisings (London: Verso, 2016).

    [39] Jacques Ranciere’s theorem according to which the political is replaced by the police, points to this phenomenon but misses that both the politics of the dissensus that operates on the aesthetic level and its policing belong to the same territory of the symbolic politics of signs. Jacques Ranciere, Dissensus: On Politics and Aesthetics (London, Bloomsbury, 2010).

    [40] See as an exemplary form of this post-Marxist critique, Ernesto Laclau and Chantal Mouffe, Hegemony and Socialist Strategy: Toward a Radical Democratic Politics (London: Verso, 2001).

    [41] Stefano Harney and Fred Moten, The Undercommons: Fugitive Planning & Black study (Wivenhoe, NY: Minor Compositions, 2013), 20.

    [42] Por supuesto, los artistas pueden negar esta intención, ya que tienden a enfatizar que el valor de sus proyectos y la intención en sí misma, puede estar motivada por objetivos diferentes. Los activistas pueden incluso verse tentados a ingresar al mundo del arte para apropiarse de fondos culturales para reinvertir el capital en proyectos sociales. Pero esto muestra que, independientemente de sus intenciones, el arte y las estructuras museales se han preparado para estas prácticas, como si fueran objetos y prácticas de un tiempo diferente.

    [43] Parts of this argument were presented at the conference «Creative Dissidence: A Workshop on Art and Activism», University of York, June 5, 2013. See also Philipp Kleinmichel, «Artists as Activists: The Simulation of Politics and Its Value», AM Journal of Art and Media Studies, no. 7 (March 2015): 13-20.

  • ONCE ARTÍCULOS FRAUDULENTOS SOBRE EL ASBESTO

    ONCE ARTÍCULOS FRAUDULENTOS SOBRE EL ASBESTO

    Por Kathleen Ruff

    Exdirectora del Court Challenges Program of Canada (ccp) y de la Comisión Ciudadana por los Derechos Humanos de Columbia Británica. Fue la fundadora y editora del Canadian Human Rights Reporter. Coordinadora de la Alianza del Convenio de Rotterdam, fundadora de rightoncanada.ca y asesora principal de derechos humanos del Instituto Rideau de Asuntos Internacionales.

    Traducción del texto original en inglés «Scientific articles, intended to cast doubt on harm caused by chrysotile asbestos, were potentially part of a crime-fraud» (2013), publicado en RightOn Canada. Recuperado de http://bit.ly/2TmVjEj.

    Texto original en español publicado en ASBESTO EN COLOMBIA: Fundamentos para el debate.

    La periodista y activista de derechos humanos canadiense, denuncia el comportamiento corporativo de la industria del asbesto al filtrar documentos en revistas con concejos editoriales proclives al sesgo; ella señala puntualmente que las grandes corporaciones a menudo invierten estratégicamente en agendas de investigación, cuyo objetivo es desarrollar un cuerpo de conocimiento científico favorable a un interés económico particular o útil, para defenderse contra demandas particulares de responsabilidad legal,  y aunque para algunos académicos estas declaraciones sean simples datos anecdóticos, estas terminan siendo las fuentes que alimentan los análisis del estado del arte en temas relacionados con el asbesto, sembrando la literatura científica con estudios financiados por la propia industria para afectar la veracidad de las conclusiones que emiten los expertos. Este es, puntualiza ella, el problema de nuestro tiempo.

    INTRODUCCIÓN

    En una poderosa decisión, un tribunal de apelaciones de Nueva York encontró que 11 artículos, publicados en revistas científicas, fueron potencialmente parte de un delito de fraude. Los artículos, financiados por Georgia-Pacific, tenían la intención de arrojar dudas sobre la capacidad del asbesto crisotilo para causar cáncer.

    El 6 de junio de 2013, cinco jueces de un Tribunal de Apelaciones de Nueva York dictaminaron de manera unánime (New York Supreme Court, Appellate Divison, 2013) que Georgia-Pacific (GP) debe permitir una revisión (privada) en cámara de documentos y datos brutos relacionados con 11 estudios de investigación publicados y financiados por GP, relativos a los efectos sobre la salud del compuesto para masillas de esta empresa —un producto utilizado en la construcción—, el cual contiene asbesto.

    El tribunal de apelación rechazó el argumento de GP de que los documentos estaban protegidos por el privilegio del sigilo entre abogado-cliente, por lo que no deberían divulgarse. Normalmente, el privilegio del sigilo abogado-cliente se considera sacrosanto en Estados Unidos. Sin embargo, en circunstancias excepcionales, ese privilegio puede anularse. Los jueces de apelación decidieron que se trataba de una situación excepcional y confirmaron una decisión judicial anterior que dictaminó que debe ejecutarse una revisión a puerta cerrada de los documentos, para determinar si se aplica la excepción de fraude delictivo al privilegio del sigilo abogado-cliente.

    Los cinco jueces observaron que la excepción de fraude delictivo comprende «un plan fraudulento, una supuesta violación del deber fiduciario o
    una acusación de otra conducta ilícita» (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013).

    Los consejos para el cumplimiento de un objetivo fraudulento o ilegal no pueden considerarse sólidos. Más bien, el asesoramiento en el cumplimiento de tales objetivos es socialmente perverso, y las comunicaciones del cliente que buscan tal consejo no son dignas de protección. (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013)

    GP financió estos estudios en 2005 para ayudarse en su defensa de las demandas relacionadas con el asbesto, los cuales se presentaron falsamente como investigaciones independientes y se publicaron en las siguientes revistas científicas: Inhalation Toxicology, Journal of Occupational & Environmental Hygiene, Annals of Occupational Hygiene y Risk Analysis. En efecto, el tribunal señaló que los estudios tenían la intención de arrojar dudas sobre la capacidad del asbesto crisotilo para causar cáncer y que los autores no revelaron la participación y sugerencias del abogado de GP en largas discusiones sobre el contenido de los manuscritos antes de la publicación. Incluso, dos artículos afirmaron que «[GP] no participó en el diseño del estudio, el análisis de los datos o la preparación del manuscrito» (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013) y la afirmación de David Bernstein de que su investigación fue «patrocinada» por una subvención de gp resultó falsa. En realidad, no existieron tales subvenciones y Bernstein fue contratado por GP en una tarifa por horas.

    Asimismo, el tribunal declaró que la única revelación sobre conflictos de interés en tres artículos liderados por David Bernstein y coescritos por Stewart Holm, fue que la investigación era «patrocinada» o «respaldada» por una beca de GP. Los artículos no explicitaron que Holm fue contratado especialmente por gp para los litigios por asbesto o que él informaba al abogado interno de la empresa. Los artículos tampoco informaron que Bernstein hubiese sido testigo experto de GP en el litigio por asbesto del Condado de Nueva York desde 2009, que había testificado como experto en defensa de Union Carbide Corporation en litigios sobre asbesto o que había recibido pago y hablado en nombre del Instituto del Crisotilo, el brazo para cabildeo de la industria minera del crisotilo en Quebec.

    Si bien Bernstein se presenta como un científico independiente, él ha sido financiado durante décadas y ha trabajado en estrecha colaboración con la industria del asbesto en todo el mundo. Por ejemplo, en agosto de 2012, Bernstein fue llevado por el lobby brasileño del asbesto para testificar ante
    la Corte Suprema de Brasil, en apoyo de la industria y su negativa a que el asbesto crisotilo debería ser prohibido.

    El tribunal de apelación también señaló que, aunque GP se esforzó tardíamente a abordar las deficiencias de algunas de sus divulgaciones, sus correcciones no reconocieron la participación de su abogado interno y no aclararon que el testimonio del doctor Bernstein como testigo experto precedió a la publicación del primer artículo sobre el compuesto para masilla de GP, reformulado en 2008.

    De acuerdo con los jueces de apelación, lo anterior constituye una base fáctica suficiente para concluir que las comunicaciones relevantes podrían haberse realizado en fomento de un fraude y el tribunal de mociones confirmó la recomendación de proponer la revisión en cámara de los documentos internos. Los jueces citaron la observación del tribunal anterior sobre lo preocupante que es la participación tan íntima del abogado interno de GP en estudios científicos —los cuales deberían ser objetivos—, especialmente a la luz de las negaciones de GP de dicha participación.

    Los jueces de apelación citaron una sentencia judicial que dice que «las grandes corporaciones a menudo invierten estratégicamente en agendas de
    investigación, cuyo objetivo es desarrollar un cuerpo de conocimiento científico favorable a un interés económico particular o útil, para defenderse contra demandas particulares de responsabilidad legal» (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013). También citaron la sentencia del caso contra la British American Tobacco: «la publicación de los hallazgos y conclusiones [de la investigación] invita al uso de personas a quienes los hallazgos favorecen y a la confianza de los que buscan los hechos. El público tiene interés por resolver disputas sobre la base de información precisa» (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013). En el presente caso, GP encargó los estudios en anticipación a un litigio y admitió que «[en] un momento apropiado y después de que se hubiere completado su publicación, GP planeaba presentar los resultados de los estudios en litigio» (New York Supreme Court, Appellate Division, 2013).

    Finalmente, el tribunal de apelación declaró que los principios de imparcialidad requieren una divulgación más completa y que no se debe permitir
    que GP use las conclusiones de sus expertos como una espada al sembrar la literatura científica con estudios financiados por la misma empresa, mientras que usa el privilegio como escudo al retener los datos brutos subyacentes, los cuales podrían ser objeto de escrutinio por parte de la parte contraria y afectar la veracidad de las conclusiones de sus expertos.

    RESPONSABILIDAD DE LAS REVISTAS CIENTÍFICAS

    Las revistas científicas que publicaron los artículos son Inhalation Toxicology (cuatro artículos), Journal of Occupational & Environmental Hygiene (cuatro artículos), Annals of Occupational Hygiene (dos artículos) y Risk Analysis (un artículo).

    Estas cuatro revistas científicas fueron supuestamente engañadas para que publicaran artículos manipulados, controlados y financiados por la industria del asbesto como si se tratara de investigaciones científicas legítimas e independientes. Por lo tanto, las revistas engañaron y les fallaron a sus lectores sin saberlo. Es importante que estas cuatro revistas científicas publiquen una disculpa a sus lectores, eliminen los artículos de sus sitios web y archivos y los reemplacen por una declaración que explique la razón de la eliminación.

    Así, es de esperar que científicos y defensores de la salud, preocupados por la integridad de la ciencia y la protección de la salud, se pongan en contacto con las revistas, haciendo esta solicitud y publicando la respuesta que reciban.

    LISTA DE LOS ARTÍCULOS FRAUDULENTOS

    • Bernstein, D. M., Donaldson, K. T., Decker, U., Gaering, S., Kunzendorf, P., Chevalier, J., y Holm, S. E. (2008). A biopersistence study following
      exposure to chrysotile asbestos alone or in combination with fine particles. Inhalation Toxicology, 20(11), 1009-28.
    • Bernstein, D. M., Rogers, R. A., Sepulveda, R., Donaldson, K. T., Schuler, D., Gaering, S. Holm, S. E. (2010). The pathological response and fate in the lung and pleura of chrysotile in combination with fine particles compared to amosite asbestos following short-term inhalation exposure: interim results. Inhalation Toxicology, 22(11), 937-62.
    • Bernstein, D. M., Rogers, R. A., Sepulveda, R., Donaldson, K. T., Schuler, D., Gaering, S. Holm, S. E. (2011). Quantification of the pathological response and fate in the lung and pleura of chrysotile in combination with fine particles compared to amosite-asbestos following short-term inhalation exposure. Inhalation Toxicology, 23(7), 372-91.
    • Berman, D. W., Brorby, G. P., Sheehan, P. J., Bogen, K. T., y Holm, S. E. (2012). More on the dynamics of dust generation: the effects of mixing
      and sanding chrysotile, calcium carbonate, and other components on the characteristics of joint-compound dusts. Annals of Occupational Hygiene, 56(7), 852-67.
    • Brorby, G. P., Sheehan, P. J., Berman, D. W., Greene, J. F., y Holm, S. E (2008). Re-creation of historical chrysotile-containing joint compounds. Inhalation Toxicology, 20(11), 1043-53.
    • Brorby, G. P., Sheehan, P. J., Berman, D. W., Bogen K. T., y Holm, S. E. (2011). Potential artifacts associated with historical preparation of joint compound samples and reported airborne asbestos concentrations. Journal of Occupational and Environmental Hygiene, 8(5), 271-8.
    • Brorby, G. P., Sheehan, P. J., Berman,D. W., Bogen K. T., y Holm, S. E. (2013). Exposures from chrysotile-containing joint compound: evaluation of new model relating respirable dust to fiber concentrations. Risk Analysis, 33(1), 161-76.
    • Jones, R. M., Simmons, C. E., y Boelter, F. W. (2011). Comparing two-zone models of dust exposure. Journal of Occupational and Environmental Hygiene, 8(9), 513-9.
    • Jones, R. M., Simmons, C. E., y Boelter, F. W. (2011). Development and evaluation of a semi-empirical two zone dust exposure model for a dusty construction trade. Journal of Occupational and Environmental Hygiene, 8(6), 337-48.
    • Sheehan, P. J., Brorby, G. P., Berman, D. W., Bogen, K. T., y Holm, S. E. (2011). Chamber for testing asbestos-containing products: validation and testing of a re-created chrysotile-containing joint compound. Annals of Occupational Hygiene, 55(7), 797-809.
    • Simmons, C. E., Jones, R. M., y Boelter, F. W. (2011). Factors influencing dust exposure: finishing activities in drywall construction. Journal of Occupational and Environmental Hygiene, 8(5), 324-36.

    Los 11 artículos que se acaban de listar fueron citados en declaraciones judiciales por Stewart Holm, director de Toxicología y Manejo Químico de GP,
    como «investigación basada en litigios» (O’Neill, 2013, p. 1). Según el tribunal y como ya se mencionó, los documentos no eran enteramente el producto de mentes científicas independientes, sino que la empresa contrató a un grupo de expertos, quienes reportaban a los abogados de GP. El análisis permitió observar que los autores no revelaron que el asesor jurídico de GP desempeñó un papel significativo en la preparación de los estudios, pues participó en largas discusiones de los manuscritos y sugirió revisiones. Seth Shulman, de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS), explicó la importancia de este asunto:

    ¿Por qué preocuparse por un montón de artículos técnicos en revistas científicas arcanas? Debido a que, como señaló el tribunal, hay indicios de que esos estudios fueron una mala información plantada deliberadamente para poner en duda la naturaleza carcinogénica del asbesto crisotilo, un componente del joint compound de Georgia Pacific para trabajos de construcción. (O’Neill, 2013, p. 3)

    Stewart Holm fue coautor de los tres documentos publicados en Inhalation Toxicology y coautor de casi todos los estudios. En una declaración de junio de 2011 a la Corte Suprema de Nueva York, Holm dijo que había sido «especialmente contratado» por GP en 2005 para «prestar servicios de consultoría especializada en relación con los litigios pendientes y venideros relativos a la supuesta exposición al asbesto» (O’Neill, 2013, p. 3). Según el tribunal de apelación, Holm reveló que trabajó «bajo los auspicios» de los abogados internos de la compañía, «que también participaron significativamente en el proceso de revisión previa a la publicación » (O’Neill, 2013, p. 3). Una condición que Holm describió es que cualquier
    publicación de esta «investigación basada en litigios» tenía que ser aprobada por el principal abogado litigante de GP, John Childs (O’Neill, 2013, p. 3).

    Los jueces de Nueva York adoptaron una opinión muy diferente y exigieron la divulgación de los datos relativos a los estudios con plena justificación, debido a que el caso involucraba «un esquema fraudulento, un supuesto incumplimiento del deber fiduciario o una acusación de conducta inapropiada» (O’Neill, 2013, p. 4). La corte agregó que los documentos en los que Donaldson era coautor no hicieron revelaciones importantes, pues no hizo mención alguna «de que Holm fue empleado especialmente por gp para el litigio de asbesto o que él reportaba al abogado residente de la compañía» (O’Neill, 2013, p. 4).

    Los seis coautores (Bernstein, Rogers, Sepúlveda, Decker, Gaering y Kuzendorf) recibieron pagos de GP por un total de US$ 2.3 millones, como informó la corte. Holm estimó que Donaldson había recibido alrededor de us$ 6000 (O -Neill, 2013).

    Por otro lado, estos documentos de la Corte Suprema de Nueva York no solo involucran al profesor Donaldson. El más reciente dice que su testimonio
    sería sobre «conceptos respecto de la dosis, el aclaramiento, la biopersistencia y cómo el cuerpo reacciona de forma diferente al crisotilo» (O’Neill, 2013, p. 5), comparado con otras formas de asbesto, incluyendo la aseveración de que «las fibras cortas de crisotilo no son una causa potente de la enfermedad en seres humanos y, en dosis bajas, no se espera que causen enfermedad en absoluto, incluyendo el mesotelioma» (O’Neill, 2013, p. 5).

    REFERENCIAS

    O’Neill, R. (2013). Dust storm: «crime-fraud» allegations cloud conference. Hazards Magazine,
    (123). Recuperado de http://bit.ly/2GWsLeY.

    Ruff, K. (2013). Scientific articles, intended to cast doubt on harm caused by chrysotile asbestos, were potentially part of a crime-fraud. Ottawa: RightOn Canada. Recuperado de http://bit.ly/2TmVjEj. New York Supreme Court, Appellate Division. (6 de junio de 2013). In the matter of New York City Asbestos Litigation. Weitz & Luxenberg P. C. et al., respondents, v Georgia-Pacific LLC, appellant. New York State Law Reporting Bureau. Recuperado de http://bit.ly/2VwJoBd.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Asbestología como práctica social desde el campo del arte

    Asbestología como práctica social desde el campo del arte

    Por Guillermo Villamizar

    del libro ASBESTO EN COLOMBIA. Fundamentos para el debate. Sello editorial Universidad Nacional. 2019. 

    En 2012, oí por primera vez la palabra asbesto. En ese momento, escribía un artículo sobre el Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá y las sorpresas aparecieron al conocer la Colección Daros Latinamerica y los préstamos frecuentes de sus piezas al museo.

    Es difícil entender que detrás de la Colección Daros Latinamerica apareciera el antiguo dueño de Eternit, Stephan Ernest Schmidheiny, recién condenado en Italia a 16 años de prisión en primera instancia —con posibilidad de acudir a una corte de apelaciones y a la Corte Suprema de Justicia italiana, donde un tecnicismo legal lo absolvió—, por «desastre ambiental doloso permanente». Esto, debido a la muerte de 3 000 personas por contaminación, incluidos empleados, familiares y personas de los vecindarios donde operaron las cuatro plantas de Eternit en Italia. Estas muertes fueron provocadas por el uso y la fabricación de productos con asbesto, violando voluntariamente normas de seguridad para estos casos.

    Ahora bien, una vez retirado del negocio del asbesto de manera estratégica, Stephan Ernest Schmidheiny inició su morphing verde y ecosostenible, hasta consolidar un holding con tres grandes brazos de negocios y filantropías; junto a su papel como impulsor y presidente del Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible, siendo todos ellos sus más visibles paquetes de green [1] y artwashing [2] para mostrarle al mundo.

    En una nota periodística publicada por Daniel M. Berman (Allen y Kazan-Allen, 2012), se informa que Schmidheiny emprendió una serie de esfuerzos notables por integrarse a las altas esferas de la sociedad estadounidense disfrazado de empresario y filósofo ambiental. En 1992, publicó Cambiando el rumbo: una perspectiva global del empresariado para el desarrollo y el medio ambiente, donde argumenta que el desarrollo de un capitalismo racional basado en el concepto de ecoeficiencia es la solución a largo plazo para la deforestación ambiental y el decrecimiento de las ganancias.

    Para entonces empecé un intercambio epistolar con Laurie Kazan-Allen. De todo el material de apoyo compartido, un libro en particular marcaría definitivamente mi compromiso con esta causa: Defendiendo lo indefendible (2008), de los historiadores Jock McCulloch y Geoffrey Tweedale. El libro contiene descripciones muy claras y precisas sobre la historia del asbesto y las diferentes cortinas de humo que la industria fabricó a lo largo del siglo xx para defender su imperio, a pesar de la enorme evidencia científica que vinculaba el mineral con enfermedades mortales. Poco a poco, fui entendiendo las zonas blancas y negras del problema en el nivel internacional hasta terminar posando la mirada sobre Colombia y preguntarme por nuestra situación.

    Encontré que en Colombia se usa el asbesto desde 1942, una época que ya le permitía al mundo conocer sobre la asbestosis (Reino Unido, 1924) y el cáncer de pulmón (Alemania, Reino Unido en 1935, 1938, 1943) como enfermedades relacionadas con el mineral. Sin embargo, las asimetrías económicas entre países desarrollados y emergentes marcaban una pauta neocolonialista, porque mientras en Estados Unidos y Europa occidental crecía el debate sobre el asbesto y la evidencia científica aumentaba, nuestros países incorporaban esas tecnologías de manera indulgente. Esto, porque la modernidad imponía la idea del progreso como un factor determinante para medir la riqueza de las naciones y nosotros, carentes de progreso y desarrollo, pero deseantes, nos dimos a la tarea de incorporar las tecnologías que el mundo desarrollado iba desechando. He ahí el precio que la idea de progreso nos impuso, fagocitar desechos, vender materias primas, exportar capitales de deuda, acabar con el medio ambiente y producir tecnologías obsoletas.

    Por otro lado, a medida que le hacía preguntas sobre el tema a Laurie Kazan- Allen, iban apareciendo en mi vida personas de la talla de Barry Castleman, Fernanda Giannasi, Eduardo Rodríguez, Paco Báez, Paco Puce, Tania Muñoz, David Egilman, Andy Oberta y Arthur Frank. Más adelante, los encuentros del International Mesothelioma Interest Group (iMig), que se celebran cada dos años, me permitirían conocer con mayor precisión las condiciones científicas de la lucha por encontrar mejores herramientas para enfrentar el mesotelioma, un cáncer provocado por la exposición al asbesto. Personas sobresalientes como los doctores Sam Armato, Hedy Kindler y Chris Strauss, de la Universidad de Chicago, me aportarían saberes para descifrar mejor los enigmas del asbesto desde la perspectiva oncológica y la radiológica. Curiosamente, encontré también que el arte había estado presente en la problemática del asbesto a través de figuras como Conrad Atkinson, Peter Dunn, Margaret Harrison y Bill Ravanesi.

    De cada uno de ellos fui aprendiendo parte del inmenso arsenal de conocimiento requerido para entender mínimamente las complejas tramas del asbesto. Es necesario intentar reunir en una sola mente a un químico, un médico, un ingeniero, un abogado, un sindicalista y un activista, con el temperamento y la sensibilidad de un artista, a fin de ir armando este rompecabezas. Si se logra conservar la cabeza fría y se corre el riesgo, podremos llegar a convertirnos en «asbestólogos» con una perspectiva holística y un enfoque interdisciplinario.

    Sin la ingente información proveída por estas personas, este libro no habría sido posible. De hecho, sus aportes directos conforman una parte importante de este. Cada científico y experto consultado en cualquier lugar del planeta ha estado presto para atender mis preguntas, a veces impertinentes, y su solidaridad ha resultado invaluable.

    Dicho esto, ¿cómo es que un campo de investigación como el que he llamado la asbestología ha devenido en una práctica social, como la he asumido
    en mi trabajo artístico y crítico? En la introducción de Chlöe Bass a su libro Art as social action, coeditado con Greg Sholette, se brinda la siguiente definición de las prácticas sociales artísticas:

    La práctica social desde el arte es un campo emergente e interdisciplinario de investigación y práctica que gira en torno a las artes y las humanidades, al mismo tiempo que abarca disciplinas externas como los estudios urbanos, ambientales o laborales, arquitectura pública, y organización política, entre otros. Su objetivo general no es simplemente hacer arte que represente instancias de injusticia sociopolítica (consideremos el Guernica de Picasso), sino que recurre a variadas formas que ofrece el campo expandido del arte contemporáneo, como un método social colaborativo, colectivo y participativo, para lograr instancias objetivas de justicia progresiva, construcción de comunidad y transformación. (2018, p.3)

    Asimismo, Claire Bishop (2006) declara que una breve genealogía de las prácticas artísticas las puede situar originalmente en el interés de algunos artistas por ver la escultura in situ como un espacio para problematizar lo social, antes que lo formal o lo fenomenológico (Kwon, 2002). Esa producción del espacio social había sido trabajada antes por el filósofo francés Henri Lefebvre desde la década de los 70, a partir de consideraciones tomadas de Hegel y Marx, según las cuales el espacio social no solo es la producción de bienes, cosas, mercancías y productos, sino que también es la producción de lo intangible, como ideas, conocimiento, ideologías, instituciones y obras de arte (Lefebvre, 1974).

    En el espacio de lo social y su desarrollo, una serie de eventos marcaron pautas definitivas para este giro cultural, que van desde la caída del Muro de Berlín en 1989, el ascenso del neoliberalismo y la privatización de lo público, pasando por la crisis del sida, la caída de las Torres Gemelas en 2001, las guerras de Irak y Afganistán, hasta la lucha contra el terrorismo, la flexibilización laboral y, en el plano nacional, el ascenso del narcotráfico y el fenómeno paramilitar, que determinarían la vida política de forma contundente. Incluso se puede afirmar la existencia de todo un siglo de movimientos que han determinado el giro social del arte, tales como el movimiento feminista, la lucha contra el régimen del Apartheid, el movimiento en defensa de los derechos civiles en Estados Unidos, Mayo del 68 en Francia, la guerra de Argelia, el
    reciente movimiento antiglobalización, las protestas de Seattle, la Primavera
    árabe, el 15M en España, la ocupación de Wall Street y el conflicto interno
    entre el Estado colombiano y la insurgencia armada.

    Podemos ver el vínculo referencial entre la historia del arte y las prácticas sociales en la identidad de algunos artistas de la mitad del siglo xix —entre los que se encuentra Gustave Courbet—, en el cual la retórica revolucionaria y las luchas de la naciente clase obrera (Grant, 2005) coinciden con el ascenso de las vanguardias artísticas que desafían las convenciones estéticas.

    Las vanguardias históricas introdujeron un sesgo importante en sus procedimientos al integrar en sus postulados la base revolucionaria del arte, entendida como una crítica a los aparatos de control del poder social, los valores y el gusto burgueses. Esto es evidente en la representación que el realismo hace de temas tabú, como la prostitución y la pobreza; el rechazo del impresionismo hacia las normas del realismo académico; el posterior desmantelamiento aun más radical de estas mismas normas por parte del cubismo (Grant, 2005); el intento del dadaísmo de desgarrar el repertorio de formas heredadas a fin de disolver las estructuras del ego burgués (Blissant, 2007); el surrealismo y su huida de la razón; el proyecto constructivista de infundir una nueva dinámica de propósito social y una inteligencia multidisciplinaria de diálogo político entre arquitectura, el diseño y los medios de comunicación nacientes, y la integración de la convergencia marxista y frankfurtiana de los situacionistas en su cuerpo de obra, tanto teórico como práctico, mediante una labor subversiva en el campo de la recepción del arte, activada potencialmente en la vida cotidiana
    de las sociedades de consumo (Blissant, 2007).

    Posteriormente, el ascenso de la escuela de Nueva York, con la emergencia de una vanguardia neodadá que permitió el posterior desarrollo del arte
    conceptual a partir de los postulados del minimalismo, fue el sello distintivo que legitimó los esfuerzos por desmaterializar la actividad sensible (Lippard, 2001). Una deriva conceptual de esta tendencia fue la crítica institucional. De 1969 en adelante, comienza a surgir el concepto de institución del arte que incluye no solo el museo y los espacios de producción, distribución y recepción del arte, sino la totalidad del campo del arte como universo social (Fraser, 2005). Los reparos hechos al sistema artístico, liderados por la crítica institucional, permitieron al movimiento social del arte extender su análisis más allá de la institución central y abarcar al conjunto de la sociedad. Era posible, entonces, trabajar en complicidad con la institución, criticarla o trabajar contra ella a fin de reinventarla.

    En la definición que propone Julia Bryan-Wilson (2003), la crítica institucional es el mecanismo que interroga las funciones ideológicas, sociales y
    económicas del mercado del arte, en particular de los museos, el mecenazgo y otros mecanismos de distribución y exhibición. En efecto, el desarrollo y crecimiento del mercado del arte lo convirtieron en un actor decisivo en el devenir del arte contemporáneo.

    A partir de una perspectiva marxista y la impronta teórica heredada de la escuela de Frankfurt —la cual definió un cuerpo de teoría crítica de los
    postulados de Walter Benjamin, Theodor Adorno y Max Horkheimer, entre otros—, se empezó a discutir sobre la transformación gradual de la obra de arte en mercancía, planteando una alternativa sobre el rol de la cultura en un contexto capitalista.

    Uno de los primeros en advertir tal fenómeno fue Walter Benjamin, «señalando esa mercantilización a partir del desarrollo tecnológico que condujo a la reproducción mecánica incontrolada de las obras de arte, lo que de resultas tuvo un impacto negativo en su autenticidad» (Papaioannou, 2013, p. 1). Más adelante, Theodor Adorno y Max Horkheimer, en Dialéctica de la ilustración (1944), acuñaron el término industria cultural como un concepto clave para definir la producción de bienes culturales en serie, reflejando la influencia del capital en la cultura. El tema del aura que se pierde en la obra reproducida probablemente plantee un debate superado, pero lo importante es señalar esa relación que provoca la obra reproducida y masificada. En vez de acercar el gran arte al público, esto condujo a su banalización y ulterior reducción a mercancía. Lo sustancial aquí no es la reproducción infinita ni la pérdida de autenticidad, sino lo que se transmite.

    Después, en Industria cultural (1991), Adorno señala que la producción de obras de arte se redujo a la reproducción dirigida al consumo masivo con el objeto de intervenir, educar y controlar el tiempo libre de las masas. Y, de acuerdo con Adorno, la producción cultural se transformó en un componente integrado de la economía capitalista en su conjunto al sumar dos dispositivos esenciales del control social: el mercado y la cultura.

    La producción de bienes (materialismo) y el consumo se definen a partir de las reglas del mercado. Este último es la institución central que ejerce el control social. Por lo tanto, los individuos en nuestras sociedades son vistos, sobre todo, en términos de su rol en el mercado, de modo que el mercado se convierte en la llamada fuerza «natural» de la sociedad, la cual, se dice, está más allá del control humano porque tiene la capacidad de autorregularse (Bellamy, 2002).

    Como respuesta al poder del mercado y sus mecanismos de exclusión, la convergencia de una tradición vanguardista inspirada en los movimientos
    artísticos de comienzos del siglo xx y la neovanguardia de los 60, además de una respuesta al vacío que dejó la caída del comunismo como un vestigio revolucionario que unía política y radicalismo estético (Bishop, 2006), los artistas fueron descubriendo que la resistencia de base podía ofrecer alternativas al ascenso del modelo neoliberal y apareció un movimiento diverso. En muchos casos, este movimiento no necesariamente respondía a las emergencias sociales, pero era signo de un cambio de paradigma, como el arte comprometido con la sociedad, el arte comunitario, las comunidades experimentales, el arte dialógico, el arte cooperativo, el activismo urbano, el arte de mapeo ambiental, el arte participativo, el arte basado en la investigación, la estética relacional, la crítica institucional, las instalaciones interactivas, el arte de acción, el arte ecológico y muchas otras denominaciones que hoy en día se pueden etiquetar bajo el sello amplio de las prácticas sociales desde el campo del arte.

    En palabras del artista británico Peter Dunn, los artistas pasaron de ser «proveedores de contenidos» encapsulados en un objeto a «proveedores de
    contextos» (Grant, 2005), con el fin de transformar, alterar, modular o cambiar el curso de esos contextos en la esfera pública. Esto terminó por crear un movimiento desde un asunto ontológico (¿qué es el arte?) hacia una pregunta pragmática (¿qué puede hacer el arte?) (Allen, 2001).

    Las prácticas sociales artísticas han devenido en un fenómeno con una incidencia importante en el arte alternativo internacional. El desencanto frente al campo del arte, donde son muchos los jugadores y pocos los escogidos, ha provocado que los artistas coincidan en la percepción de su trabajo como si estuviera sometido a una suerte de censura, producto de la «selección natural» que impone la economía del gusto; acompañado esto de un interés legítimo por experimentar con nuevas formas de producción en abierto desafío a las lógicas del mercado del arte. La condición intangible con que operan las prácticas artísticas se puede equiparar a las dinámicas de la era digital, en la que la infraestructura física no es esencial para generar oportunidades de crecimiento y la producción de bienes es desplazada por una economía de servicios que impulsan las tecnologías de la información.

    Una estampida de artistas hacia formas más complejas de relación con la sociedad y el arte ha surgido a causa del debate interminable sobre la influencia del mercado del arte y su autoridad para modelizar los sistemas artísticos, en aparente complicidad con ese mismo mercado, sin importar cuán radicales lleguen a ser las propuestas de los artistas. En algunos casos, esta misma radicalidad es una condición imprescindible del éxito, pero también una receta perfecta para desactivar los contenidos subversivos del arte, ya sean estos de carácter social fuera de su campo o integrados a su esfera interna.

    Así pues, el artista se metamorfosea hacia el campo de la asbestología a fin de participar con agudeza en una investigación de largo alcance y poder entender las complejas tramas que rodean aspectos vitales de la sociedad como la salud pública, ambiental y ocupacional, puesta en riesgo por los modelos de desarrollo imperantes. Lo que he llamado metáfora del asbesto es también una herramienta interesante para comprender las lógicas del capital y su idea del progreso, amparada en ese concepto de la modernidad que le ofreció al hombre la posibilidad de usar su conocimiento para dominar las fuerzas de la naturaleza y construir un bienestar general. Sin embargo, el bienestar que nos ofrecen sustancias como el asbesto conlleva una preocupante deuda en términos de salud pública, ambiental y ocupacional, convirtiéndose en el precio que paga la sociedad por el desarrollo. Desafortunadamente, este costo lo terminan sufragando los eslabones más débiles de la sociedad, en este caso, los trabajadores. De igual modo ocurre con el fracking, la fumigación con glifosato y el cambio climático.

    El desarrollo sostenible y la responsabilidad social corporativa son las renovadas estrategias que ha inventado el progreso para bendecir su vieja prédica: acumulación de capital mediante la privatización y la mercantilización de cada aspecto de la naturaleza, desde moléculas hasta montañas, desde tejido humano hasta la atmósfera de la tierra (McAfee, 1999). La insistencia en prácticas como el desarrollo sostenible y la coordinación de esfuerzos por conservar y regenerar los recursos naturales se inscribe en unas nuevas políticas del desarrollismo ambiental cercano al capitalismo contemporáneo, las cuales buscan la bancarización de este sector como un activo que se debe salvar, no para protegerlo sino para comercializarlo.

    Bajo el modelo de desarrollo imperante en el capitalismo global, las actuales condiciones sociales hacen impensable la posibilidad de que el progreso humano se dé sin violentar temerariamente la capacidad disponible de recursos naturales en unos términos razonables, es decir, sin poner en peligro la autosostenibilidad ambiental y la vida humana en el planeta.

    Karl William Kapp, economista alemán, escribió El costo social de la empresa privada (1950), un libro pionero sobre lo que vendría a llamarse más
    adelante la economía ecológica. Kapp habla de los costos sociales en vidas humanas que representa el hecho de que las empresas no asuman responsabilidad por afectaciones biológicas que perjudican a sus trabajadores, los cuales exponen sus vidas con la promesa de una remuneración por su trabajo y un sustento para vivir dignamente.

    Claramente, Kapp señala que el capitalismo debería ser recordado como el sistema económico de los costos no pagados. Y no hablamos tan solo de vidas humanas expuestas en el ambiente laboral, sino del calentamiento global y la destrucción de la capa de ozono. Además de las consecuencias de estos, como el crecimiento de las temperaturas ambientales de la superficie y las capas internas de los océanos, que incrementa ciclos inesperados en la tasa de lluvias y aumenta la desertización en las regiones semiáridas. Todo esto, acompañado de la extinción de especies animales, la sobrepesca, la pérdida de la diversidad genética, la eliminación de los arrecifes coralinos, el aumento de la toxicidad en el medio ambiente, la puesta en riesgo de las fuentes hídricas, la contaminación radioactiva electromagnética de las nuevas tecnologías, el impacto de los experimentos transgénicos y un largo etcétera (McAfee, 1999). Me refiero a este tipo de cosas cuando acuño el término metáfora del asbesto como un método para entender nuestras sociedades contemporáneas.

    Como se sabe, la OMS es la autoridad directiva y coordinadora de este tema dentro del Sistema de Naciones Unidas. Es la entidad responsable de liderar los asuntos mundiales sobre la salud, configurar la agenda de investigación, establecer normas y estándares, articular opciones políticas basadas en evidencia, prestar asistencia técnica a los países y monitorear, vigilar y evaluar las tendencias mundiales de la salud. A pesar de la enorme evidencia ofrecida por la oms al catalogar el asbesto en todas sus formas dentro del Grupo 1 de sustancias (International Agency for Research on Cancer, 2012) —como un carcinógeno para el ser humano, lo que significa que se tienen pruebas suficientes para confirmar que causa cáncer a humanos—, las autoridades colombianas siguen sin tomar medidas efectivas para prohibir el uso del asbesto crisotilo. Pero la batalla más importante de este conflicto por la salud pública se da en el terreno de las argumentaciones que, desde el campo de la ciencia y la epidemiología, ponen en tela de juicio las aseveraciones de organismos como la OMS y otros.

    ¿Por qué ocurre esto? Esta pregunta nos pone a sobrevolar terrenos que desafían las lógicas de la verdad y el rigor científico. Nos adentramos en el campo de las ficciones y las producciones simbólicas que construyen y modelan un mundo obligado a responder a los intereses del capital y a las ganancias económicas de la industria del asbesto en vez de los intereses públicos. Frente a la concluyente evidencia científica esgrimida por los investigadores, la industria se dio a la tarea de construir su propia «sólida» evidencia científica que controvirtiera los vínculos del asbesto con enfermedades mortales como la asbestosis, el cáncer de pulmón y el mesotelioma. Y, en cierta medida, lo consiguió. Esto explica cómo en muchas economías emergentes como Rusia, India, China y Colombia, entre otras, se sigue utilizando el asbesto bajo la falsa premisa de que uno de sus tipos, el asbesto crisotilo, no representa daño alguno para la salud humana en condiciones de seguridad y exposición controlada.

    Así, la industria creó todo un arsenal de informes, declaraciones, simposios y conferencias que fueron formando la teoría del uso controlado del asbesto. Poco a poco, la industria del asbesto elaboró, desde los escritorios y laboratorios, una ficción, un discurso plagado de errores y basado en el fraude científico, que llegó a los medios de comunicación y a los estrados judiciales, a los ministerios y funcionarios y demás personas que toman decisiones u ofrecen consejería en esta materia, a fin de cubrir con un manto de sospecha lo que la ciencia había demostrado. Aparecieron entonces una ciencia buena y una ciencia mala; hombres de negocios disfrazados de médicos emergieron como musas inspiradoras de supuestas ciencias que inundaron los debates con hábiles mentiras por dinero, las cuales se constituyeron en verdades incontrovertibles.

    La ficción y sus símbolos, herramientas únicas del arte y la imaginación del escritor, empezaron a ser instrumentos de la creatividad aplicada a los negocios; de este modo, el mundo objetivo se convirtió en un universo dibujado por imágenes y apariencias encargadas de pintar un mundo mítico, fantasioso, mágico, podría decirse, pero con ogros y monstruos que matan sin misericordia como en los cuentos de horror. Desde la aparición de la evidencia, hemos sido espectadores de un juego complejo dirigido por la industria del asbesto con el propósito claro de deslegitimar las aseveraciones de la ciencia con el fin de salvarse a sí misma, no importa cuántas vidas humanas se expongan a la muerte.

    Aquí quiero señalar la presencia de una dimensión simbólica que opera abiertamente en ese espectro de la realidad, y que, por ser realidad y llamarse de esta manera, suponemos que se trata de un espacio desprovisto de ficciones y de fábulas. Esta «realidad» es la ficción que actúa como verdad. Reemplazadas por las ficciones del engaño, las relaciones humanas se hacen presa fácil de la mitología social que quiere ocultar la enfermedad en este caso —pero que sirve como modelo para entender otros campos de la actividad humana—, operando en el espacio social de la realidad con una perspectiva que toma las herramientas de la simbología como armas de control social. La división de saberes ha impuesto a la sociedad una parcelación del conocimiento tal, que solo aprendemos a entender las cosas desde una posición restringida. Por eso somos víctimas de desinformación, es decir, de las ficciones que los sistemas de poder nos implantan.

    Mediante diagnósticos claros, la evidencia científica permite al paciente, por ejemplo un trabajador, conocer el verdadero estado de su salud, en especial cuando hablamos de exposiciones a sustancias peligrosas. El asbesto es una de tales sustancias, pero esto supone un camino tortuoso para el trabajador, que busca las atenciones adecuadas a sus demandas en los sistemas de salud públicos.

    Al revisar la legislación colombiana en esta materia y a pesar del retroceso neoliberal desde la última década del siglo pasado, se pueden encontrar
    elementos garantes del derecho laboral. Sin embargo, esto no se aplica en muchos casos. Frente al ordenamiento jurídico que garantiza esos derechos, se impone una realidad que los niega. El ejemplo del médico investigador Mauricio Torres Tovar (Torres, Luna, Parra y Spurling, 2016), quien reseña el caso de la Asociación de Trabajadores y Extrabajadores Enfermos de General Motors Colmotores (asotrecol), documenta que las acciones de los trabajadores son producto de una inoperancia de la ley para hacer cumplir sus derechos. En ese sentido, lo que aparece consignado en la ley no es evidente al momento de ejercer el derecho, cuando son violadas las normas que protegen taxativamente a los trabajadores de las fábricas.

    En el trabajo de campo, las cifras halladas parecen controvertir la teoría jurídica, pues se detecta un contraste entre la condición taxativa de los hechos que cubre la ley y su cumplimiento en la realidad. Vale la pena anotar la dimensión del caudal de datos empíricos con que cuenta el investigador. A falta de ellos, la escasa información determina la especulación científica cuando se trata de interpretar la realidad, pero introduce una dimensión ética respecto del quehacer que es fundamental para la valoración de los resultados. Si la información no es escasa, se puede decir que es una información manipulada cuando, por ejemplo, los gremios interesados en el sector aportan aquellas investigaciones que puedan sesgar la mirada científica del investigador.

    La redacción de las normas para cualquier sector corre por cuenta de abogados que definen las autopistas por donde circulan los ciudadanos y sus necesidades, como es el caso de la atención en salud y más si hablamos de salud ocupacional. El imperio de la ley es de los abogados y la democracia se sostiene a partir del respeto y el acatamiento de todos sus asociados (ciudadanos) a la ley establecida. Aquello que dicen los funcionarios y los académicos es una narrativa inventada por el Estado, que, como máquina, crea modelos de operación en una suerte de estetización de la salud pública. Las cifras tranquilizan, los informes aplacan las sospechas, los gráficos dicen que todo está en orden, que la salud se cuida, que los trabajadores están a salvo de la barbarie productiva de un modelo de desarrollo que depreda todo, excepto sus ganancias.

    Entre la ficción de la ley y la veracidad del cuerpo que muere despacio para que tenga incluso valor de producción hasta su último momento —el
    cual llega con una pensión— triunfa el relato artístico de los documentos que muestran las cosas como si estuvieran en orden. La ficción de los derechos laborales se negocia entre instituciones, empresarios y sindicatos patronales sin la presencia del cuerpo de la evidencia. Este cuerpo no aparece en las imágenes diagnósticas, ni en los soplos que miden el aire, ni en la mirada del médico, ni en los dictámenes que leen las placas o en los fonendoscopios que oyen los pulmones silbar. Ahí hay silencio, no hay obra, no hay narrativa y, si existe, es una narrativa invisible que no se deja valorar en las contabilidades epidemiológicas, porque su presencia destruiría la práctica de la ficción de salubridad bajo una máscara de corrección estética.

    No obstante, el ojo sabe que hay un daño en el parénquima del pulmón, es decir, que el intercambio gaseoso no opera con normalidad y por ello el paciente se ahoga, no puede respirar bien y sufre de disnea. Al revisar la historia clínica laboral, el paciente puede decir si ha estado expuesto al asbesto o no, lo que permite emitir un diagnóstico: positivo por asbestosis causada por exposición. De este modo, una historia sencilla se convierte en una amenaza para la industria. Demostrar que el asbesto enferma y mata presupondría detener su uso, pero el progreso, obstinado en su labor predadora, dice: «¡Es imposible! Debo permitir su uso bajo modalidades de control que no afecten la salud del trabajador».

    A partir de este ejemplo se puede comprender la producción de ficciones y los elementos que la ley y la ciencia aportan. Estos se transforman en un
    universo complejo, saturado por dudas que intentan desacreditar la evidencia, la cual es una herramienta de protección para quien sufre las consecuencias de la exposición al asbesto. Esta narrativa es incontrovertible, pero susceptible de opacar la verdad y asfaltar el engaño. Por eso, es necesario crear un discurso que controle las alarmas, disipe las angustias, aplaque la verdad y, para ello, nada mejor que la ficción. Las narrativas ficticias aplacan los miedos, disipan los temores, tranquilizan a empleador y empleado, regularizan las tensiones y hacen creer en un mundo más seguro.

    Cuando se debe probar la evidencia ante el estrado judicial, la máquina narrativa entra en operación a todo vapor, según sea el caso. Ya no es el hecho científico lo que cuenta. En cambio, la ciencia se vuelve sujeto de interpretación, es puesta a narrar en un escenario que le es ajeno. Pierde importancia el carácter científico de la ciencia y asciende su carácter jurídico. El narrador (el médico, por ejemplo) debe crear otro relato o se expone a las contrapreguntas y esa artillería de inquietudes no la construye un médico, sino el abogado de la contraparte. Relaciones asimétricas, extrañas, ficcionales, donde la ley interroga por igual a charlatanes o a hombres serios de ciencia. Todo vale en los relatos de ficción.

    El derecho parodia a la justicia. Ya no se hablaría de justicia sino de una
    ciencia (el derecho) que simula buscarla. Pero ese proceso falla porque la justicia
    no se restablece. Por el contrario, queda sometida a un orden que produce ficciones y controvierte la prueba mediante tecnicismos, como sacados del sombrero de un mago; sometida a los abogados que narran de nuevo lo que la ciencia ha descubierto, a fin de introducir el sesgo que pone todo en entredicho, crear un nuevo contexto como si nada hubiese existido antes y partir de cero, eliminar la evidencia y dejar la página en blanco que será reescrita. La ficción jurídica transforma el hecho inicial en un metarrelato donde la juridicidad se viste de ciencia sin serlo. El derecho y sus alegatos «no son lo que lo hace hablar, sino lo que él habla. Habla la cosa produciéndola», dice Lyotard (1981, p. 171).

    En esta producción de ficciones es interesante observar que la ficción falla si se asemeja a la ficción. No estamos hablando de ciencia ficción o de relatos imaginarios futuros, sino de relatos presentes que deben parecer muy reales con el fin de que operen. Entonces la labor del narrador es hacer que el relato parezca real, aunque no lo sea. Si fuera real, sus contabilidades «científicas» rodarían vergonzantes ante la opinión pública. Por lo tanto, deben parecer reales; de lo contrario, el embrujo ficcional corre el riesgo de perder su efectividad.

    Por eso, los empresarios ataviados de científicos piden pruebas por doquier, en vez de admitir la lógica de la precaución, que pasa por la prohibición
    como en el caso del asbesto; y cuando aparecen las pruebas solicitadas, ellos fabrican las suyas para introducir la duda. «La duda es nuestro producto» (Michaels, 2005), decía un alto ejecutivo de la industria del tabaco en el artículo de Michaels, antes de empezar a admitir que el tabaco causa cáncer. Con el talismán de la duda en sus bolsillos, fumigan a los medios de comunicación, inundan la opinión pública con incertidumbres y atiborran los estrados judiciales con dilemas que encajan perfectamente en el teatro de la justicia.

    La sociedad de la imagen y el espectáculo profetizada por los situacionistas franceses es cosa del pasado. Ya no opera tanto la imagen como el relato ficcional. Los hechos no valen, vale su interpretación y lo que el poder político, alimentado por el poder económico, quiera decir. Del resto se encargan los medios. Por esta razón, a los industriales del asbesto les resulta más cómodo y efectivo pretender desmentir a la ciencia que debatir políticas en materia de salud pública o asumir las compensaciones económicas, como lo señala David Michaels (2005).

    Este libro apunta, entonces, a descifrar las claves de las narrativas que la industria del asbesto ha desarrollado para defender sus intereses. En palabras del doctor Richard Lemen:

    A lo largo de los últimos treinta años, las organizaciones científicas y agencias gubernamentales han revisado a fondo y de forma meticulosa gran cantidad de datos publicados sobre el asbesto, y han llegado a la conclusión de que todos los tipos de fibras comercialmente viables de asbesto (incluidos amosita, antofilita, actinolita, crisotilo, crocidolita y tremolita) causan enfermedad y muerte producidas por asbestosis, el cáncer de pulmón, el mesotelioma y el cáncer de laringe y de ovarios. No se ha identificado ningún nivel seguro de exposición a cualquier tipo de asbesto; es decir, no existe ningún valor umbral por debajo del cual todos los individuos estarían libres del riesgo de contraer una enfermedad relacionada con el asbesto. (Lemen et al., 2016, p. 5)

    Son pocas las sustancias tan estudiadas como el asbesto y las enfermedades relacionadas con él, por lo que este documento no pretende caer en una
    retórica de datos a fin de comprobar lo que está demostrado con suficiencia; no obstante, el objetivo de este libro es señalar la dimensión sociológica, si lo podemos llamar de esa manera, que subyace en el debate sobre el asbesto, es decir, el fraude científico que ha acompañado a las discusiones sobre esta problemática y sus implicaciones éticas.

    La periodista y activista de derechos humanos canadiense, Kathleen Ruff, quien también aparece en este libro, denuncia el comportamiento corporativo de la industria del asbesto al filtrar documentos en revistas con concejos editoriales proclives al sesgo. Ella señala que las grandes corporaciones a menudo invierten estratégicamente en agendas de investigación, cuyo objetivo es desarrollar un cuerpo de conocimiento científico favorable a un interés económico específico, con el fin de defenderse contra demandas particulares de responsabilidad legal. Si bien algunos académicos consideran estas declaraciones como simples datos anecdóticos, estas terminan siendo las fuentes que alimentan los análisis del estado del arte de temas relacionados con el asbesto, llenando la literatura científica de estudios financiados por la propia industria para afectar la veracidad de las conclusiones que emiten los expertos. Este es, puntualiza ella, el problema de nuestro tiempo (Ruff, 2013).

    He compilado aquí 6 años de investigación bibliográfica y trabajo de campo respecto al tema del asbesto desde un enfoque interdisciplinario y apoyado en el arsenal teórico de las prácticas sociales del arte. Han sido años de estudio y revisión de documentos, de múltiples entrevistas con todos los actores del drama. Desde un principio me llamó poderosamente la atención la existencia de dos tesis tan opuestas con la vida humana de por medio. Pero ha sido gracias a los conocimientos ofrecidos por Barry Castleman, David Egilman, Arthur Frank, Andy Oberta, Kathleen Ruff, Richard Lemen, David Michaels, Paul Brodeur, Jukka Takala, Laurie Kazan-Allen, Jock McCulloch y Geoffrey Tweedale, que poco a poco empecé a ver claridad en la inmensidad de datos, muchos de ellos contradictorios, junto al apoyo decidido e incondicional de mi compañero en esta aventura editorial, Gabriel Camero Ramos.

    He compilado aquí seis años de investigación bibliográfica y trabajo de campo respecto al tema del asbesto desde un enfoque interdisciplinario y apoyado en el arsenal teórico de las prácticas sociales del arte. Han sido años de estudio y revisión de documentos, de múltiples entrevistas con todos los actores del drama. Desde un principio me llamó poderosamente la atención la existencia de dos tesis tan opuestas con la vida humana de por medio. Pero ha sido gracias a los conocimientos ofrecidos por Barry Castleman, David Egilman, Arthur Frank, Andy Oberta, Kathleen Ruff, Richard Lemen, David Michaels, Paul Brodeur, Jukka Takala, Laurie Kazan-Allen, Jock McCulloch y Geoffrey Tweedale, que poco a poco empecé a ver claridad en la inmensidad de datos, muchos de ellos contradictorios, junto al apoyo decidido e incondicional de mi compañero en esta aventura editorial, Gabriel Camero Ramos.

    Más que autores, hemos querido ser comunicadores. Me ha interesado recopilar y ordenar selectivamente los datos obtenidos por algunos de los investigadores más importantes del mundo en el tema del asbesto, para que el lector entienda que nuestra sociedad está ante un juego de alto riesgo, que es el arrinconamiento de la veracidad científica por parte de un poder económico interesado en ocultarla.

    Actualmente, un proyecto de ley cursa en el Congreso de la República de Colombia, el cual busca prohibir el uso del asbesto. Esperamos que esta publicación contribuya a dilucidar que, detrás del debate sobre el asbesto, existen dos posiciones irreconciliables y una de ellas se ampara en la manipulación de los datos científicos. Al final de su lectura, estimado lector, usted podrá tener los elementos de juicio para comprenderlo.

    [1] El concepto de Greenwashing se entiende como “la inducción al público hacia el error o la percepción diferente, haciendo hincapié en las credenciales medioambientales de una empresa, persona o producto cuando estas son irrelevantes o infundadas”.

    [2] Un procedimiento en el que un individuo o empresa, gobierno u otro grupo promueve el arte visual y sus conceptos, para crear un beneficio y limpiar su imagen en relación con el comportamiento corrupto a nivel político, ambiental, laboral o social, de manera opuesta al objetivo de las iniciativas anunciadas por el artista.

     

    Referencias

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    Tweedale, G., y Castleman, B. (2018). Jock McCulloch (1945-2018): A Tribute. International Journal of Health Services, 48(3), pp. 586-91.

    [1] El concepto de Greenwashing se entiende como “la inducción al público hacia el error o la percepción diferente, haciendo hincapié en las credenciales medioambientales de una empresa, persona o producto cuando estas son irrelevantes o infundadas”.

    [2] Un procedimiento en el que un individuo o empresa, gobierno u otro grupo promueve el arte visual y sus conceptos, para crear un beneficio y limpiar su imagen en relación con el comportamiento corrupto a nivel político, ambiental, laboral o social, de manera opuesta al objetivo de las iniciativas anunciadas por el artista.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • PRONUNCIAMIENTO DE LA COMUNIDAD ARTISTICA

    PRONUNCIAMIENTO DE LA COMUNIDAD ARTISTICA

    El próximo lunes se adelantará un encuentro con senadores que apoyan la prohibición del asbesto en Colombia. La siguiente carta es una invitación a la comunidad artística para que apoyen la prohibición con su nombre y su cédula (http://bit.ly/2vUIMdH inbox). El documento será leído el próximo lunes por el curador y crítico de arte Guillermo Vanegas Flórez en el Congreso de la República de Colombia.

    Bogotá, mayo 10 de 2019.

    CARTA ABIERTA DE (POQUÍSIMOS) ARTISTAS E INTEGRANTES DEL CAMPO ARTÍSTICO LOCAL SOBRE LA LEY DE PROHIBICIÓN DEL ASBESTO EN COLOMBIA

    Como los bancos y las multinacionales, la comunidad artística necesita dinero para hacer su trabajo. Generalmente, como los bancos y las multinacionales, muchísimo y durante demasiado tiempo. Desde esta perspectiva, bancos, multinacionales y artistas venimos a ser lo mismo: sujetos eternamente condicionados por la obtención de recursos. Y eso está bien, parecen decirnos nuestros más avezados –y resignados– dirigentes: “así son las cosas y si no les gusta, bien puedan cambiar de sistema económico, o de mundo”.

    Perfecto, pero quienes hacemos arte o trabajamos en el campo del arte, nos enfrentamos a un problema cuando comenzamos a saber de dónde ha salido el dinero que nos ha permitido hacer nuestras geniales obras e investigaciones. Por ejemplo, cuando nos enteramos de que, quien nos compraba nuestro arte, fue condenado por enfermar comunidades enteras en Italia a consecuencia de la explotación del asbesto. Conocimos la noticia y nos sentimos mal. Nos quejamos, nos lamentamos, hasta nos enojamos. Pero pocas veces, le reclamamos a quien nos brindó esa financiación.

    Nuestro arte habla de integridad y compromiso, pero con nuestros actos apuntamos más bien hacia un pragmatismo acelerado. Callamos y continuamos.

    Desde 2013, el artista, crítico y activista Guillermo Villamizar nos mostró que como campo artístico estábamos entontecidos con los cantos de sirena del proyecto de coleccionismo pseudofilantrópico dirigido por el curador Hans Michael-Herzog y pagado con recursos de una Fundación lastrada por sus vínculos con la familia Schmidheiny. Para entendernos: Villamizar nos enseñó que arte y asbesto no combinaban; Herzog es un investigador reputado por organizar exposiciones megalomaníacas basadas, sobre todo, en sus vínculos sociales megalomaníacos; y los Schmidheiny son una familia suiza que ha obtenido parte de su fortuna explotando asbesto.

    Así, con dinero ajeno, el segundo ayudó a los terceros a organizar una colección omniabarcadora de arte latinoamericano, mientras el primero hacía todo lo posible por informarnos del desastre ético que nos amenazaba. La mayoría no lo escuchamos, hasta que el proyecto cerró: en 2015 la Fundación Daros abrió un palacete en Rio de Janeiro que sólo pudo tener abierto hasta 2016. Nuestro sueño duró menos de un año.

    Este caso no es el único entre el uso de asbesto y el patrocinio de arte en Colombia. A nivel local, es bien sabido que el Grupo Neme, uno de los patrocinadores del Museo de Arte Moderno de Bogotá y del espacio NC Arte, también produce partes de frenos con asbesto y forma parte de la coalición tóxica de lobistas que hasta ahora ha logrado detener una y otra vez el trámite de esta ley en el Congreso.

    Ahora, entre mayo y junio se han dado importantes muestras de apoyo para poder radicar y lograr la aprobación de la denominada Ley Ana Cecilia Niño, propuesta con la cual se busca erradicar el uso del asbesto en nuestro país. El proyecto ha avanzado y creemos que ya es tiempo de hacernos oír. Para buscar no tanto la reivindicación de nuestra actividad luego de los hechos ya relatados, como de sentar un precedente de nuestro verdadero compromiso con la construcción de país y de las dificultades que enfrenta este propósito a consecuencia de su modelo económico.

    Con esta carta abierta queremos decir que es imprescindible erradicar el uso del asbesto.

    Que es necesario que este proceso obtenga bases legales fuertes para sostenerlo a futuro.

    Que sabemos que se trata de una lucha prolongada, llena de contradicciones donde todas las circunstancias apuntarán a que desfallezcamos y abandonemos.

    Que este tipo de demostraciones resultan efectivas en momentos como el actual.

    Que, como las personas que firmamos esta misiva, usted también se puede manifestar.

    Que, si no está de acuerdo con la retórica de este documento, usted también puede expresar su postura.

    Que el asunto ahora es de manifestarse masivamente, reiteradamente, claramente.

    Que la desasbestización a nivel nacional será un proceso arduo –y si lo quiere escuchar, amigo empresario: rentable-.

    Que una Colombia libre de asbesto será mucho más segura para quienes hereden este país.

    Que una Colombia libre de asbesto beneficia a toda nuestra población.

    Que sin asbesto es más rico.

     

    Firmantes:

    Guillermo Villamizar
    91241502

    Guillermo Vanegas Flórez
    79861198

    Lucas Ospina
    79523501

    Úrsula Ochoa
    1020405922

    Luis Hernández Mellizo
    79835394

    Ricardo Arcos-Palma
    79053798

    Guillermo Londoño
    79233969

    Diana Drews
    52040048

    Andrés Jurado Uribe
    80032222

    Daniel Molina Sierra
    80134293

    Ori Alon
    ID 536139878 (EE.UU.)

    Jorge Sarmiento Arias
    80208533

    Fernando Murcia Fajardo
    19486285

    Edinson Javier Quiñones Falla
    10293366

    Estefanïa García Pineda
    1053812629

    Adriana Castro Criales
    52 622 623

    Germán Arrubla
    15256592

    Ulpiano Fernandez
    19149146

    Halim Badawii
    7181114

    María Alejandra ToroVesga
    1026263133

    Saír García.
    91444512

    Emilio Tarazona
    C294948 (Perú)

    Diana Carolina Romero Acuña
    53041490

    Florencia Mora Anto
    37830097

    Eli Ferrari Guadalupe
    DNI: 25161475. (Argentina)

    Luisa Ungar
    52262518

    Paula Altafulla Dorado
    52383136

    Luz Helena Cordero
    63291342

    Henry Buitrago Alba
    6773501

    Oscar Salamanca Angarita
    91262105

    Emma Rivera Chaves
    51918322

    Rai Serrano Murillo
    1098767436

    Miguel Angel Gelvez Ramirez
    13715607

    Clara Inés González.
    37542423

    Henry Olarte Alvarez
    13953999

    Magda Liliana González Sandoval.
    37615348

    María Camila Lozano González.
    1102391684

    Claudia Yaneth Ospitia Rojas.
    52755186

    Walter Alonso Gómez Céspedes
    91232766

    César Chaparro
    13844147

    Luz Marina Contreras araque
    63506937

    Luis Carlos Valero Vasquez
    91238580

    Jaime Martín Rodríguez
    91243290

    Tatiana Riascos Quiróz.
    52083055

    Mauricio Martinez
    79655127

    Marcela Salas
    52154858

    Iván Navarro
    80199834

    Julieta Suárez Londoño
    52831549

  • UN ESPECTRO DE LEGIBILIDAD

    UN ESPECTRO DE LEGIBILIDAD

    ¿Cuándo una obra de arte socialmente comprometida es demasiado obvia? ¿Y cuándo es demasiado confusa?[1]

    Para muchos seguidores del arte, una obra debe permanecer lo suficientemente opaca como para invitar a una dosis adecuada de especulación y conjetura. La confusión es aplaudida frente a la burda simplicidad que ofrece lo obvio. Una obra de arte fácilmente abierta a la interpretación proporciona cierta libertad de caer en la instrumentalización (desde una agenda) y permite al espectador experimentar con la especulación y puntos de vista diferenciados. En el activismo, sin embargo, la claridad se celebra, y un mensaje convincente puede llegar a una audiencia amplia y puede servir como un arma. Los dos extremos de esta dinámica, a la que me refiero como ambiguo y didáctico, han demostrado ser irreconciliables. Este dilema ha perseguido al arte político durante mucho tiempo. En la década de 1930, el filósofo George Lukacs arremetió contra los excesos del expresionismo, alegando que su escapismo apolítico contenía las semillas nostálgicas del fascismo. Ernst Bloch respondió que el expresionismo era, de hecho, profundamente político: en él, uno podía encontrar métodos para escapar de la tiranía del estalinismo. En la historia de la crítica estética marxista, encontramos las mismas batallas que plagan a los teóricos que se debaten entre su deseo de revolución práctica y su afecto por los gestos estéticos que se resisten a su propio tiempo. Adorno optó por el alto modernismo y elogió la música de Schopenhauer: una forma estética que se resistía a la interpretación fácil era la única apropiada para la perpetuación del capital. Y Bertolt Brecht desplegó una forma de teatro que escapaba del componente didáctico de la estética de Lukacs al intentar producir un teatro que se salía del escenario y se convertía en vida. El tema de la opresión de clase tocaría el corazón mismo de la audiencia, y al hacerlo, fomentaría una cultura revolucionaria. De esta manera, Brecht buscó apuntar a la opresión, pero sondeando producir en el espectador las semillas del cambio en el mundo.

    Aquellos que aparecen involucrados con el arte socialmente comprometido, están ciertamente familiarizados con la naturaleza divisoria de esta discusión. El trabajo que aparece muy vinculado al lenguaje de la estética es descartado como demasiado referencial, demasiado evasivo y demasiado inaccesible para una audiencia amplia por parte de aquellos cuya preocupación principal es el activismo, mientras que el arte prescriptivo es demasiado cliché y banal para las audiencias cuya preocupación principal es el arte. Los artistas comprometidos socialmente pueden sentir fácilmente, al igual que Deller en su Es lo que es, que la combinación de lo didáctico y lo poético cae entre las grietas de las preocupaciones estéticas y políticas de las comunidades activistas y artísticas; lo que crea un nudo nada fácil de desenredar.

    Lo didáctico es obvio, y lo ambiguo es opaco; lo que lo didáctico gana en claridad, la ambigüedad lo gana en oscuridad. Al igual que con todo lo binario, la mayoría de los gestos encajan en algún lugar entre estos dos puntos. La mayoría de los artistas comprometidos socialmente despliegan técnicas didácticas para hacer que una obra sea lo suficientemente legible, para luego poder involucrar al espectador en un nivel de ambigüedad que les permita explorar la obra por sí mismos, mientras que la obra que está bajo el encabezado de los rangos didácticos, desde la propaganda hasta el documental, el realismo, la sátira y la utopia, también pueden ser ambiguos. La didáctica debe ser lo suficientemente abierta para alentar la especulación, pero desplegar suficiente legibilidad para impartir ideas. De manera similar, el ambiguo debe seducir a un espectador para que se comprometa con él y, si se basa en un lenguaje estético demasiado alejado de la experiencia cotidiana, un espectador puede rechazar su curiosidad sin un compromiso cercano. Es cierto, por supuesto, que discutir los usos de la didáctica es mucho más fácil que discutir los beneficios de lo ambiguo. Particularmente porque un gesto verdaderamente abierto no es fácil de encontrar en una época de gran mercantilización, lo que brinda la oportunidad de experimentar lo ambiguo, lo raro y lo específico. Pero la experiencia de una persona sobre lo didáctico y ambiguo puede no ser la de otra, y al igual que con todas las cosas, uno debe dar un paso atrás y considerar estas preocupaciones a través de las vastas constelaciones de poderes que las determinan. Tanto lo didáctico como lo ambiguo tienen algo que ofrecer en condiciones diferentes. La batalla por lo didáctico y lo ambiguo, por lo tanto, debe considerarse desde el complejo campo que ofrecen los contextos y las audiencias.

     

    LO DIDÁCTICO

    La palabra «didáctico» carece ciertamente de amigos en las artes. En el mundo del arte, una tierra extraña que aprecia las metáforas vagas, los significados evasivos, la complejidad y las ideas conceptuales, la palabra didáctico es el último epíteto para crear escalofrío entre los artistas de estudio durante las críticas y los análisis. Un primo en segundo grado de lo «banal», lo «didáctico» se revuelve con todas las cosas vergonzosas, ingenuas y dolorosamente obvias. Esto sitúa a lo didáctico fuera del ámbito del arte.

    Sin embargo, esta abreviatura -tanto lo que constituye el reino del arte como por lo que queda por fuera de sus competencias- determina una dudosa frontera. Las contradicciones que rodean la cuestión de qué constituye realmente una obra de arte han persistido a lo largo de la historia del arte. Y una inherente falta de claridad, mezclada con una comunidad cuyos miembros sienten que entienden la definición de arte de manera bastante intuitiva, sigue impidiendo a los artistas comprometidos que usen las herramientas del arte para el cambio social. La comunidad artística es una audiencia difícil de apaciguar. La relación entre lo didáctico y las artes ha sufrido inmensamente, y el abismo sigue creciendo: el artista comprometido socialmente que se adentra en las aguas de lo didáctico se enfrenta a la ira de una comunidad artística que privilegia los códigos rígidos de la estética ambigua por encima de todo.

    Lo didáctico, por definición, significa el deseo de enseñar y moralizar. Esto a menudo se reduce a la noción de que una obra puede entenderse, que la producción de una imagen y la reacción que busca en el espectador no son difíciles de leer. Cuando un cartel dice «Stop the War», lo leemos como didáctico porque su deseo de animar al espectador a estar en contra de la guerra es obvio. Pero la capacidad de leer la intencionalidad y la capacidad de enseñar no son exactamente lo mismo. Casi se podría llegar a decir que en el habla cotidiana, la palabra se refiere a una forma de enseñanza donde la lección ya se conoce. Es decir, enseñar y moralizar implica una forma de comunicación que es repetitiva y no reveladora. A efectos de la argumentación, debemos, hasta cierto punto, aceptar esta pequeña discrepancia entre el uso común y su definición.

    Lo didáctico puede significar muchas cosas, y la legibilidad de las intenciones de un artista didáctico es inestable, -diferentes personas leen las imágenes desde diferentes perspectivas. Lo que podría ser obvio para un espectador puede no serlo para otro, y el intento de evaluar lo que tendrá sentido para un espectador, lo que la inspirará, equivale a una especie de conjetura ilustrada. Pero hay verdaderas implicaciones para esta conjetura. ¿Cómo se llega realmente a la gente? ¿Y qué hacen las imágenes, el habla y las acciones? Después de décadas de incesante producción visual, la cultura en su conjunto ha evolucionado en su capacidad para interpretar códigos. El aumento de la alfabetización visual ha proporcionado un agudo sentido para determinar la intencionalidad.

    Considere la paradoja del expresionismo abstracto, que ciertamente no es el primer género que viene a la mente cuando se habla de lo didáctico. Las pinturas abstractas de los expresionistas abstractos fueron producidas por el deseo de volverse más reales. Defendidas ​​por el teórico de Nueva York Clement Greenberg, los expresionistas abstractos rechazaron por completo la representación: argumentaron que la pintura representativa era ilusionista, que no era más real ni más evidente que un espectáculo de magia. Lo que Jackson Pollock, Mark Rothko, Clyfford Still y Barnett Newman vieron en su trabajo fue un rechazo de los valores estéticos de la burguesía en favor de una estética no representativa totalmente nueva que pintó las cosas como eran. Este rechazo de la estética burguesa a favor de la propia, es, desde luego, el punto central de la tradición vanguardista: veinte años después, el Minimalismo de Richard Serra, Donald Judd y Dan Flavin funcionaría de la misma manera. El minimalismo, también, sacó provecho de su rechazo a la estética burguesa.

    Por extraño que parezca, la crítica contemporánea del expresionismo abstracto calificó la obra como extremadamente didáctica. Era obvio, y lo que viste fue lo que obtuviste. Una pintura roja con una franja amarilla era una pintura roja con una franja amarilla, y nada más. Sin embargo, incluso si, en términos históricos del arte, el expresionismo abstracto no marcó una ruptura con el arte burgués, en la psique estadounidense, el movimiento incorporó un nuevo estado de cosas: si lo que viste fue lo que obtuviste, entonces lo que mucha gente vio fue gente rica que fingió sofisticación frente a algo que un niño podría pintar.

    Es decir, que la idea sobre lo didáctico de una persona, es el estado de confusión de otra. Cuando trabajé en el MASS MoCA, le pedimos a una clase de Harvard que estudiara la recepción de la audiencia de una exposición que organicé llamada Becoming Animal, que exploraba el espacio poroso entre humanos y animales. Para poner su conclusión en términos simples, encontraron que cuanto más conocía el público sobre arte, menos conexiones interpretativas hacían con el trabajo. Mientras que las personas que sabían sobre arte se centraron en minuciosas maniobras estéticas, las que no hicieron grandes saltos con respecto a lo que el trabajo podría significar, basándose en una amplia gama de referencias personales. Se podría argumentar que la lección del análisis es que cuanto más se sabe sobre el arte, menos se saca de él, aunque esto sería exagerar el asunto considerablemente. La lección más importante es simplemente que cuanto más se sabe sobre el arte, más radicalmente diferente es el enfoque del arte, en comparación con el del espectador general. Esta lección se vuelve aún más importante, ya que los artistas interesados ​​en llegar a audiencias populares deben explicar la brecha entre su comprensión (y su comunidad de creadores de arte y críticos) del gesto artístico y la comprensión para una audiencia general.

    Pero no diluyamos completamente la experiencia de lo didáctico, que a veces puede ser tan directo como el mensaje didáctico en sí. En una visita reciente a una librería anarquista, fui a la sección de arte para encontrar lo que uno podría esperar. Libros sobre grafiti, Adbusters, manipulación de carteleras, pósters de Emory Douglas para los Black Panthers y campañas anti guerra de posters fueron la variedad de opciones que estaban disponibles para la venta. Adornando las paredes de la librería se encontraban la maravillosa serie de carteles «Celebrando la Historia del Pueblo» que enfatiza el trabajo de líderes radicales como Fred Hampton, Emma Goldman, Little Bighorn, el hijo de puta contra el muro y numerosas personas y puntos de la historia, generalmente desconocidos. Si bien todo este trabajo sigue siendo importante, no pude evitar sentir que no había espacio en la tienda para más arte no didáctico. No se pudieron encontrar libros sobre arte contemporáneo, y cada proyecto estético tenía que tener una causa. Todo significante visual tenía que ser desde la calle o desde un movimiento. Lo ambiguo, lo poético, lo absurdo, cualquier gesto que no estuviera directamente relacionado con el activismo, simplemente no era invitado.

     

    LO AMBIGUO

    La búsqueda intensa de un artista por la ambigüedad es comprensible. El derecho a no ser claro ofrece una tremenda libertad: en un mundo que siempre quiere algo de nosotros, ¿no es atractivo hacer algo que no tiene sentido para nadie? ¿No es la búsqueda de lo ambiguo, en esencia, la búsqueda de la libertad individual? Cualquier discusión sobre arte político o socialmente comprometido debe comenzar con un reconocimiento de este instinto básico, que reside en el corazón de muchos artistas y debe ser respetado. El sueño de no ser utilitario es una ambición valiente y emocionante que no debe ser aplastada.

    Dicho esto, las tensiones entre lo didáctico y lo ambiguo deben abordarse con sensibilidad y conciencia de los valores de cada enfoque, ya que lo ambiguo es un sueño confuso que vive en todos nosotros.

    Las artes a menudo brindan un refugio seguro para proyectos que escapan a las nociones básicas de sentido común, que son, por diseño, irracionales, confusas, opacas, no literales, abiertas, poéticas y aburridas. Este abrazo de lo oscuro a menudo es liberador para los propios artistas, pero para muchos espectadores centrados en el cambio político, estas travesuras absurdas pueden parecerse a una sala llena de bufones que hacen malabares ante un rey: la rareza fácilmente descartada como entretenimiento para una aburrida clase dominante. Esta tendencia reactiva y sospechosa ha dejado la frontera de lo absurdo en el arte contemporáneo por fuera de la lente analítica de muchos activistas políticos. Sin embargo, este tipo de obras tienen mucho que ofrecer.

    Considere el aeropuerto internacional de Montello (2006), en el que un colectivo llamado eteam organizó una pequeña comunidad en Montello, Nevada, para recrear escalas aéreas en un aeropuerto local abandonado. La economía de la pequeña ciudad estaba en colapso, como la de muchas de las pequeñas ciudades que cubren el sudoeste: era una ciudad fantasma esperando que algo pasara. Un aeropuerto abandonado seguía siendo uno de los pocos elementos de la infraestructura de Montello, y estaba literalmente acumulando maleza, junto con las ocasionales bolsas de plástico arrastradas por el viento. El eteam, un colectivo de dos personas, viajó a la ciudad en un esfuerzo por reunir a la comunidad en torno a una causa absurda: la breve apertura del aeropuerto para un vuelo.

    El proyecto del aeropuerto se produjo poco después de otros extraños esfuerzos que el eteam había llevado a cabo en Montello. Después de entrevistar a numerosos residentes descubrieron que uno de los grandes activos de la ciudad era que nunca había experimentado un trancón, por lo que, en un esfuerzo por alterar el orden natural, el equipo convocó a los Montellanos para que subieran a sus autos y se dirigieran hacia una intersección central y, por primera vez en la historia de la ciudad, disfrutar del placer peculiar de un atasco de tráfico. Esta extraña acción hizo que algunos se encariñaran con el eteam y que muchos aún más, se molestaran con ellos. Después de su experimento con el tráfico de una pequeña ciudad, pidieron a los lugareños con los que habían trabajado que tramaran una parcela más ambiciosa. Con la asistencia de la organización artística de Nueva York, Art in General, el equipo recibió una beca para volar en avión a Montello y, durante medio día, disfrutar de los frutos de otro placer desconocido para Montello y sus residentes: una escala de avión (y un aeropuerto funcionando). Algunos residentes asumieron el trabajo de encargados del equipaje, mientras que otros tomaron la torre de tráfico aéreo, y otros incluso trabajaban en seguridad local o visitaban el bar. En general, el Aeropuerto Internacional de Montello surgió como una producción performativa que fue un cruce entre Airplane! y Esperando a Guffinan.

    ¿Cuáles fueron exactamente los resultados políticos de este proyecto? Habían capturado la imaginación de la ciudad, y el eteam había animado a la comunidad a tomar una forma de acción social absurda. El uso de lo absurdo había funcionado como un catalizador para un experimento local que seguramente quedaría fuera del alcance de lo didáctico. ¿Dónde cae este tipo de trabajo en el ámbito del arte socialmente comprometido? El significado social de un trabajo como este a menudo se descarta, pero merece consideración, no porque sea interesante, sino porque, a veces, puede ser eficaz para capturar la imaginación.

    Los activistas a menudo usan la frase «conviértete en el cambio que deseas ver en el mundo» y cierto arte produce con exactitud este tipo de esfuerzo, aunque no necesariamente en la forma en que los activistas pretenden que se use esta frase. La aventura de los eteams en el desierto produjo un sueño realizado por varias personas, un juego que puso la vida al borde del horizonte. El efecto y la activación de la imaginación fueron poderosos porque el trabajo generó una sensación de libertad no solo en el futuro, sino en el presente del ahora.

    Otro ejemplo de este tipo de trabajos fue creado por el colectivo vienés Gelatin. En su provocador proyecto titulado Dig Cunt (2007), Gelatin simplemente cavó un hoyo en la arena de la playa en Coney Island y lo llenó todos los días durante el curso de una semana. Esta fue una verdadera aventura sisifeana: cuatro austriacos con poca ropa fumando cigarrillos en la arena, riendo y pasando sus días haciendo algo y luego deshaciéndose de él. En otras palabras, era, un proyecto sin sentido. Y, sin embargo, durante el transcurso del evento, las personas se acercaron al equipo de Gelatin y preguntaron qué estaban haciendo. Cuando la respuesta fue «cavar un hoyo y luego volver a llenarlo», la locura de tal gesto a menudo despertó el interés de quienes los rodeaban. ¿Cuál fue el punto?

    Los dos proyectos absurdos, inspirados en el Dada —el Aeropuerto Internacional de Montello y Cavar el coño— no discuten la política de manera abierta (aunque el uso de la palabra «coño» por parte de cuatro chicos austriacos queer podría ser una especie de provocación política). Tampoco intentaban rectificar un problema social. Pero mientras su posición no política los coloca fuera del diálogo del arte político, su uso de la ambigüedad en el espacio público tiene implicaciones políticas.

    ¿Cuáles son los usos políticos de lo absurdo, lo corrosivo, lo curioso, lo tonto, lo insano y lo melancólico? ¿Cuáles son los usos políticos de la actuación de Bruce Nauman, Bouncing in the Corner No. 1 (1968), donde el artista simplemente rebota su cuerpo una y otra vez contra una pared? ¿Cuáles son las consecuencias políticas de la serie de pinturas de color rosa de Spencer Finch? Tratando de recordar el color del sombrero pastillero de Jackie Kennedy (en 10 partes) (1993), en el que el artista intenta recrear el color exacto del sombrero pastillero rosa de Jacqueline Onassis a partir de la memoria? ¿Qué ganará Guy Ben-Ner dirigiendo una telenovela familiar en las salas de exhibición de IKEA en Stealing Beauty (2007)? Todos estos proyectos ofrecen exploraciones cuidadosas del mundo que nos rodea, sin embargo, siguen siendo excluidos de la rúbrica de lo político. Incluso si uno da por sentado la afirmación de que todo arte es político, la respuesta típica a este tipo de trabajo absurdo es que se trata de un status quo cómodo. La ilegibilidad de los fenómenos culturales ambiguos presenta un gran dilema para una comunidad dedicada a la claridad, la eficiencia y la utilidad. (Por otra parte, con la misma intensidad, encontramos críticos de arte profesionales que elogian este tipo de trabajo como la forma más alta de política, dejando así de lado los trabajos más utilitarios, como un cartel de protesta, o arte destinado a ayudar a las personas sin hogar, a salvo fuera de su alcance.)

    Por definición, los gestos ambiguos resisten interpretaciones singulares. Poseen múltiples implicaciones implementadas a la vez, y la disonancia entre ellas produce una complicada red de interpretaciones. La poesía cobra impulso no por la claridad de su significado, sino por el rango de posibles significados que generan interpretaciones más sólidas y, en ocasiones, conflictivas de lo que es. Una definición cercana, pero, hasta cierto punto, muy diferente, de ambigüedad es la cualidad de ser inexplicable. En lugar de ofrecer numerosas explicaciones, esta forma de ambigüedad no ofrece ninguna. Sospecho que, de los dos, el que provoca el mayor grado de contestación es el gesto que no se puede explicar. Este gesto, este agujero negro interpretativo, muda mutuamente la acritud política hacia sus fauces agresivas y sin disculpas.

    Entonces, ¿qué hacemos con los proyectos que son completamente ambiguos, que no tienen ninguna conexión con un tema político de actualidad y que, de hecho, pueden incluso oponerse a cualquier sentido de prescripción ética?

    Tomemos, por ejemplo, la revista Gabinete, cuyo nombre se deriva del Gabinete de Curiosidades. Cada uno de los temas de la revista explora un tema simple: huesos, fuego, infancia, dobles, sombras, frutas, estados ficticios, etc. Y de forma interesante y elocuente los escritores abordan bajo una oscura demencia el tema elegido, como el estudio de un Estado ficticio llamado Atlantium, o cómo las moscas domésticas ven el mundo en un caleidoscopio, o la desaparición de los arrecifes de coral, o la historia del placebo. Hay un amor por la historia en las páginas del Gabinete, una historia que no tiene filtros, sin tapujos, oscura y aparentemente sin sentido. Los artículos están cómodamente al margen, y la revista no provoca ni produce ningún sentido de urgencia. Es extrañamente cómodo pensar por pensar en detalles extravagantes de la vida cotidiana. Hay numerosos experimentos increíbles en las artes que resisten la definición fácil. En la búsqueda de formas expresivas fuera de un lenguaje directo, muchos artistas se encuentran realizando formas de trabajo que eluden la prescripción. Piensa en los artistas brasileños Lygia Clark y Helio Oiticica, quienes en la década de 1960 produjeron rituales extraños y socialmente comprometidos con hilos, formas y cuerpos. Aunque se basó en el psicoanálisis y se produjo deliberadamente en reacción al gobierno brasileño de la época, las actuaciones de Clark y Oiticica incluían todo, desde tirar el hilo de la boca sobre el cuerpo postrado de un participante que yacía bajo unas pinturas que se usaban mientras se bailaba Samba. Piensa en Cabaret Voltaire, en Weimar, Alemania, cuyo cabaret en estado sano muestra una poesía de sonido fusionado con una interpretación absurda. Piense en el movimiento japonés Gutai posterior a la Segunda Guerra Mundial, que creó objetos al golpear sus cuerpos contra ellos, a través de ellos y a través de ellos. Estas exploraciones de principios y mediados del siglo XX fueron rupturas radicales con sensibilidad, y encontraron en el lenguaje del rechazo formal una herramienta extremadamente política.

    Estos ejemplos son sin duda algunos de los esfuerzos artísticos más reconocidos de la vanguardia. Tuvieron éxito no solo porque eran ambiguos, sino porque también crearon espacios para apreciar la naturaleza abierta de sus empresas. Es decir, estos actos a menudo tuvieron lugar fuera del ámbito de la explotación capitalista directa. Eran formas culturales híbridas, que surgieron de un deseo colectivo de hacer algo nuevo, y de un espacio profundamente ambiguo. Estas presentaciones y eventos no solo permitieron a cada miembro producir nuevas formas culturales, sino que también les permitieron participar en la producción de sí mismos. Por supuesto, estos momentos no ocurren en galerías o museos, ni ocurren en la televisión o la radio popular. Se promulgan fuera de una lógica de coerción y capital evidentes.

    [1] El siguiente texto es tomado del libro de Nato Thompson, titulado Seeing power. Art and Activism in the Twenty-first Century.

  • Una crítica a la industria minera canadiense del asbesto y los estudios de la Universidad de McGill sobre el crisotilo

    Una crítica a la industria minera canadiense del asbesto y los estudios de la Universidad de McGill sobre el crisotilo

     

    Nota introductoria

    El siguiente artículo comprende uno de los análisis más claro y objetivo que se haya podido realizar, respecto de las investigaciones desarrolladas por la Universidad de McGill, con el ánimo de ofrecer evidencia «científica» sobre del uso del asbesto crisotilo y su impacto en la salud ocupacional, ambiental y pública. Canadá fue hasta el año 2012 el segundo exportador de asbesto crisotilo en el mundo, con dominio en el mercado durante las décadas de 1950, 60 y 70. Desde 2012, Canadá se retiró del mercado de este mineral (IBAS, 2015). De acuerdo con estadísticas del Servicio Geológico de los EE.UU. (USGS por sus siglas en inglés), desde 1900 hasta el año 2003, se consumieron en el mundo 180.922.485 toneladas métricas de asbesto, siendo el crisotilo o asbesto blanco el 95% de este valor, de acuerdo con Robert Virta (2006).

    De tal cantidad, Canadá exportó 61.165.286 de toneladas métricas de asbesto, es decir, una tercera parte del total exportado en el mundo durante el periodo indicado. A lo largo del siglo XX, la industria del asbesto enfrentó tres grandes crisis. La primera, en la década de 1930, con el descubrimiento de la asbestosis (fibrosis intersticial difusa de los pulmones, a menudo asociada con placas pleurales); la segunda con el cáncer de pulmón asociado al asbesto en los años 40, y la tercera y más profunda fue la crisis de los años 60, cuando se estableció el vínculo del asbesto con el mesotelioma (cáncer de la pleura, del peritoneo, del pericardio y la túnica vaginal, que son membranas delgadas que recubren órganos como el pulmón, el estómago, el corazón y los testículos) (McCulloch y Tweedale, 2008).

    A medida que la evidencia científica crecía, vinculando al asbesto con enfermedades mortales, la industria del asbesto fue creando organizaciones profesionales y semiprofesionales para defender las condiciones laborales en las minas y fábricas, para conducir investigaciones médicas y calmar el miedo del público respecto de esta fibra mortal.

    Para la década de los 60, la evidencia que vinculaba el asbesto crisotilo con el mesotelioma estaba más que demostrada por las investigaciones de J. C. Wagner en Sudáfrica (Wagner, Sleggs y Marchand, 1960), por el estudio de Selikoff (1964) ─como ya se dijo─ y por las muertes por mesotelioma en individuos que vivían cerca de una fábrica en Londres que manipulaba asbesto crisotilo, registradas por la médica inglesa Molly Newhouse (1965). En otras palabras, el riesgo no estaba solo confinado a los individuos que trabajaran en fábricas de asbesto (McCulloch y Tweedale, 2008).

    En ese momento, los países industriales y las grandes compañías del asbesto siguieron explotándolo, exportándolo y consumiéndolo como si nada pasara. El Reino Unido era el mayor consumidor de asbesto en Europa, Canadá el mayor productor, y EE.UU. el mayor consumidor de asbesto en el mundo. En estos tres países, por igual, se centraban las batallas entre la ciencia y los intereses políticos y económicos que suelen rodear este tipo de problemáticas, cuando se ponen en la misma balanza los intereses de la industria y los de la salud pública.

    La Asociación de Industrias Mineras de Quebec (QAMA) era una organización totalmente controlada y financiada por la industria del asbesto y su propósito apuntaba a constituir “una institución independiente de cualquier otra organización universitaria o gubernamental; de esta manera, sus políticas podían ser determinadas por las necesidades de la industria” (ATI, 1965).

    Reportes internos de QAMA del año 65 dicen que para esa fecha este organismo “buscaba una alianza con alguna universidad, como McGill (Montreal), y así obtener respaldo académico con autoridad” (ATI, 1965).

    Financiados por el gigante del asbesto estadounidense Johns-Manville ─el mismo que controlaba una de las grandes minas de asbesto canadiense─ crearon una organización de fachada para buscar estrategias en el mundo de la medicina que les sirviera de apoyo y defendiera sus intereses, seriamente amenazados por la evidencia científica. De esta manera, apareció el Instituto de Salud Ocupacional y Ambiental (IOEH, por sus siglas en inglés), con sede en Montreal (Ruff, 2014).

    El eje para la defensa del crisotilo fue el Dr. J. Corbett McDonald, un médico de origen inglés experto en salud ocupacional, que laboraba en el departamento de Epidemiología de la Universidad de McGill.

    El profesor McDonald recibió de ese departamento un millón de dólares en transferencia hecha por el Instituto de Salud Ocupacional y Ambiental, que a su vez había recibido dos millones de dólares de la industria del asbesto, para llevar a cabo el más grande estudio con los mineros de asbesto en Canadá (Ruff, 2014; McCulloch y Tweedale, 2008). Este informe tendría amplias repercusiones al introducir un sesgo de “incertidumbre científica” en la discusión, que fue hábilmente manipulado por la industria: los mismos que habían financiado la investigación.

    Una extensa cohorte de hombres nacidos entre 1891 y 1920 (más de 11.000), y que habían trabajado por al menos un mes en la industria del crisotilo en Quebec, dice el informe, fueron estudiados desde 1966. El estudio concluyó que el riesgo de cáncer de pulmón en esta industria, excepto cuando se presentaban niveles extremadamente altos de exposición, era muy bajo. Por lo tanto, que el crisotilo no era peligroso, y sostenía que la contaminación del crisotilo con la tremolita o la crocidolita eran la fuente de los problemas de salud ocupacional. El informe afirmaba en esencia que el crisotilo “era inocuo” y que incluso ofrecía protección contra el cáncer (Liddell, McDonald y McDonald, 1997, P. 13-36). Por lo tanto, los trabajadores podían ser expuestos a altos niveles de fibras de asbesto (45 f/cc) sin efectos letales para su salud. Para ese momento en el Reino Unido el límite era de 2 f/c.c. Hoy en día es de 0.1 f/c.c. (OSHA, 2009).

    Los datos con los que McDonald elaboró sus conclusiones nunca han estado disponibles al público, y ningún científico independiente los ha avalado. Cada cuerpo científico con algún nivel de respetabilidad los ha rechazado (Ruff, 2014).

    El Dr. David Egilman, médico y profesor de la escuela de medicina Alpert de la Universidad de Brown en el estado de Massachusetts, quien ha seguido con interés las relaciones de la Universidad de McGill con las investigaciones sobre asbesto, después de un análisis riguroso de las evidencias que soportaron las investigaciones de McDonald, concluye que estos estudios “fueron promovidos para estimular el mercado y las ventas de la industria del asbesto, y han tenido un efecto sustancial en alegatos judiciales cuando de salud ocupacional se trata. Hasta el año 2012, la industria del asbesto, con el apoyo del gobierno canadiense, promovió el uso del asbesto en los países en vías de desarrollo” (Ruff, 2008).

    David Egilman, M.D., MPH. Médico de medicina interna y epidemiólogo, así como de medicina preventiva y ocupacional. Es profesor clínico asociado en la Universidad de Brown y editor en jefe de la Revista Internacional de Salud Ocupacional y Ambiental. Su experiencia está en la exposición a elementos tóxicos y sus efectos nocivos en la salud pública. Tiene una amplia gama de intereses en este campo, que van desde la mala conducta en la investigación y la comercialización de productos farmacéuticos tóxicos, implantes de silicona, exposición a la radiación y exposición al asbesto, hasta la asistencia sanitaria en los países en desarrollo.

    El trabajo del Dr. Egilman como testigo experto ha descubierto muchos tipos diferentes de malversaciones corporativas y gubernamentales. Es un activista de protección al consumidor que ha luchado vigorosamente por la publicación de documentos confidenciales de una compañía, descubiertos durante un litigio. Por ejemplo, buscó revelar documentos relacionados con el grave daño producido por el analgésico de Merck, Vioxx, y el fármaco neuroléptico de Eli Lilly, Zyprexa; cuyos riesgos estaban ocultos al público. El Dr. Egilman desafió a los jueces que presiden estos juicios, cuyas decisiones contra la divulgación pública de esos documentos protegían las malversaciones corporativas. En el caso de Zyprexa, el Dr. Egilman actuó de acuerdo con su juramento médico, pero violó una orden judicial de protección y filtró los documentos al New York Times; acción que tomó a un gran costo personal.

    El Dr. Egilman ha testificado ante el Subcomité de Energía y Comercio de la Cámara de Representantes, el Comité Asesor del Presidente sobre Experimentos de Radiación Humana y múltiples comités asesores de la FDA. El Dr. Egilman dio testimonio por escrito al Subcomité de Antimonopolio, Política de Competencia y Derechos del Consumidor del Senado. Ha dado muchas charlas en reuniones de la Asociación Estadounidense de Salud Pública y ha hablado internacionalmente sobre la mejora de la salud laboral en todo el mundo.

    Es Presidente de la Junta de Entrenamiento y Servicio de Salud Global a través de la Educación; y es miembro de numerosas sociedades centradas en Límites de Exposición a Sustancias Tóxicas Basados en la Salud. Ha realizado numerosas publicaciones y presentaciones.

    ATI, Asbestos Textile Institute. (1965). General Meeting. Hotel Le Provence, Thetford Mines.

    IBAS. (2015). Current Asbestos Bans and Restrictions, Compiled by Laurie Kazan-Allen. International Ban Asbestos Secretariat. Recuperado de http://www.ibasecretariat.org/alpha_ban_list.php

    Liddell, F., McDonald, AD, McDonald JC. (1997). The 1891-1920 birth cohort of Quebec chrysotile miners and millers: development from 1904 and mortality to 1992. Department of Epidemiology and Biostatistics, McGill University Montreal, Canada. The Annals of Occupational Hygiene, Volume 41, Issue 1, January 1997, Pages 13-36.

    McCulloch, J. & Tweedale, Geoffrey. (2008). Defending The Indefensible: The Global Asbestos Industry and Its Fight for Survival. New York. Oxford University Press.

    OSHA. (2009). Directive 2009/148/EC, 2009. Recuperado de https://osha.europa.eu/es/legislation/directives/2009-148-ec-exposure-to-asbestos-at-work

    Ruff, K. (2014). Asbestos: a continuing failure of ethics by McGill University. In International Journal of Occupational and Environmental Health.

    Virta, R.L. (2006). Worldwide asbestos supply and consumption trends from 1900 through 2003: U.S. Geological Survey Circular 1298, 80 p., available only online. https://pubs.usgs.gov/circ/2006/1298/c1298.pdf

    Wagner, J.C., Sleggs C.A. & Marchand P. (1960). Diffuse pleural mesotheliomas and asbestos exposure in the North-Western Cape province. BJIM 17.

     

    REVELANDO LOS “MITOS” DEL TMC, “TODO MENOS EL CRISOTILO”:  UNA CRÍTICA A LA INDUSTRIA MINERA CANADIENSE DEL ASBESTO Y LOS ESTUDIOS DE LA UNIVERSIDAD DE MCGILL SOBRE EL CRISOTILO

    David Egilman, MO, MPH[1] [2]*, Corey Fehnel, AB[2], y Susanna Rankin Bohme, AM [2]

    American journal of industrial medicine. 44. 540-57. 10.1002/ajim.10300. Am. J. Ind. Med. 44:540-557, 2003.

    Accepted 24 July 2003

    DOI10.1002/ajim.10300. Published online inWiley InterScience

    (www.interscience.wiley.com)

     

    Antecedentes.  A principios de la década de 1930, la industria canadiense del asbesto creó y promovió la idea de que el crisotilo es más seguro que los otros tipos de fibra de asbesto.  

    Método.  Evaluamos críticamente los estudios publicados y no publicados, financiados por Quebec Asbestos Mining Association (QAMA) y realizados por investigadores de la Universidad de McGill .

    Resultados.  Los investigadores financiados por QAMA construyeron varios mitos que sostenían que el crisotilo extraído de Quebec era inofensivo, y afirmaron que la contaminación de crisotilo con aceites, tremolita o crocidolita era la fuente del riesgo de salud ocupacional.  Además, los investigadores financiados por QAMA manipularon datos y utilizaron técnicas de muestreo y análisis poco sólidas para respaldar su argumento de que el crisotilo era «esencialmente inocuo».

    Conclusiones.  Estos estudios se utilizaron para promover el mercadeo y las ventas de asbesto, y han tenido un efecto sustancial en los litigios sobre políticas y salud ocupacional. Las compañías manufactureras de asbesto y el gobierno canadiense continúan usándolos para promover el uso del asbesto en Europa y en los países en desarrollo.  American Journal of Industrial Medicine. 44: 540-557. 2003. © 2003 Wiley-Liss, Inc.[3]

     

    PALABRAS CLAVE: asbesto; crisotilo; corrupción; crocidolita; QAMA; McGill; tremolita.

    INTRODUCCIÓN

    El asbesto crisotilo se extrajo por primera vez en Canadá a finales de la década de 1870.  Una feroz lucha entre la industria del asbesto en Canadá, Inglaterra y Sudáfrica y los investigadores médicos comenzó a principios de la década de 1930, y ha sido documentada en la literatura profesional y en los tribunales; y continúa hasta el presente [Hardy y Egilman, 1991; Liddell, 1997; Nicholson, 1997; Egilman et al., 1998; Egilman y Reinert, 2000].

    Los primeros esfuerzos de QAMA (Quebec Asbestos Mining Association) para engañar a la comunidad médica acerca de los efectos carcinogénicos de la exposición al asbesto fueron publicados en 1958 [Braun y Truan, 1958].  Los borradores individualmente numerados de los resultados del estudio, distribuidos a los miembros de QAMA, informaban que «[el] número de muertes por cáncer de pulmón combinado con asbestosis es más grande de lo que se esperaría en cada cohorte y en las cohortes combinadas.   Esta diferencia es significativa en un 95%, utilizando la prueba de chi-cuadrado de significación.»  A petición de QAMA, los investigadores manipularon el denominador y publicaron: «Sobre la base de lo que se cree que son datos completos y confiables, parece justo concluir que los mineros de asbesto en la provincia de Quebec no tienen una tasa de mortalidad significativamente mayor de cáncer de pulmón que los segmentos comparables de la población general» (énfasis agregado) [Braun y Truan, 1958).

    En 1964, Irving J. Selikoff, preocupado por la inadecuada respuesta frente a los peligros para la salud pública causados por el asbesto, organizó la conferencia de la Academia de Ciencias de Nueva York (NYAS) dedicada a comprender los efectos fisiológicos de este mineral [Selikoff, 1965).  Esta conferencia estableció firmemente la carcinogenicidad y otros riesgos para la salud derivados de la exposición al asbesto.  La información generada en la conferencia fue ampliamente difundida en la prensa, amenazando la posición de la industria en el nivel nacional y en el mercado global.

    En respuesta, las compañías mineras canadienses, actuando a través de la Asociación Minera de Asbestos de Quebec (QAMA), renovaron su conexión con la Universidad de McGill [Wright, 1926; Asbestos Textile Institute, 1965; Instituto de Salud Ocupacional y Ambiental, 1966] para desarrollar una evidencia científica contraria, esperando sembrar dudas sobre la toxicidad de varios tipos de fibra de asbesto.  Pues, como resultado de la conferencia de la NYAS, la carcinogenicidad del asbesto era irrefutable.  QAMA sabía que la investigación existente revelaba los peligros del asbesto, y buscó hacer «contrapropaganda» al trabajo de Selikoff y otros [QAMA, 1967].  Sus miembros adoptaron como modelo a la industria del tabaco para su propia investigación, señalando que esa industria «lanzó su propio programa y ahora sabe dónde se encuentra» [QAMA, 1965].  En consecuencia, QAMA desarrolló los argumentos del “Todo menos el Crisotilo” (TMC) con la esperanza de mantener o ampliar la cuota de mercado para su tipo de asbesto, y evitar la responsabilidad.  El argumento del TMC implica a varias sustancias, distintas del crisotilo canadiense, como la causa de la toxicidad del asbesto.

    QAMA ha proporcionado fondos durante las últimas tres décadas a una unidad de investigación en la Universidad de McGill, que ha promulgado varias y distintas teorías TMC (Todo menos el Crisotilo).  Más recientemente, estas teorías se han utilizado en un intento de inducir a error a una variedad de paneles internacionales sobre los riesgos reales de la exposición al asbesto crisotilo [Castleman, 2001, 2002].  Los investigadores de McGill aparecen con frecuencia, o en otras ocasiones son contratados, como analistas aparentemente objetivos [EE.UU. Agencia de Protección Ambiental, 2001; Eastern Research Group, Inc., 2003].

    Más allá de promover el mercadeo y la venta de asbesto, estos estudios han tenido un tremendo efecto en los litigios desde la década de los 60 en adelante.  Los abogados de las corporaciones manufactureras de asbesto han utilizado estos estudios para afirmar que la relación causal entre la exposición al asbesto y el cáncer no era clara, era hipotética, y por lo tanto se les niega a los trabajadores lesionados y sus dependientes, la compensación por sus enfermedades [Georgia-Pacific, 2003].

    Analizamos y discutimos las tres falacias que subyacen tras los argumentos de TMC.  La primera es que la contaminación con aceite orgánico y sintético, y no el crisotilo en sí mismo, es la causa del cáncer de pulmón y los tumores mesoteliales malignos primarios en mineros y otras personas que trabajan con asbesto [Commins y Gibbs, 1969; Gibbs y Hui, 1971].  La segunda es que la crocidolita, supuestamente importada de Australia y utilizada en una fábrica adyacente a una de las minas, causó un aumento del mesotelioma en los mineros [McDonald y McDonald, 1978, 1980].  Una tercera falacia presentada por la industria es que la tremolita era la única culpable, y que el actual crisotilo comercial es «inocuo» porque las prácticas mineras contemporáneas lo evitan por completo o lo eliminan durante el procesamiento [Case, 2001a).  Después de examinar el constructo «TMC» de QAMA, revisamos la metodología que los epidemiólogos y científicos financiados por QAMA utilizaron para respaldar varios reclamos de la industria.  Esta incluye ignorar los datos pertinentes de dosis-respuesta y dosis errónea, a través del uso de técnicas de muestreo inadecuadas y desactualizadas; e ignorando o malinterpretando los datos de las entrevistas a los trabajadores [McDonald et al., 1970; Gibbs y LaChance, 1972, 1974; Liddell et al., 1984].

     

    LOS MITOS DE LA INDUSTRIA

    Contaminación orgánica y sintética por aceites

    En 1965, Harrington y Roe informaron que los contaminantes naturales, así como los compuestos orgánicos, pueden desempeñar un papel clave en la naturaleza cancerígena del asbesto [Harrington, 1965; Harrington y Roe, 1965).  Desde la perspectiva de la industria, esta era una manera ideal de oscurecer la noción de que su producto, el crisotilo, era mortal.  Si este «misterioso» contaminante pudiese ser identificado, y el crisotilo «despejado», el producto y las ganancias podrían ser salvados.  QAMA apoyó los estudios adicionales, tanto al proporcionar fondos como al comprometerse con la recolección de muestras y otros datos [Gibbs, 1969; Brodeur, 1974].

    Investigando más sobre las afirmaciones de Harrington y Roe, Graham Gibbs y otros en la Universidad de McGill examinaron la teoría de los contaminantes orgánicos del crisotilo [Commins y Gibbs, 1969].  Gibbs planteó la cuestión de si los compuestos podían: actuar como carcinógenos en sí mismos; mejorar la actividad carcinogénica de otras sustancias como trazas de metales, el propio asbesto o aceites asociados; inhibir la acción de los carcinógenos presentes en la fibra; o no tener en absoluto ninguna influencia en la acción biológica [Gibbs, 1969].  A través de sus estudios, los investigadores encontraron que los contaminantes orgánicos estaban implicados en la «acción biológica» de los productos de asbesto crisotilo, sugiriendo que estos contaminantes, y no el crisotilo mismo, eran la causa del cáncer en los trabajadores [Gibbs y Hui, 1971).

    Ellos determinaron que los alcanos de cadena larga encontrados en los productos de asbesto provenían de tres posibles fuentes: hidrocarburos presentes de forma natural en el cuerpo del mineral; contaminación en el proceso de extracción y molienda; y contaminación por los procesos de envío, fabricación y utilización [Gibbs y Hui, 1971].

    Las bolsas de polietileno y los secadores de asbesto fueron supuestamente los principales culpables de esta contaminación por aceite [Gibbs, 1969].  Sin embargo, Gibbs reconoció la ausencia de mesoteliomas en animales expuestos a compuestos orgánicos, e hizo hincapié en la necesidad de una mayor investigación sobre el presunto vínculo entre estos compuestos y el cáncer de pulmón.  Se enfatizó la importancia de evaluar las diferencias en el contenido orgánico de los tipos de asbesto a los que estuvieron expuestos los trabajadores, pero al final no se encontró evidencia de que los contaminantes orgánicos representaran un aumento en las tasas de cáncer.  Wagner y Berry [1969] publicaron un informe demostrando que la eliminación de contaminantes orgánicos del asbesto no disminuyó, y de hecho posiblemente aumentó, la capacidad de la fibra para causar mesoteliomas en ratas.  Por lo tanto, el argumento de que los contaminantes por aceites eran la principal causa de los efectos carcinogénicos de la exposición al crisotilo ya no era plausible, y tuvo que ser rechazado en favor de otras explicaciones sobre la supuesta seguridad del crisotilo.

     

    Crocidolita

    Los estudios sobre la crocidolita, publicados a fines de la década de 1970 por J.C. McDonald y sus colegas, ofrecieron otra explicación para la no carcinogenicidad del crisotilo [McDonald y McDonald, 1977, 1978; McDonald, 1978].  Afirmaron que la mayoría de los casos de mesotelioma de las minas de asbestos en Quebec ocurrieron como resultado de la exposición a la crocidolita (un anfíbolo también conocido como riebeckita fibrosa), supuestamente importada de Australia para su empleo en la manufactura de máscaras antigás, en la fábrica «adyacente a» la mina Johns Manville Jeffrey durante la Segunda Guerra Mundial.  Los investigadores de McGill postularon que este uso de crocidolita en la fabricación de almohadillas para filtros, entre 1939 y 1941, supuso un aumento en las tasas de mesotelioma y cáncer de pulmón entre mineros y molineros en la mina Jeffrey, aunque ninguno de ellos había trabajado alguna vez en la fábrica [McDonald y McDonald, 1980].  Es interesante observar que no se citan entrevistas con trabajadores ni correspondencia que demuestren que la crocidolita importada se usó alguna vez para este fin en la locación minera.   El jefe de envío y recepción durante el período de tiempo relevante también desconocía el uso de la crocidolita en la fábrica (comunicación de A.R. Carr, no publicada).  Las regulaciones británicas ordenaban el uso tanto de crisotilo como de crocidolita para los filtros de las máscaras de gas de la Segunda Guerra Mundial.  Es poco probable que los miembros de QAMA involucrados en la producción de máscaras de gas importaran crocidolita de Australia, más que los submarinos y acorazados japoneses, y más que otras fábricas de filtros en Ontario que usaron crocidolita, como para llenar filtros de máscaras de gas en una fábrica adyacente a la mina de crisotilo más grande del mundo.  Además, Begin et al. [I992] informaron que las tasas de mesotelioma no eran tan elevadas como cabría esperar si se usara crocidolita en la fabricación de máscaras de gas en la mina Jeffrey en ciudad Asbesto [Begin et al., 1992].  Expresaron sus propias dudas sobre la presencia de anfíbolos en la fábrica, afirmando que los anfíbolos «pudieron» haber sido utilizados allí y señalaron que no hubo casos de mesotelioma en otros departamentos cercanos, como el de control de calidad.  Begin et al. [1992] y Dufresne et al. [1995] revisaron los historiales laborales de forma detallada de los veinte trabajadores que contrajeron mesotelioma y confirmaron que ninguno de ellos había trabajado durante la Segunda Guerra Mundial en la preparación de materiales para la fabricación de máscaras antigás, como había señalado McDonald, ni ninguno de ellos había estado expuesto a crocidolita en la fábrica o el molino, durante el período de 2 años.

    En octubre de 2000, durante una presentación ante un grupo de abogados defensores del asbesto, Bruce Case informó que la fábrica estaba ubicada «inmediatamente al lado» de la mina y el molino.  Dijo que «no solo algunos de los hombres habían trabajado allí, sino que la mayoría tiene [sic] que atravesar el edificio pues contiene áreas comunes» [Case, 2000].  Sin embargo, en una deposición un año más tarde, el Dr. Case declaró que no sabía dónde estaba ubicada la fábrica de Jeffrey [Case, 2001a].  De 1928 a 1972, la fábrica de Jeffrey se encontraba en una mina a cielo abierto, a una milla entre la entrada de la mina y el molino [Oficina de Turismo, 2002].  Es poco creíble que los mineros alguna vez pasaran por la antigua fábrica como parte de su rutina diaria; esto incluiría un descenso de una milla, y un camino de 2 a 3 millas.  Según F. Spertini, el geólogo de la mina, no había áreas comunes, y dos caminos separados conducían desde la ciudad hasta la fábrica y las entradas a la mina (F. Spertini, comunicación inédita).

    Independientemente de su origen, los científicos de QAMA-McGill encontraron crocidolita en los pulmones del 71% de los mineros del asbesto [Case, 1998].  Inicialmente, este hallazgo solo se reportó para los mineros de la mina de Jeffrey, pero más tarde los investigadores encontraron concentraciones más bajas de crocidolita en el 13% de los mineros de Thetford [Nayebzadeh et al., 2001].  Nayebzadeh y sus colegas reafirmaron que la crocidolita hallada en los pulmones de los mineros de asbesto, provenía de la exposición a la crocidolita importada que se utilizaba en la fabricación de máscaras de gas.  Sin embargo, pasaron por alto el hecho de que, si la crocidolita se usó, fue solo durante los años 1939 a 1941, y que, en su estudio, cerca de la mitad de los trabajadores comenzaron a trabajar después de 1941.  Tampoco ofrecieron ninguna explicación sobre la crocidolita encontrada en los pulmones de los mineros de Thetford.  La fuente más probable de esta crocidolita era el mineral de la mina local, y no las fibras importadas.  Dos estudios geológicos encontraron que las minas de ambas áreas contenían la riebeckita fibrosa azul, también conocida como crocidolita [De, 1961; Hebert, 1980].

    ¿Cómo omitieron los investigadores de McGill esta información sobre la contaminación causada por la crocidolita al mineral?  En 1961, QAMA recibió la tesis doctoral de De, que mostraba la existencia de crocidolita en las minas de Quebec.  El equipo de investigación de McGill citó esa tesis en 1972 [Gibbs y LaChance, 1972].  Sin embargo, aunque señalaron que De encontró actinolita en las minas canadienses, omitieron cualquier mención de las doce páginas de su discusión sobre la contaminación por crocidolita del cuerpo mineral de la mina.  Más de dos décadas después, en 1995, Dufresne y otros extrajeron y publicaron considerable información de la tesis de De (ver Apéndice, Nota 1).  Sin embargo, no mencionaron que De no solo había escrito extensamente sobre la ubicación, sino que también había realizado un análisis mineralógico y químico de la crocidolita que él encontró en los depósitos de asbesto de los municipios orientales.  Es difícil creer que esta omisión haya ocurrido por error, en especial porque el estudio de De fue citado en 1972, 1986 y 2001 en documentos que abordaban el tema de la crocidolita hallada en los pulmones de los mineros [Gibbs, 1972; Dufresne y otros, 1995; Nayebzadeh et al., 2001].  Además, en 2001, algunos de los mismos autores que habían citado la tesis de De, 6 años antes, en realidad hacen una afirmación completamente contradictoria: «Jones y otros confirmaron que la amosita y la crocidolita no están presentes en las rocas extraídas en la región del asbesto» [Nayebzadeh et al., 2001; Williams-Jones et al., 200I].  Además, uno de los coautores de ambos documentos conocía la presencia de crocidolita en la región de Asbesto[4] [Hebert, 1980; C. Normand, comunicación inédita].

    Si los investigadores financiados por QAMA hubiesen informado sobre la presencia de crocidolita en el mineral, se habrían echado a perder todos los esfuerzos para demostrar que el asbesto canadiense era «inocuo».  Aunque la contaminación por crocidolita podría haber sido un chivo expiatorio útil para ocultar la carcinogenicidad del asbesto crisotilo, y respaldar el argumento científico de que el crisotilo no causaba mesotelioma, no habría servido para la necesidad de QAMA de demostrar que el asbesto que vendían era seguro.  La crocidolita no podía ser eliminada del mineral ni del producto final, y este hecho habría socavado completamente el argumento de que el asbesto canadiense era «inocuo».

        

      Contaminación por Tremolita

    Más recientemente, los investigadores financiados por QAMA han cambiado la carga del aumento del riesgo de mesotelioma atribuyéndolo a la contaminación del mineral con tremolita.  En este caso, argumentan que la contaminación del crisotilo con tremolita -y no la exposición al crisotilo per se– es la causa de los cánceres relacionados con el asbesto en mineros y molineros.  En 1985, Peto y Doll revisaron este argumento y lo consideraron de interés académico solo porque se descubrió que la tremolita contaminaba las fibras comerciales de crisotilo, que se podían encontrar en el producto final [Doll y Peto, 1995].  En respuesta, QAMA necesitaba dar la impresión de que el crisotilo sin tremolita podía extraerse y venderse con seguridad.

     

    Conflicto central-periférico

    El argumento de «concentración alta-baja y ubicación central-periférica de la mina» fue propuesto por primera vez por J. Corbett McDonald y Allison McDonald en 1995 en una Carta al Editor de Science.   Ellos propusieron que era la exposición a la tremolita, y no al crisotilo, la causa probable de los casos de mesotelioma presentes en mineros y molineros que trabajaban en las minas de Thetford en Quebec (McDonald y McDonald, 1995).  Este fue el primero de una serie de artículos en que los McDonalds y otros investigadores financiados por QAMA expusieron el argumento de que en Thetford había minas centrales (alta tremolita) y minas periféricas (baja tremolita) (ver Nota 2).  Posteriormente ellos presentaron datos que muestran que todos, menos uno, de los casos de mesotelioma, ocurrieron a mineros que habían trabajado en minas «centrales» (alta tremolita) [Liddell et al., 1997, 1998; McDonald y McDonald, 1997; McDonald el al., 1997, 1999; McDonald, 1998a, Vacek, 1998; Nayebzadeh et al., 2001].

    McDonald y McDonald [1995] citaron un artículo de 1989, de Sebastien y sus colegas, como la fuente de datos que indican una gran disparidad en los niveles de contaminación por tremolita entre minas centrales y periféricas en Thetford.  Sin embargo, el estudio de Sebastien no incluyó, categorizó ni evaluó la relación entre los niveles de tremolita en el pulmón y la ubicación de la mina [Sebastien et al., 1989].  El Dr. Sebastien ha confirmado que su informe no examinó este tema, y ​​que no conocía ningún otro estudio, publicado o inédito, que registrara las mediciones de fibra pulmonar por ubicación de la mina (P. Sebastien, comunicación no publicada).  McDonald y McDonald no especificaron la ubicación exacta ni los nombres de las minas de las áreas A y B, en ningún estudio publicado o no publicado.  Los autores no proporcionaron datos comparativos sobre la edad, los años de trabajo, la fecha de la primera exposición, el oficio, la enfermedad subyacente o el tiempo de trabajo empleado en otras minas [McDonald y McDonald, 1995].  Cualquiera de estas variables podría explicar los datos comparativos, y en su publicación de 1997, los McDonalds señalaron que la mayoría de las minas periféricas «habían comenzado tan recientemente que había periodos de latencia inadecuados» para que el mesotelioma se desarrollara en trabajadores de minas «periféricas» [McDonald y McDonald, 1997].  Como el crisotilo se elimina del pulmón con el tiempo, este hecho por sí solo podría explicar las mayores proporciones de tremolita/crisotilo en los trabajadores de minas «periféricas» [McDonald, 1994].

    Si los hallazgos no son confundidos por ninguno de estos factores, entonces la precisión de las estimaciones de dosis usadas en toda la serie de estudios epidemiológicos publicados sobre los mineros canadienses debe ser cuestionada.  El estudio de Sebastien y sus colegas utilizó las relaciones comparativas de crisotilo/tremolita entre trabajadores de la mina y trabajadores de los textiles para justificar sus estimaciones de dosis [Sebastien et al., 1989].  Si las proporciones de crisotilo/tremolita de la mina usadas para esta comparación provinieron de dos categorías diferentes de exposición de los mineros, entonces el análisis es fatalmente defectuoso.

    En 1997, los McDonalds publicaron una explicación detallada de la «hipótesis de la tremolita», afirmando que habían «vuelto a analizar» los datos encontrados en Sebastien et al. [1989].  Sin embargo, no presentaron ningún dato o análisis de los niveles de tremolita en el pulmón [McDonald y McDonald, 1997].  Los autores presentaron las tasas de mesotelioma en términos de ubicaciones «centrales y periféricas», pero de nuevo no proporcionaron información específica sobre las ubicaciones exactas de las minas [McDonald y McDonald, 1997].  Gibbs categorizó, a lo sumo, nueve minas en Thetford Mines, y no las clasificó como centrales y periféricas, pero McDonald y sus colegas se refieren a 15, e incluso a 21 minas en otros artículos [Gibbs, 1979; McDonald y McDonald. 1997; Nayebzadeh et al., 2001].  De los diez estudios que basan sus conclusiones en la distinción entre lo central y lo periférico, la carta de 1995 a Science es la única publicación que brinda alguna base para esta proposición [McDonald y McDonald. 1995].  Otros cuatro documentos, todos ellos coescritos por los McDonalds, erróneamente citaron a Sebastien et al., [1989], y no la carta de Science, como la fuente de los datos sobre diferentes niveles de tremolita, mientras que otros cinco documentos no proporcionaron ninguna base para esta conclusión [McDonald y McDonald, 1995, 1997; Liddell et al., 1997, 1998; McDonald et al. 1997, 1999; McDonald, 1998ab; Vacele, 1998; Nayebzadeh et al., 2001].

    La afirmación de que las minas de Thetford tienen diferentes niveles de contaminación con tremolita entra en conflicto con otros datos publicados sobre este tema.  McDonald et al. [1997] citaron a Sebastien et al. [1989] y a Gibbs [1979] como apoyo para la teoría sobre centro-periferia.  Sin embargo, Gibbs, un colega de McGill, publicó información contraria y confusa sobre esta diferencia entre las minas [Gibbs, 1979].  Gibbs concluyó que las diferencias en la concentración de tremolita, si es que existieron, no podrían explicar las diferentes tasas de enfermedad [Gibbs, 1972, 1979].  También señaló que las minas eran todas parte del «mismo cuerpo mineral» y que no había evidencia geológica que mostrara alguna diferencia entre las minas de Thetford [Gibbs, 1979].

    En busca de los datos faltantes, contactamos a J.C. McDonald y Janet Hughes (coautores de un estudio posterior a 1995).  La Dra. Hughes no sabía qué minas eran centrales y cuáles periféricas (J.M. Hughes, comunicación no publicada), y McDonald aún no ha respondido a nuestras preguntas.  Case, coautor de otro trabajo con los McDonalds basado en la distinción alta y baja de tremolita en las minas, también afirmó que no sabía qué minas eran centrales y cuáles periféricas [Case, 2001b].

    Ojalá solo sea la cita lo que necesita ser rectificado.  Sin embargo, esta cita incorrecta, que fue pasada por alto por los revisores de diez artículos separados en cinco revistas diferentes, es una prueba más de las deficiencias y la importancia del proceso de revisión por pares [Egilman y Reinert, 2000].  La perpetuación de este error moldeó el manto de la ciencia manipulada, inspirada en la hipótesis de la tremolita.  En 1997, McDonald y sus colegas sostuvieron que, con base en las bajas tasas de enfermedad en las minas periféricas, «la explicación [de la alta tasa de mesotelioma] es mineralógica» [McDonald et al., 1997].  Liddell insinuaba que la comunidad médica había «generalmente aceptado» esta distinción de máximos y mínimos cuando afirmaba, sin citar, que “… la contaminación del crisotilo por la tremolita fibrosa era conocida por ser mucho mayor en el área central que en la zona periférica,” llegando a la conclusión de que “… ahora está claro para todos los propósitos prácticos que [el exceso de incidencia de mesotelioma] se limitó al área central (énfasis añadido)» [Liddell et al., 1998].  Más recientemente, los investigadores canadienses han usado esta evidencia ante la Organización Mundial del Comercio y en las demandas por daños civiles en los EE. UU., para respaldar la proposición de que el crisotilo no es una causa del mesotelioma [Organización Mundial del Comercio, 2000].  La literatura médica basada en la distinción centro-periferia de la tremolita se sigue utilizando como argumento para promover la venta del crisotilo canadiense en el mundo en desarrollo [Browne, 2000].

     

    El argumento “libre de tremolita”

    La segunda teoría planteada por los investigadores de McGill financiados por QAMA es que hay pequeñas cantidades de trazas de tremolita en el asbesto extraído hoy porque este se evita durante la extracción o se elimina durante el proceso de molienda.  Kevin Browne presentó estos argumentos en el Seminario Internacional sobre el Uso Seguro del Asbesto Crisotilo, en La Habana, Cuba; la transcripción lleva el logo del Asbestos Institute y está disponible en http://www.chrysotile.com/en/hltsfty/browne.htm (ver Nota 3).  Él afirma que todos los casos de mesotelioma relacionados con minas canadienses tenían que ver con la contaminación por tremolita.  Sin embargo, en 2001, cuando uno de los autores (DE) preguntó, Browne no sabía si Black Lake, la única mina que operaba en ese momento, era una mina central o periférica.  Después de «verificar» unos días después, informó que era una mina periférica de Thetford y que, por lo tanto, tenía una baja contaminación con tremolita (K. Browne, comunicación inédita).  La mina Black Lake ni siquiera está en Thetford; está a 6 millas de distancia en la ciudad de Black Lake.

    Los investigadores de McGill utilizan cuatro elementos de evidencia que apoyan el «Argumento Libre-de-Tremolita» para respaldar la producción canadiense de crisotilo.  Una descripción del proceso de minería y de la ruta de viaje de la tremolita hasta convertirse en el producto final resaltará cada argumento utilizado por los investigadores, y demostrará las fallas inherentes de cada uno.  En verdad, los procesos de extracción y molienda realmente agregan tremolita al crisotilo.  El proceso es descrito por Spertini (ver Nota 4).

    Si bien es claro que, a partir de este proceso, la mayor parte de la tremolita se empaqueta con fibras cortas, la industria canadiense del asbesto ha presentado varios argumentos en un intento por demostrar que el producto de crisotilo actual está libre-de-tremolita.  Por ejemplo, los defensores de la industria señalan que Frank y sus colegas no pudieron encontrar tremolita en ninguna muestra-UICC de crisotilo, que se preparó a fines de la década de 1960 [Frank et al., 1998].  Sin embargo, en ese momento, era indiscutible que el producto de crisotilo contenía tremolita, tanto la que se ha encontrado en las minas como en los pulmones de los mineros y trabajadores textiles que utilizaban crisotilo canadiense [Dufresne et aI., 1995].  La explicación más probable para las muestras-libres-de-tremolita de Frank es que las muestras fueron tomadas del mineral crudo 1 y 2.  Históricamente, el crisotilo de grado más alto, el crudo 1 y 2, no pasó por el proceso de molienda habitual.  Los mineros recogieron a mano este producto de vetas de crisotilo puro y no fue molido en la mina (F. Spertini, comunicación no publicada).

    Otro mito es que la tremolita se elimina del crisotilo en el «procesamiento».  Bruce Case ha afirmado que este proceso tiene lugar en la última y más grande mina en operación de Canadá, Black Lake [Case, 2001a].  De hecho, el propio Case admitió que «no sabe cómo funciona el proceso de molienda», o, en efecto, la base para afirmar que la tremolita puede de alguna manera estar separada de las fibras de crisotilo:

    No sé por qué los pulmones de los mineros, por ejemplo, contenían tanta tremolita mientras que los pulmones de los usuarios del producto final contenían mucho menos tremolita.  Algo sucede en el procesamiento para eliminar la tremolita.  Podemos hablar sobre la filtración de agua, podemos hablar sobre el cribado, podemos hablar sobre el fresado, pero el mecanismo exacto por el que sucede o se produce, no lo sé. [Case, 2001a].

    Contrariamente al testimonio de Case, nosotros no podemos «hablar sobre» la filtración de agua en Black Lake.  Esto se debe a que la mina se encuentra en el fondo de un lago sin agua.  Les tomó 4 años para drenar el lago y en el momento eso fue visto como una maravilla de la ingeniería.  Tampoco hay agua en el proceso de molienda.  Nadie que haya visitado o revisado alguna vez la mina o el proceso de molienda en Black Lake cometería este error.  El testimonio de Case deja claro que ni QAMA ni sus investigadores tenían pruebas o conocimientos suficientes para afirmar que la tremolita podía eliminarse del supuesto menos-peligroso crisotilo.

    Los investigadores de McGill continúan insistiendo en la literatura que no hay tremolita en el crisotilo de hoy.  Por ejemplo, Williams-Jones y sus colegas afirman que «el crisotilo libre de anfíbolos puede extraerse de la mina Jeffrey y otras minas de crisotilo, siempre que se tomen las medidas adecuadas para evitar la contaminación de los minerales» [Williams-Jones et al., 2001].  Si bien esto puede ser cierto, cualquier inferencia de que la producción actual o pasada haya utilizado estas «medidas apropiadas» es incorrecta y engañosa.  A pesar de los resultados de este estudio, el pozo más nuevo en la mina Jeffrey está ubicado en una de las partes de la mina más contaminadas con tremolita (C. Normand, comunicación no publicada).

    Como se discutió anteriormente, la tremolita y otras fibras liberadas durante el proceso de extracción terminan en las bolsas del producto final.  Por lo tanto, es probable que los envíos actuales y pasados de la mina Jeffrey, así como los de las demás minas de Quebec, estuvieran contaminados con tremolita, crocidolita y amosita [De, 1961; Gibbs, 1972].  Esto entra en conflicto con la información distribuida al público bajo el logotipo de The Asbestos Institute [Browne, 2000].  El Instituto del Asbesto no menciona el hecho de que la crocidolita y la amosita también están presentes en el mineral de la mina, y afirma que la tremolita se elimina mediante diversos procesos de extracción y molienda [De, 1961; Browne, 2000].  Esto es simplemente falso. De hecho, otros investigadores de McGill han mostrado que una cantidad sustancial de la tremolita extraída termina en los pulmones de los trabajadores textiles [Gibbs, 1972; Sebastien et al., 1989].  Claramente, la idea de que los envíos actuales de asbesto están libres de anfíbolos es absolutamente falsa, y sigue planteando una grave amenaza para la salud de los trabajadores mineros.  Queda por verse si los operadores de la mina implementarán en el futuro las técnicas de levantamiento sugeridas por Williams-Jones y sus colegas.

     

    LA FALLIDA METODOLOGÍA DE QAMA

    El misterio textil: otro TMC

    Los investigadores de McGill financiados por QAMA han afirmado que, incluso si la fibra extraída de Canadá produce mesotelioma y cáncer de pulmón, los estudios muestran que la dosis requerida para inducir estas enfermedades es tan alta que no existe un riesgo práctico para los trabajadores actuales.  Sin embargo, los estudios de trabajadores textiles expuestos a la misma fibra han revelado que «la pendiente de las líneas de respuesta a la exposición para el cáncer de pulmón en la industria textil era unas cincuenta veces más pronunciada que la observada en los mineros y molineros de crisotilo de Quebec …» [McDonald, 1998b].  Han denominado a esta variación el «misterio textil» y no han podido dar ningún tipo de explicación al respecto [McDonald, 1998b].  Ignorando los datos de la respuesta a la dosis textil, los investigadores de McGill se han opuesto enérgicamente a la prohibición francesa del crisotilo ante la OMC.  En el transcurso de las audiencias de la OMC, los fabricantes de productos de asbesto crisotilo han afirmado que sus productos de crisotilo no contribuyeron de ninguna manera a los mesoteliomas y cánceres de pulmón causados ​​por el asbesto a los trabajadores (B.I. Castleman, comunicación inédita).  J.C. McDonald se sentó con el equipo legal canadiense, separado de todos los otros expertos, y presentó parte del argumento de Canadá en la apelación de la decisión de la OMC sobre la prohibición francesa (B.I. Castleman, comunicación no publicada).

    McDonald descartó de manera resumida una serie de posibles explicaciones para esta aparente disputa entre las respuestas de dosis de la minería y los textiles, incluidos errores de cálculo en la medición de la dosis o errores que ocurrieron cuando los investigadores canadienses convirtieron las partículas en recuentos de fibra.  Afirmó: «No hay nada que sugiera que las estimaciones de exposiciones acumulativas en las cohortes relevantes fueron gravemente erróneas, aunque no hayan sido examinadas cuestiones como exposiciones máximas y distribuciones de tamaño de fibra en el aire ambiente (énfasis añadido)» [McDonald, 1998b].  Sin embargo, los investigadores de McGill evaluaron la calidad de las estimaciones de dosis de manera muy diferente cuando las informaron por primera vez [Gibbs y LaChance, 1972, 1974].  Mientras que McDonald declaró rotundamente que los errores en la medición de las diferencias reales entre estas poblaciones no podrían explicar más que una diferencia mínima en la pendiente de la dosis-respuesta, Gibbs [1972] y Gibbs y LaChance [1972] informaron que las estimaciones de dosis por sí solas difieren en más de cien veces para el mismo trabajo, tanto dentro de la misma mina como entre las minas.  Gibbs y LaChance [1974] señalaron que «si fueran considerados los recuentos de filtros de membrana y de los midget impinger[5] por área de trabajo, estaría claro que las proporciones de las dos en algunas minas eran de un orden [de magnitud] diferente de aquellas otras en donde el mismo proceso fue empleado … (énfasis añadido) «[Gibbs and LaChance, 1974].

    La conversión de conteos de partículas a fibras agravó el problema de la estimación de la dosis: «Aunque en esta investigación piloto solo se recolectaron 87 pares de muestras, fueron suficientes para demostrar que no se pudo aplicar un solo factor de conversión a todas las minas ni a todas las áreas de trabajo dentro de una mina (se agregó énfasis)» [Gibbs y LaChance, 1974].  En muestras con bajo contenido de fibra, que representaron casi un tercio de las muestras, los investigadores de QAMA-McGill encontraron que el recuento de partículas estaba inversamente correlacionado con el recuento de fibra.  Es decir, a mayor conteo de partículas, menor es la exposición a la fibra [Gibbs y LaChance, 1974].  Concluyeron: «Por lo tanto, la conversión de las relaciones polvo-enfermedad para la industria minera y de molienda de Quebec, a relaciones fibra-enfermedad no parece posible en la actualidad.» [Gibbs y LaChance, 1974). Sin embargo, más tarde, ignorando sus propios datos y recomendaciones, McDonald et al. [1980b] convirtieron de partículas a fibra las estimaciones de dosis.  Parece que las estimaciones de dosis incorrectas y un sesgo sistemático contra el diagnóstico de enfermedades relacionadas con el asbesto en la región minera canadiense del asbesto puede explicar el misterio textil.

     

    Estimación errónea de la dosis: las partículas no son fibras

    Gibbs y Hui [1971] utilizaron mediciones de dosis disponibles de 1949 a 1966, que fueron mediciones de partículas «totales» recogidas por el midget impinger.  Este método no puede distinguir las fibras de otras partículas de polvo, como la sílice y otros polvos «no tóxicos» [Egilman y Reinert, 1996].  Solo las fibras, que pueden capturarse o no en las mediciones de partículas totales, causan enfermedades.  En realidad, es difícil hacer estimaciones precisas de la exposición real de los mineros y molineros canadienses durante ese período.  Sin embargo, las estimaciones que se han hecho indican que los mineros estaban, con toda probabilidad, expuestos a menos fibras que los trabajadores textiles de Carolina del Sur, y no a la inversa.  Las estimaciones de dosis de los estudios de la mina QAMA-McGill son totalmente inexactas.  Con base en la relación del riesgo comparativo entre la minera y la textilera, parece claro que fueron sistemáticamente sobreestimadas las exposiciones reales.

    Ya en 1951, los investigadores de QAMA se dieron cuenta de que el cálculo preciso de las estimaciones de dosis para los mineros de Quebec era imposible.  Si bien el problema de la conversión de la dosis existe en todos los estudios que se basan en datos históricos de recuento de partículas, este problema se vio exacerbado en los estudios de minas debido a la gran cantidad de ubicaciones y empleos involucrados.  Como Vorwald, un consultor de la QAMA, escribió a Cartier, el director de la clínica de enfermedades industriales de QAMA en las minas de Thetford, los datos no existían (ver Nota 5).  Cartier luego se desempeñó como consultor de QAMA.

    Lo que era claramente «imposible» en 1951 se convirtió en una tarea de reconstrucción de la dosis en 1971 [Gibbs y Hui, 1971].  El Dr. McDonald estaba al tanto de este problema ya desde el 23 de abril de 1969.  Durante el período de debate posterior a su presidencia de una sesión sobre técnicas de medición de asbesto, que era muy crítico con el método del midget impinger, preguntó: «¿Puede un instrumento inexacto como el midget impinger (MI) dar un resultado preciso?» [Shapiro, 1970].  A pesar de los inconvenientes del MI, los investigadores de QAMA han seguido utilizando los datos del MI para estimar las exposiciones hasta la década de 1990, un cuarto de siglo después de que las minas se convirtieran al conteo de fibras.  Las relaciones de dosis-respuesta basadas en un conjunto de datos de exposición completamente inexactos, pero aparentemente grandes, brindan un falso sentido de seguridad estadística a estos resultados.

     

    Medición de fibras visibles: el efecto iceberg

    La medición de las fibras mediante microscopía óptica y cualquier conversión del recuento de partículas a fibras se basa en la suposición de que las fibras visibles contabilizadas constituyen una fracción del número total de fibras presentes en el aire.  Esto se debe a que la mayoría de las fibras presentes en el aire no son visibles bajo el microscopio óptico.  Además, por convención, la microscopía óptica no mide fibras de menos de 5 micras de longitud [Sebastien et al., 1989).  Por lo tanto, para que las estimaciones de exposición de QAMA-McGill se consideren válidas, se deben cumplir dos requisitos. Primero, debe haber habido una relación proporcional consistente entre fibras visibles y fibras totales. Esto también requiere una relación constante entre fibras visibles y fibras de menos de 5 micras de longitud en varios procesos (es decir, minería, fresado y mantenimiento).  Estas relaciones debieron mantenerse durante un período de 6 años, durante el cual muchos procesos cambiaron drásticamente.

    En segundo lugar, para comparar las exposiciones entre dos procesos completamente diferentes como la minería y los textiles, la relación de fibras visibles a invisibles y no contadas debe ser similar.  Hay más fibras invisibles por fibra visible en la fabricación textil que en la minería.  Por lo tanto, cada fibra textil contada representa más fibras invisibles para cada fibra contada de la mina.  Un examen de los procesos de extracción y molienda de minerales y fabricación de textiles, y la historia de las técnicas de medición de fibras, indica que ninguno de estos dos requisitos se cumplió alguna vez en el contexto de la investigación de QAMA-McGill.

    Nicholson [1986] resumió los principales problemas técnicos al establecer las relaciones exposición/enfermedad del asbesto:

    Incluso con los avances en las técnicas de conteo de fibra, se pueden introducir errores significativos en los intentos de formular relaciones generales de respuesta a la exposición de fibra.  La convención ahora en uso, que solo se cuentan fibras más largas que 5 µm, fue elegida únicamente para la conveniencia de la evaluación microscópica óptica (ya que las agencias de vigilancia generalmente se limitan a dicha instrumentación).  No se corresponde necesariamente con una demarcación aguda del efecto para la asbestosis, el cáncer de pulmón o el mesotelioma.  Si bien es fácil admitir que contar solo fibras de más de 5 µm enumera solo una fracción del número total de fibras presentes, existe una conciencia insuficiente de que la fracción contada es muy variable, dependiendo del tipo de fibra, del proceso o los productos utilizados, e incluso de la historia pasada del material de asbesto (por ejemplo, material aislante antiguo vs. nuevo), entre otros factores.  Por ejemplo, la fracción de fibras de crisotilo de más de 5 µm en un aerosol puede variar en un factor de 10 (desde tan poco como 0.5% del número total, a más de 5%).  Cuando se cuentan los aerosoles con amosita, la fracción más larga de 5 µm puede ser del 30%, extendiendo la variabilidad de la fracción a dos órdenes de magnitud [Nicholson, 1986].

    La longitud de la fibra no es la única consideración relevante para el conteo de la fibra.  Nicholson también señala que hasta la mitad de las fibras pueden haberse perdido utilizando microscopía óptica que no puede medir fibras de diámetro más pequeño (ver Nota 6).

    El conteo de fibras de asbesto es un fenómeno de «punta del iceberg» porque las fibras se cuentan por microscopía óptica.  Dado que las fibras de crisotilo se dividen longitudinalmente, algunas de las fibras son demasiado delgadas para verse, y no se cuentan.  Los primeros pasos del proceso textil están específicamente diseñados para dividir haces de fibras; por lo tanto, las exposiciones textiles implican un mayor porcentaje de fibras finas (invisibles) que las exposiciones mineras o molineras [Dement y Harris, 1979].  Como resultado del aumento de la división de la fibra en el proceso textil, cada fibra contada representa muchas más fibras no contabilizadas que las del proceso de extracción y molienda [Nicholson, 1986; ver Nota 7).

     

    Potencial mesoteliogénico de las fibras delgadas

    El ancho de la fibra es clínicamente importante para la potencia carcinogénica.  Fibras más delgadas (generalmente de menos de 0.1 µm), que son invisibles bajo el microscopio óptico y por lo tanto no contadas, son mucho más mesoteliogénicas que las fibras más amplias (visibles) [Pott et al., 1972; Stanton et al., 1981; Lippmann, 1988).  Lippmann sugirió por primera vez esta explicación del «misterio textil» en 1988:

    «El origen de este menor riesgo [para los mineros] no se comprende completamente, pero la diferencia puede estar en las diferentes distribuciones del tamaño de la fibra entre la extracción y el molido de crisotilo y su uso en una planta textil u otra instalación de producción (ver Nota 8).”

     

    Crítica de las estimaciones de la dosis de McGill: métodos de muestreo

    Los investigadores de McGill basaron sus estimaciones de dosis en las mediciones del midget impinger tomadas entre 1948 y 1966.[6]  Sin embargo, los trabajadores de la cohorte fueron los más expuestos antes de 1946.  De hecho, QAMA comenzó el programa de medición de la exposición para ayudar a controlar los niveles de polvo.  Case [200la] afirmó que el muestreo de exposición, dado que se realizó en 4.152 muestras individuales, reflejó los niveles de exposición reales y fue de alta calidad, indicando que «… Esto es mucho más información de la que alguna vez se obtendrá en un estudio epidemiológico promedio, esta fue una tarea monumental» y «… esta base de datos ambientales era de una calidad mejor que la mayoría.»  Gibbs afirmó: «se consultaron mediciones de otras fuentes, como informes gubernamentales, compañías de seguros, compañías mineras y otros datos recopilados cuando era necesario utilizando encuestas del equipo de investigación.  La distribución de las mediciones fue tal que fue posible obtener una estimación razonable de las concentraciones asociadas con la mayoría de empleos y áreas de trabajo sobre una base anual» [Gibbs, 1994).

    Sin embargo, Gibbs y LaChance [1972] admitieron la mala calidad del muestreo de la fábrica en ciudad Asbesto, señalando que: «Un total de 3.096 mediciones de polvo, hechas periódicamente desde 1944, se usaron como una guía para la exposición en la fábrica.  Dado que fueron hechas por varias personas diferentes utilizando varios métodos, incluido el Greenberg Smith impinger, el midget impinger y la muestra de chorro de Owens, estas mediciones fueron menos satisfactorias que las de los molinos».  No obstante, los investigadores de QAMA-McGill basaron varias publicaciones en estos datos [Liddell et al. 1997, 1998; Liddell y McDonald, 1980; McDonald, 1980; McDonald y McDonald, 1980; McDonald et al., 1980b, 1993, 1997, 2001].

    En 1984, ellos afirmaron: «no podemos reclamar precisión o certeza para nuestras estimaciones, solo que los datos disponibles ─más abundantes en esta industria que en la mayoría de las demás─, se utilizaron con la mayor de nuestra capacidad posible» [Liddell et al., 1984].  A pesar de que estos investigadores reconocieron que las muestras del MI no tenían ningún valor práctico, admitieron que «no se intentó extender las historias laborales más allá de 1966 porque los niveles de exposición en el período 1967-75 fueron mucho más bajos que en el pasado, y la exposición en un período corto antes de la muerte no se podía esperar que contribuyera al riesgo” [Liddell et al., 1984].  Sin embargo, los investigadores de QAMA-McGill siguieron la cohorte hasta 1992, encontrando que aproximadamente una cuarta parte de la cohorte tuvo exposiciones significativas después de 1966, mucho antes de morir [Liddell et al., 1998].  Increíblemente, aunque tuvieron acceso a la cohorte y pudieron haber determinado prospectivamente los niveles de exposición desde 1966, los investigadores de QAMA-McGill simplemente proyectaron los 18 años previos de datos de mediciones de exposición hasta 1992 [Liddell et al., 1998].

    Además de intentar igualar la cantidad de las mediciones con la calidad, la presentación de la cantidad de muestras por parte de los investigadores de QAMA-McGilI también es engañosa.  De hecho, se tomó un porcentaje muy pequeño de muestras, dado el número de minas y fábricas, las clasificaciones de los puestos de trabajo, la variabilidad de las exposiciones en el mismo proceso dentro de las minas y entre ellas, y el período de seguimiento durante 80 años.  Los propietarios de la mina QAMA tomaron muestras de 44 minas.  Cada molino y mina tenían al menos ocho procesos principales, cada uno de los cuales dio como resultado recuentos de partículas variables y relaciones de partículas/fibras tomadas durante un período de 18 años [Gibbs y LaChance, 1972, 1974].  En realidad, QAMA muestreó cada uno de los principales procesos de la mina, un promedio de menos de una vez cada 3 años y entre 5 y 30 minutos.  Además, QAMA nunca monitoreó dos cohortes grandes de trabajadores, mineros y trabajadores de mantenimiento que comprendían del 20 al 30% de toda la población de estudio [Gibbs, 1972].

    Gibbs basó sus estimaciones de la dosis para estos grupos en entrevistas con trabajadores, que dependían de las estimaciones visuales de los niveles de polvo que podían ser recordadas.  En su tesis doctoral señaló: «La visibilidad, que se vio afectada por la niebla y la iluminación, así como por el polvo, probablemente desempeñó un papel en la evaluación de los trabajadores en minas y molinos subterráneos y pudo haber llevado a una sobreestimación de los niveles de polvo (énfasis agregado)» [Gibbs, 1972].  Cabe señalar que la iluminación y las variables de distancia por sí solas podrían dar lugar a diferencias de estimación de partículas en cien veces [Hemeon, 1963].  Este problema se ve agravado por el hecho de que la visibilidad es una función de las partículas totales y no de los conteos de fibra.  Los investigadores declararon que su «análisis histórico», basado en entrevistas, indicaba que los trabajadores de mantenimiento tenían altas exposiciones en comparación con los mineros [Gibbs y LaChance, 1972].  Esto puede ser cierto, pero Gibbs informó más tarde que los mineros tenían el doble de enfermedad pleural que los molineros o trituradores de rocas en las mismas minas y los trabajadores de mantenimiento que generalmente trabajaban en el molino u otros edificios del proceso [Gibbs, 1979].

    En 1971, Gibbs señaló que había un «acuerdo general» entre los trabajadores preguntados sobre las condiciones de polvo recordadas [Gibbs y LaChance, 1972].  Sin embargo, en otro artículo publicado 12 años después, Liddell et al. [1984] observaron que las historias ocupacionales a menudo entraban en conflicto con los registros escritos.  Los investigadores de QAMA-McGill aplicaron las estimaciones de dosis basadas en las entrevistas de los trabajadores a tipos de trabajos específicos, que incluyeron 13.346 descripciones de trabajos diferentes [McDonald et al., 1971].  Gibbs «los redujo» a 5.783 trabajos diferentes en trece categorías de exposición general, y luego aplicó estas categorías de exposición individual a historiales de trabajo individuales basados ​​en registros escritos.  Cabe señalar que, en promedio, cada trabajador tenía diez tareas diferentes [Gibbs y LaChance, 1972].

    Gibbs afirmó que las muestras de QAMA se tomaron para evaluar tanto la efectividad del control del polvo industrial como las exposiciones individuales.  En el mismo documento también señaló que el midget impinger es «relativamente un instrumento de corto plazo, difícil de usar para el monitoreo personal y no es específico para las fibras» [Gibbs, 1994].  Gibbs informó que QAMA sabía qué muestras se registraron con fines de control y cuáles se recolectaron para ser «representativas» de las exposiciones reales.  Sin embargo, nunca se ha proporcionado un desglose de la proporción relativa de muestras en cada categoría y no hay indicios de que se haya realizado alguna muestra personal [Gibbs, 1994].  Curiosamente, en el mismo documento, Gibbs criticó las estimaciones de exposición textil de Dement por no proporcionar «información sobre si las muestras eran muestras personales» o cualquier información sobre «la distribución de las ubicaciones en las que se tomaron muestras una al lado de la otra» [Gibbs, 1994].  Cada muestra con el midget impinger duraba entre 5 y 30 minutos y, por lo tanto, no podía reflejar las exposiciones diarias promedio, y menos anualmente.  QAMA no registró recuentos por debajo del supuesto «límite de exposición» y los investigadores de QAMA-McGill nunca indicaron cuál era el «límite de exposición o límites durante el período relevante o cómo trataron estas mediciones ‘no registradas’ en sus estimaciones de la dosis» [Gibbs, 1994].

     

    Datos perdidos

    En 1972, Gibbs y LaChance insinuaron la baja calidad de los muestreos en los lugares, cuando contrastaron la informaron con los resultados de nuevas muestras tomadas «para obtener información en áreas donde no se habían hecho mediciones de polvo previamente» durante los últimos 60 años [Gibbs y LaChance, I972].  Estas áreas incluyen la mayoría de los puestos de trabajo que implican exposiciones.  Si bien informaron que estos datos faltaban solo para tres minas, en realidad representaban diez minas, que se habían fusionado anteriormente, o cuyas exposiciones los autores consideraban comparables.  Otras cinco minas se cerraron en el momento del estudio y no hay datos de ningún tipo disponibles para los trabajadores de estas minas [Gibbs, 1972].  Gibbs recopiló algunas muestras para cada uno de los puestos de trabajo, pero se creó y usó un método enteramente nuevo para la medición, un método que no está completamente descrito y no parece haber sido validado de ninguna manera [Gibbs, 1972].  Gibbs no hizo ningún intento de comparar estos resultados con los recuentos totales de partículas del midget impinger que estaban disponibles para el resto de los trabajadores.  Aunque los valores «medianos» se informan en el artículo publicado, muchos de estos valores corresponden solamente a resultados de una sola muestra [Gibbs, 1972].

    Gibbs y LaChance [1972] basaron gran parte de la reconstrucción de la dosis en los resultados sesgados antes mencionados.  Informaron que los trabajadores de mantenimiento tenían exposiciones más altas que los molineros, pero el rango de exposiciones para los trabajadores de mantenimiento fue 1.1-61.8 (muestras personales).  El rango para los molineros fue de 0.3-159 (muestras de área).  Además, las mediciones de exposición variaron ampliamente.  Gibbs publicó los datos sobre la varianza (aunque desconocida), pero omitió datos sobre la variación de las dosis en la misma mina para el mismo trabajo.  De hecho, Gibbs encontró que las exposiciones en la misma mina para el mismo trabajo tenían un rango cercano a 200% [Gibbs, 1972].

     

    Problemas de conversión partícula/fibra

    QAMA conoce desde hace tiempo tanto la imposibilidad de estimar las exposiciones a la fibra de asbesto para cada puesto de trabajo, como la irrelevancia del conteo de partículas para determinar la toxicidad.  En 1953, el acta de la reunión de la junta ejecutiva de QAMA señalaba: «Las encuestas de higiene industrial que se han realizado en el pasado, y en las que solo se midieron las partículas de polvo, prácticamente carecen de valor» [Jackson, 1953].

    QAMA esperó 20 años para cambiarse a las mediciones que usaban el filtro de membrana después de recibir esta información.  A los investigadores de McGill solo les quedaban recuentos de partículas, pero si los recuentos de partículas no podían correlacionarse con los recuentos de fibra o estaban inversamente relacionados con los niveles de fibra, los recuentos de partículas eran inútiles como índices de exposición para determinar la toxicidad del asbesto.  Gibbs y LaChance probaron esta hipótesis realizando 87 pares combinados de pruebas utilizando microscopía óptica y filtros de membrana para contar las fibras y compararlas con los recuentos de partículas del midget impinger [Gibbs y LaChance, 1974].  Descubrieron que, en general, la relación entre los recuentos de partículas y el recuento de fibras era un 13% mejor que la generación de números aleatorios.  Increíblemente, para bajas exposiciones de conteo de fibra, los recuentos de partículas estuvieron inversamente relacionados con las exposiciones de fibra.  Esta relación inversa ocurrió en más de un tercio de las muestras (31.187).  Por lo tanto, para al menos un tercio de los recuentos de partículas, se determinó que cuanto mayor es el conteo, menor es la exposición de los trabajadores al asbesto.  Nota de Gibbs y LaChance:

    Para treinta y una muestras con menos de una fibra por campo, la correlación lineal fue muy cercana a cero, -0.03, y la correlación de los datos de registro de transformación rítmica fue de 0.25.  Sin embargo, estas correlaciones sugieren que para todas las minas las líneas de regresión son insatisfactorias para la predicción de los recuentos de fibra de los conteos con el impinger, así como la mejora y la predicción de la mejor correlación, 0.45, es solo un 13% más rápido que una conversión obtenida al azar.  Por lo tanto, la conversión de las relaciones de la enfermedad del polvo a las relaciones de la enfermedad de la fibra no parece posible [Gibbs y LaChance, 1974].

    Gibbs y LaChance reconocen la escasa correlación de las muestras del midget impinger de lado a lado y recomiendan “que los estándares de seguridad, al menos en esta industria, continúen basándose en conteos de polvo para los cuales hay un considerable apoyo epidemiológico, antes que en conteos de fibra, para los cuales no hay evidencia directa” [Gibbs y laChance. 1974).  Concluyeron que «la conversión de las relaciones de enfermedad de polvo para la industria minera y de fresado de Quebec, a las relaciones de enfermedad de fibra no parece posible en este momento».  Gibbs y LaChance sugieren que, aunque ahora sabemos que la fibra y no la partícula causa la enfermedad, y la mayoría de las partículas contabilizadas no son de asbesto, los estándares de seguridad deben seguir basándose en el recuento de partículas.

    La falta de validez científica de estas estimaciones de dosis no detuvo al equipo de investigación de McGill financiado por QAMA.  Se seleccionó un único factor de conversión para todos los procesos y, en adelante, todas las publicaciones posteriores se han basado en este único valor (aunque periódicamente se han realizado pequeños ajustes al mismo).  McDonald afirma en una publicación de la conferencia IARC de 1973 que los métodos de muestreo de polvo, además de las conversiones poco confiables de partícula a fibra, produjeron datos demasiado variables como para ser considerados una base confiable para estimar la exposición [McDonald, 1973].

     

    Intento de correcciones

    En 1989, los investigadores de McGill financiados por QAMA se dieron cuenta de que necesitaban proporcionar una mejor justificación para sus estimaciones de dosis altas.  Dado que el crisotilo provenía de la misma mina, la explicación más obvia y simple para este «misterio» les pareció la inadecuación o no comparabilidad de las estimaciones de dosis de estas dos operaciones.  Después de todo, ya habían demostrado que no había, en el mejor de los casos, correlación entre los conteos de partículas y fibras en el muestreo de QAMA.  En el peor de los casos, existía una relación inversa entre los recuentos de partículas y fibras [Gibbs y LaChance, 1974].  Por otro lado, los recuentos de partículas textiles se correlacionan con los recuentos de fibra porque cada proceso textil produce un estrecho rango de relaciones partícula/fibra.  Los investigadores trataron de «arreglar» este problema claramente irreparable con las estimaciones de dosis al comparar los recuentos de partículas con los niveles de fibra retenidos en el pulmón [Sebastien et al., 1989].  Esto solo podría agregar otro nivel de error dado que, como ellos lo notaron, los conteos de fibra pulmonar dependen de la retención, el aclaramiento y la disolución (ver Nota 9).

    Sebastien reafirmó lo inadecuados que resultaban los datos de exposición originales de QAMA-McGill, indicando:

    Inicialmente pensamos que podría ser apropiado usar el análisis de regresión para relacionar la exposición, intensidad (mpcf) con las concentraciones de fibra pulmonar en las dos series y comparar los valores observados en una, con los esperados por la aplicación de las ecuaciones de regresión en la otra.  Aunque los resultados obtenidos con este enfoque fueron similares a los del par combinado y los análisis de estratificación, no los hemos citado aquí porque las suposiciones subyacentes sobre la linealidad no parecían justificadas [Sebastien et al., 1989].

    Los investigadores compararon la proporción de exposición al crisotilo en millones de partículas por pie cúbico en mineros y molineros, con los datos de exposición de los trabajadores textiles en Carolina del Sur con la cantidad de crisotilo y tremolita retenidos en los pulmones del trabajador [Sebastien et al., 1989].  Sin embargo, los investigadores de QAMA-McGill seleccionaron casos de cáncer de pulmón para el 8% de los trabajadores de Charleston, pero el 25% de los mineros de Quebec.  Esto introdujo otro sesgo sistemático, ya que es probable que los trabajadores con cáncer de pulmón tuvieran una mayor exposición al asbesto.  Los casos seleccionados de Thetford no eran ni siquiera representativos de la cohorte de Thetford, como señaló Sebastien: «los altos valores (de exposición) estaban sobrerrepresentados en los casos de necropsia» [Sebastien et al., 1989].  Irónicamente, llegaron a la conclusión de que la tremolita no era responsable del «mayor riesgo de cáncer de colon en Charleston.  De hecho, …los análisis indican lo contrario.”

    Los investigadores de QAMA-McGilI no contaron fibras de menos de 5 µm y solo analizaron «las primeras cinco fibras observadas».  De manera no sorprendente, los diámetros medios y las longitudes de las fibras fueron similares.  Desafortunadamente, la comparación de las razones medias no concuerda con su teoría porque la proporción media de los recuentos de partículas entre Thetford y Charleston fue 11.8 y el cociente promedio de fibra de pulmón de crisotilo/tremolita fue de 18.  Los investigadores de QAMA-McGill no informaron esta comparación de medias, sino que simplemente calcularon medios geométricos para minimizar el impacto de los puntos de datos atípicos.  Sin embargo, estos valores atípicos constituyeron precisamente el tipo de información que los investigadores de QAMA-McGill afirmaron estar evaluando en primer lugar.[7]  Claramente, la comparación de los promedios para determinar si las medidas de exposición son precisas no requiere una evaluación de medios geométricos.  Si cualquier prueba estadística es apropiada, es la comparación de los medios aritméticos.  Esta comparación nuevamente mostró que las mediciones de exposición de QAMA-McGilI fueron inexactas y que sus métodos de investigación fueron fatalmente defectuosos.  Por supuesto, el conocimiento de esta deficiencia ya estaba firmemente establecido en 1974 a partir del análisis original de Gibbs [Gibbs y LaChance, 1974].

     

    Entrevistas con trabajadores

    Dado que los datos de exposición de QAMA no midieron las exposiciones para la mayoría de los trabajadores de la cohorte correspondiente, los investigadores de McGill confiaron en los registros de la compañía para reconstruir las exposiciones.  Sus informes sobre este «control» de la validez de los registros de trabajo son totalmente contradictorios.

    Como se mencionó anteriormente, Gibbs informó por primera vez en 1971: «Se les pidió a los hombres relacionar las condiciones de polvo que recordaban con aquellas en las áreas donde se habían hecho mediciones recientemente.  En general, hubo acuerdo entre los que preguntamos» [Gibbs y LaChance, 1974].  Sin embargo, en 1984, Liddell informó:

    Con los años, nos habíamos encontrado con varias inconsistencias y otras evidencias de errores en los historiales laborales.  Aprovechamos esta oportunidad para intentar la corrección cuando correspondía, pero por razones expuestas en otro lugar, no pudimos hacer uso de este esfuerzo.  Muchos de los cambios en la historia laboral, provocados por la investigación de campo «ciego» y verificados contra los archivos de la compañía, estaban ciertamente justificados, pero no los hemos hecho, y hemos permitido que los errores persistan (énfasis agregado) [Liddell et al., 1984].

    Incluso después de reconocer sus errores, constante y continuamente, los ignoraron.  E intentaron justificar su decisión de no corregir los errores, indicando: «Sin embargo, este tipo de error parece haber sido distribuido de manera desigual, por lo que podría no haber sido comparado con precisión.  En las respectivas comparaciones, los errores menores de imparcialidad aleatoria son probablemente menos serios que el sesgo: por lo tanto, volvimos a la situación que existía antes de que el trabajo de campo se instituyera» [Liddell et al., 1984].  No proporcionaron ningún análisis de la magnitud o aleatoriedad de los errores.  No se hizo ningún esfuerzo para comparar las entrevistas con el registro escrito para determinar si estos últimos contenían o no un sesgo sistemático.

     

    Factores de conversión

    Primero Gibbs y LaChance [1974] y más tarde Liddell et al. [1984, 1998] evaluaron los méritos de convertir conteos de partículas a conteos de fibra [Gibbs y LaChance, 1974; Liddell et al., 1984, 1998].  Además de darse cuenta de que las entrevistas de los trabajadores indicaron que las estimaciones originales de la dosis eran incluso menos precisas de lo que se suponía anteriormente, reconocieron de nuevo que las relaciones partícula/fibra eran «virtualmente independientes del nivel de exposición» [Liddell et al., 1984].  Además, era claro que, si se usara un factor de conversión, tenía que ser específico para cada puesto de trabajo [Gibbs, 1994].  Sin tener en cuenta sus propios hallazgos, utilizaron una sola relación estándar de partícula/fibra para todos los años en todas las categorías de trabajo.  Basaron este estándar en las historias de los trabajadores, que luego procedieron a ignorar al calcular el recuento real de partículas porque postularon que las historias introducirían un «sesgo sistémico» en su análisis (ver Nota 10).

    Liddell et al. [1998] nuevamente reconocieron la insuficiencia de sus estimaciones de dosis concluyendo que: “la clasificación de los puestos de trabajo por categoría de polvo no sería una clasificación confiable por conteo de fibra” [Liddell et al., 1998; ver Nota 11).

    También entendieron por qué las estimaciones de dosis eran tan inexactas.  Las proporciones de fibra/polvo necesariamente diferían por órdenes de magnitud para diferentes tipos de trabajo y para el mismo proceso de trabajo en diferentes momentos.  Liddell et al. [1998] señalaron que «Los dos informes importantes de Gibbs y LaChance [1972, 1974] dan alguna indicación de la complejidad inherente: un simple ejemplo es que el trabajo en el vertedero de relaves en 1968 fue extremadamente polvoriento, pero, como la mayoría de la fibra se habría extraído, la relación fibra/polvo debe haber sido bastante baja».  Los datos de exposición fueron tan inexactos que, «tomados al pie de la letra», las exposiciones incluso parecían protectoras para los trabajadores. En otras palabras, sin haber sido manipulados, los datos de exposición indicaron que la exposición al crisotilo impedía que los trabajadores desarrollaran neumoconiosis, cáncer de pulmón o mesotelioma [Liddell et al., 1998].  Sus hallazgos originales serían plausibles si se considerara una hipótesis alergénica en la que los trabajadores que tenían las exposiciones más altas murieran por enfermedades no malignas, antes de que el período de latencia para la inducción del cáncer se hubiera elevado.  En lugar de eso, dado que ellos creían que una relación de exposición inversa era ridícula, manipularon las estimaciones de exposición hasta que la curva dosis-respuesta se ajustaba a su comprensión a priori de la forma adecuada para la relación dosis-respuesta.  Los investigadores descartaron todos los niveles de exposición que fueran inversamente relacionados con la enfermedad.  Describieron esta manipulación en un apéndice titulado «Eliminación de los coeficientes de regresión negativa», y procedieron a «revisar» la exposición para generar resultados que les permitieran argumentar que la exposición al crisotilo era «inocua» (ver Nota 12).

     

    “Corrección” de los años de exposición

    En 1980, McDonald comentó sobre los datos de exposición y dijo:

    Liddell et al. consideraron los riesgos relativos del cáncer de pulmón en detalle, y parecía que había poco que sugiriera que la forma en que se había acumulado la exposición al polvo jugaba algún papel en la determinación del riesgo… [McDonald et al., 1980; ver Nota 13].

    Incluso después de esta «validación» de las estimaciones de dosis, concluyeron inequívocamente que las estimaciones de dosis no tenían valor cuando Gibbs escribió: «por lo tanto, está claro que no hay un único factor de conversión global que pueda aplicarse a los datos de la mina y el molino» [Gibbs, 1994].

     

    Manipulación de la cohorte para lograr los resultados deseados

    En su artículo de 1980, McDonald justificó el límite de 45 años, declarando que «para este tiempo la mayoría de los hombres ha completado su servicio» [McDonald et al. 1980b].  Esto simplemente no era verdad.  En 1997, Lidell et al. revelaron que más de 2.400 hombres en la cohorte de estudio 1890-1920 todavía estaban empleados en 1967, y el más joven de ellos tenía 47 años.  Dado que la edad límite de 45 ya no produce la curva lineal dosis-respuesta que ellos buscaron, en 1997 calcularon las exposiciones por encima de los 55 años de edad.  En lugar de utilizar los datos de exposición obtenidos después de 1966, el año en que comenzaron los estudios QAMA-McGill, utilizaron los datos anteriores a 1966, ya desacreditados, para estimar estas exposiciones.  También alteraron la metodología de cálculo de la dosis, afirmando que «no resultó factible utilizar los mismos métodos anteriores» [Liddell et al., 1997].  No proporcionan ninguna justificación para este cambio (excepto tal vez por el tamaño muy grande de los archivos para el computador), ni proporcionan un análisis comparativo de los resultados utilizando los métodos de estimación de dosis «anteriores» y «nuevos» (ver Nota 14).

    A pesar de estas manipulaciones, los propios investigadores de McGill han puesto en duda la confiabilidad de las estimaciones de exposición para neumoconiosis y mesotelioma, declarando:

    «Las tasas de mortalidad por neumoconiosis por 100.000 años-sujeto estuvieron claramente asociadas con la exposición en los dos principales lugares de empleo, pero las exclusiones de esta tabla [muertes tempranas: 12 de neumoconiosis y 1 de mesotelioma] pueden haber distorsionado estas asociaciones, y ciertamente hacen particularmente difícil la comparación entre la mina de asbesto y el molino y la Compañía 3.  Hay pocas señales de asociaciones correspondientes con el mesotelioma» [Liddell et al., 1997].

     

    Conclusiones engañosas

    En 1998, Liddell delineó la conclusión predeterminada que los investigadores de QAMA-McGill planeaban exponer en el documento final de la serie, a saber, que los efectos del crisotilo sobre la salud eran «esencialmente inocuos» (véase la Nota 15).

    Los investigadores de QAMA-McGill concluyeron que casi la mitad (72) de las muertes que atribuyeron a la exposición al asbesto fueron inconsecuentes porque estas muertes no alteraron significativamente las tasas de mortalidad general.  Como su conclusión es política, tal vez una analogía política actual ayude a arrojar luz sobre este análisis.  Si se aplicara el mismo argumento para la destrucción del World Trade Center, se podría concluir de manera similar que este acto de terrorismo, que ha cambiado el mundo en los años venideros, era «inocuo» porque no tuvo un impacto significativo en el SMR (Tasa promedio de mortalidad) de los EE.UU. para 2001.

     

    Determinación inadecuada de casos

    Además de sobreestimar la dosis, las subestimaciones sistémicas de las enfermedades asociadas al asbesto también pueden haber contribuido al aparente «bajo riesgo» de la exposición al crisotilo.  En 1950, en una reunión con funcionarios de QAMA, el Dr. Lanza señaló que esta era una explicación probable: «Se señaló que en la provincia [Quebec] es una práctica no enumerar el cáncer como causa de muerte, incluso cuando lo es, por lo que la información sobre esto puede no ser de mucha ayuda para nosotros» [Trudeau Institute, 1950].  Metropolitan Life proporcionó un seguro de vida grupal a los mineros y comenzó a recopilar datos de mortalidad y certificados de defunción de los trabajadores en la década de 1920.  Begin y sus colegas proporcionaron un apoyo adicional para este diagnóstico y/o sesgo de informe cuando documentó «una incidencia creciente de casos de mesotelioma maligno en mineros y molineros de crisotilo en los municipios del este de Quebec.  Con 49 casos en los últimos 23 años y una tasa de 2.5 casos por año en los últimos años en la industria primaria, en comparación con una tasa de 0.3 por año en los años anteriores a 1969» (McDonald et al., 1979 citado por Begin et al. [1992]).  Un recuento similar equivalente a ochenta veces los hallazgos de casos de cáncer de pulmón puede explicar fácilmente el cincuenta veces relacionado con el «misterio textil».

    Hay pruebas claras de que este subregistro ocurrió y, de hecho, fue organizado por el principal patrocinador financiero de los estudios, QAMA.  En 1995, Schepers informó que Ivan Sabourin, jefe del Partido Conservador de Quebec y asesor legal de QAMA, había eliminado sistemáticamente las muestras patológicas almacenadas (pulmones extraídos) de los mineros fallecidos de Quebec, diagnosticados con cáncer de pulmón y los había trasladado al Trudeau Institute en Saranac Lake, New York [Schepers, 1995].  En 1946, al menos 17 casos de cáncer habían sido eliminados y aún están pendientes en el análisis de QAMA-McGill.  Aunque sin precedentes, este «robo de órganos» claramente tuvo un impacto diferencial en el número de casos de cáncer atribuibles a las operaciones de la mina QAMA y los informados por el grupo de control.

    Debido a que los trabajadores de la cohorte nacieron entre 1890 y 1920, es probable que hayan ocurrido algunas muertes por mesotelioma antes de que la enfermedad fuera ampliamente reconocida por la mayoría de los médicos, entre mediados y finales de la década de 1960.  Hasta la octava revisión de la Clasificación Internacional de Enfermedades, que se adoptó en los Estados Unidos en 1968, el mesotelioma de la pleura se clasificó como una neoplasia benigna del sistema respiratorio [EE.UU. Departamento de Salud, Educación y Bienestar, 1975].  En este momento, gran parte de la cohorte tenía más de 65 años y había acumulado más de 40 años de latencia.  Es probable que este sesgo de diagnóstico también sea la causa de la tasa aparentemente baja de mesotelioma.

     

    Influencia de las consideraciones políticas

    El subregistro de los médicos de Quebec también debe considerarse como una posible explicación de los resultados falaces.  Nada menos que una autoridad como Pierre Elliott Trudeau señaló que las minas QAMA han sido el centro absoluto de la política canadiense durante este siglo.  En el prólogo de The Asbestos Strike de 1949, Trudeau llamó a la huelga el evento más importante en la política canadiense en el siglo XX [Trudeau, 1974].  La importancia política, el poder y la influencia de QAMA durante este siglo no pueden sobreestimarse.  Esto es particularmente cierto con respecto al reconocimiento por parte de QAMA del impacto potencial en las ganancias, de los problemas de salud relacionados con el asbesto.  A sugerencia de Wade Wright, el director médico de su aseguradora, Metropolitan Life, los propietarios de la mina comenzaron a realizar proyectos para influir en la literatura médica y en médicos individuales en Quebec durante la década de 1920, cuando tomaron una «hipoteca sobre McGill» [Wright, 1926; ver la Nota 16].  Inicialmente, la QAMA estaba preocupada por el posible impacto financiero de las reclamaciones por compensación de los trabajadores.  A mediados de la década de 1930, ya habían desarrollado programas para hacer frente a las consecuencias adversas sobre las ventas, por el miedo a las enfermedades relacionadas con el asbesto [Lanza, 1937; Lilienfeld, 1991].

     

    CONCLUSIÓN

    La industria minera de asbesto canadiense tiene una larga historia de manipulación de datos científicos para generar resultados que respalden las afirmaciones de que su producto es «inocuo» [Liddell et al., 1998].  Los investigadores cómplices en esta manipulación parecen estar motivados por una variedad de intereses, incluido el deseo de apoyar a una industria nacional importante y un compromiso ideológico preexistente de apoyar los intereses corporativos sobre los intereses de los trabajadores o la comunidad.  Llevar a cabo investigaciones amigables con la industria también puede anclar una carrera académica, al garantizar el flujo constante de fondos necesarios para mantenerse en el ambiente de «publicar o morir», de la universidad.  Sin embargo, como los científicos de la industria deben saber, su investigación tiene implicaciones que se extienden mucho más allá de sus oficinas o laboratorios.

    Hoy, el impacto de las políticas de QAMA es más grave en el mundo en desarrollo.  Casi todo el asbesto de Canadá se exporta al mundo en desarrollo, y la literatura médica corrupta se sigue utilizando en los argumentos para promover allí la venta de crisotilo canadiense [Castleman, 2002].  Si bien hay pocos estudios sobre el alcance de las enfermedades relacionadas con el asbesto y la muerte en el mundo en desarrollo, es probable que la cifra de muertos allí sea asombrosa.  Los investigadores de QAMA-McGill interesados ​​en preservar este mercado clave han argumentado ante la Organización Mundial del Comercio para reforzar la proposición de que el crisotilo no es una causa de mesotelioma y, por lo tanto, no debe estar sujeto a prohibiciones nacionales [B.I. Castleman, comunicación inédita; Browne, 2000 http://www.chrysotite.com/enlhltsftylbrowne.htm; Organización Mundial del Comercio, 2000].

    En los Estados Unidos, los investigadores apoyados por QAMA están actualmente influenciando la política federal sobre el asbesto.  Un informe reciente a la Agencia de Protección Ambiental del Eastern Research Group, Inc. [2003] se basó en la investigación financiada por QAMA que hemos revisado aquí.  El informe fue revisado por Bruce Case y otros científicos que han sido retenidos por las compañías miembros de QAMA [Eastern Research Group, Inc., 2003].  La legitimidad que se ha otorgado a las teorías de QAMA, «Todo Menos el Crisotilo», es evidencia del éxito de la campaña de «propaganda» de más de tres décadas de QAMA [QAMA, 1967].  QAMA ha sido incluso más exitosa que la industria del tabaco, que emularon.  Sería políticamente imposible para la FDA depender de las opiniones de los investigadores financiados por la industria del tabaco que afirmaron que el tabaco era «inocuo».  Sin embargo, eso es exactamente lo que sucedió con la designación por EPA de Bruce Case y otros, como «expertos» en el riesgo de asbesto.  La ciencia poco sólida de QAMA no merece tal credibilidad.  Hasta que se exponga la naturaleza falsa de sus datos y conclusiones, los trabajadores lesionados y los transeúntes quedarán sin compensación y el crisotilo producirá una generación más de víctimas.

     

    APÉNDICE: NOTAS

    1. La tesis doctoral de De, titulada «La petrología de los diques emplazados en las rocas ultramáficas de South Eastern Quebec», fue depositada en 1961 en la Universidad de Princeton. El objetivo de la tesis fue estudiar las rocas del dique y su relación con la roca ultramáfica en los municipios del este. La concentración de anfíbolos en las rocas es variable y puede ser sustancialmente alta en algunos diques de composición granítica y diorítica.  Por ejemplo, informó la presencia de actinolita fibrosa en concentraciones de hasta el 14% en diques de granito y sugirió que la pegmatita granítica de las minas de Jeffrey en ciudad Asbesto incluso contendría antofilita.  Por lo tanto, como lo sugieren los análisis de la carga pulmonar y los datos mineralógicos, las concentraciones de fibras de anfíbolos (especialmente tremolita y actinolita) que contaminan el mineral de crisotilo de ciudad Asbestos o en la mina de Thetford se encuentran aproximadamente en el mismo nivel, aunque esto pueda que no se vea reflejado en las muestras esporádicas de aire.  Estas materias minerales eran componentes probables en el producto final. Es necesario aclarar qué tan altas fueron las concentraciones de fibras de anfíbolos en la roca dunita huésped, especialmente la tremolita y la actinolita [Dufresne et al. 1995].

    2. McDonald y McDonald manifiestan que: “La posibilidad de esta distribución [menos casos de mesotelioma en minas periféricas] podría estar relacionada con la concentración de tremolita fibrosa en las dos áreas, se probó luego con datos sobre concentraciones de fibras de asbesto en el tejido pulmonar de 83 miembros de la cohorte de las minas de Thetford, que habían muerto de causas distintas al mesotelioma y se habían examinado por microscopía electrónica en 1988. El número de pulmones examinados era de 58 del área A (minas de tremolita central-alta) y 25 del área B (minas de tremolita periférica-baja): los grupos eran similares en duración del empleo (36 y 37 años) y tiempo transcurrido desde el fallecimiento hasta la muerte (8 años en ambos), pero la exposición al polvo acumulada estimada fue aproximadamente un 30% mayor en el grupo B. Las concentraciones medias geométricas de fibras iguales (0 o más de 5 micras de longitud por microgramo de pulmón seco, fueron las siguientes: crisotilo, área A, 7; área B, 13 (no significativo); tremolita, área A, 32; área B, 7 (P= 0.0002)» [McDonald y McDonald. 1995].

    3. Browne declaró: «Las principales minas contaminadas de tremolita ahora están cerradas». También dijo: «Pero, en el pasado, el porcentaje de tremolita en la fibra podía ser tan alto como 1%, mientras que las minas altamente contaminadas con tremolita en el área central de Thetford se han cerrado, y en cualquier caso la rigurosa investigación geológica ha demostrado que la tremolita no se mezcla de manera uniforme con el crisotilo, sino que se produce en costuras separadas que pueden identificarse y evitarse. Y, por supuesto, existe evidencia de que gran parte de la tremolita se pierde en la molienda, de modo que para el fabricante tendrá un contenido aún más bajo. Por lo tanto, presentes y futuros suministros de estas fuentes tienen y tendrán un mínimo de tremolita» [Browne, 2000 http:llwww.chrysotile.com/en/hltsfty/browne.htm].

    4. A. El crisotilo compone aproximadamente el 5% del depósito de mineral. Se forma en capas u hojas entre rocas serpentinas.  La tremolita y la crocidolita están presentes en la roca adyacente junto con la veta de crisotilo 100% pura.  La roca adyacente se comprime en trituradoras de roca, un proceso que se repite tres veces.  La roca se deja secar durante 48 horas después de la primera trituración.  Este proceso inicial libera tremolita de la serpentina y se mezcla con el crisotilo.

    B. El mineral triturado se mueve a un transportador donde se encuentran todas las fibras sobre la correa, incluida la tremolita liberada y la crocidolita, se aspiran y se llevan al molino. Como resultado, el producto final está contaminado con tremolita y crocidolita.

    C. La fibra se transporta al molino de clasificación. El molino de clasificación luego separa la fibra por tamaños. Este es un proceso de dos partes.  La fibra se agita y se balancea de lado a lado en un «tamiz», que desciende hacia un vacío de ciclón.  Un ciclón de cinco pies de largo por dos pulgadas de ancho en el extremo del tamiz aspira la fibra en un tubo y es transportada por la fuerza del aire al área de ensacado.  Así es como se logra el tamaño de la fibra.  La succión está configurada para extraer fibras cortas, de cualquier composición química, en primera instancia.  Las fibras más largas restantes se dejan caer sobre otro transportador y el proceso se repite hasta que las fibras más largas se extraen con un ciclón.  Está claro que la tremolita es clasificada según el tamaño junto con el crisotilo.

    D. La fibra se sopla desde el área de tamizado y se transporta al área de ensacado donde se mete en bolsas listas para el envío.

    5. Vorward escribió: «La semana pasada, mientras estaba en Washington, tuve la oportunidad de hablar sobre nuestro programa de epidemiología del cáncer pulmonar en sujetos expuestos al polvo de asbesto y presentar el problema que usted planteó con respecto a la clasificación del trabajo. Estoy de acuerdo con su punto de vista. Es ciertamente una tarea imposible la de tabular los diversos trabajos sobre datos científicos comparables, ya que tales datos no existen.  Por lo tanto, se debe utilizar el código sugerido por usted y Ken [Smith, director médico de Johns-Manville] (énfasis agregado)» [Vorwald, 1951].

    6. Como observó Nicholson: «Utilizando microscopía electrónica, Rendall y Skikne [1980] midieron el porcentaje de fibras con un diámetro inferior a 0,4 μm (el límite de resolución adecuado de un microscopio óptico) en varias muestras de polvo de asbesto. En general, encontraron que más del 50% de las fibras de 5 μm o más largas son menores que 0,4 μm de diámetro y, así, no son visibles usando un microscopio óptico de contraste de fase estándar» [Nicholson, 1986].

    7. Nicholson continuó: «Además, como con la distribución de longitud, la distribución del diámetro varía con la actividad y los tipos de fibra. Como resultado, la fracción de pares de más de 5 μm visibles por microscopía óptica varía desde aproximadamente el 22% en la minería de crisotilo y crocidolita, y la manufactura de aislamientos de amosita/crisotilo hasta el 53% en la minería de amosita. Valores intermedios del 40% se miden en la fabricación de forros de freno de crisotilo, y el 33% en las operaciones de la industria de amosita.  Por lo tanto, incluso la medición perfecta del aire del lugar de trabajo, con una enumeración precisa de los factores según los métodos actualmente aceptados, se espera que conduzca a diferentes relaciones exposición-respuesta para cualquier enfermedad específica del asbesto cuando se estudien diferentes entornos de trabajo» [Nicholson, 1986].

    8. Lippman continuó: «Experimentos con animales… indican que las fibras con mayor probabilidad de producir cáncer son demasiado delgadas para ser observadas con un microscopio óptico. En la mina y el molino, los haces de fibras de crisotilo solo se han roto parcialmente. Muchas de las fibras son grandes y fáciles de contar: algunas de estas son rizadas y no respirables.  Cuando se envían a una fábrica de textiles con crisotilo, las fibras se separan más durante el cardado.  En los procesos de hilado y tejido a alta velocidad, las fibras finas pueden separarse de los hilos, la mayoría de las cuales no son visibles en un microscopio óptico.  Por lo tanto, en el aire de una planta textil, el porcentaje de fibras delgadas, no contabilizadas, pero altamente cancerígenas, puede ser mayor que en el aire de la mina y el molino y se observa un mayor riesgo de cáncer para la misma exposición medida de fibra acumulada» [Lippmann, 1988].

    9. Sebastien escribe: «En ausencia de un modelo aceptado para la retención pulmonar de las fibras de asbesto, la comparación entre los dos grupos se restringió a casos con características de exposición similares en el tiempo (duración y cese). En estas circunstancias, se supuso que la retención se referiría a la intensidad de la exposición. Esta suposición, imposible de probar sin buenos datos ambientales, puede ser cuestionada, especialmente para el crisotilo» [Sebastien et al., 1989].

    10. Liddell et al. argumentan que «el factor de conversión debe ser modificado porque muchas historias más han llevado a una mayor fiabilidad de las estimaciones. Hemos realizado otras cuatro estimaciones: las pendientes de fibra y polvo para la neumoconiosis y para el cáncer de pulmón estaban en las proporciones 3.67 y 3.57 (f/ml)/mpcf; mientras que, basado en exposiciones medias para todos los sujetos, la relación fue 3.46 (f/ml)/mpcf en este informe, y fue 3.44 en un estudio de trabajadores varones mayores en Thetford Mines. Estos factores, todos basados en grupos sustanciales de personas, muestran poca variación.  Sin embargo, las proporciones calculadas para cada uno de los 2.535 pares distintos de cero, de exposiciones en este estudio, variaron entre 0,32 y 30 (f/ml)/mpcf, mientras que la correlación de la relación fibra/polvo y su denominador en los 2.535 conjuntos fue tan pequeña que se pudo pensar la relación como prácticamente independiente del nivel de exposición.  Sin embargo, cualquier «promedio» debe depender de cada grupo específico de trabajadores y del método para obtenerlo.  Además, todas las estimaciones anteriores son para trabajadores de ciudad Asbesto y Thetford Mines en el período comprendido entre 1904 y 1966; no hay seguridad de que puedan aplicarse en circunstancias diferentes.  Agregaríamos que hay una gran seguridad de que la relación partícula/fibra se aplica en la circunstancia bajo investigación» (énfasis agregado) [Liddell et al., 1984].

    11. El pasaje completo dice: «Liddell et al. [1984] estimaron un factor para convenir conteos de polvo a conteos de fibra de alrededor de 3.5 (fibras/ml), mpcf, pero declararon que esto sería poco confiable excepto aplicado a los niveles medios de polvo para grupos sustanciales de trabajadores del asbesto de Quebec. Para muchos trabajos en los que los 2.217 hombres incluidos en su estudio habían funcionado, la relación fibra:polvo varió de 0,3 a 30 (fibras:ml):mpcf, virtualmente independiente del nivel de polvo; en las proporciones de estudio actuales, puesto por puesto de trabajo debe haber variado de manera similar, de modo que la clasificación de los trabajos por categoría de polvo no sería una clasificación confiable por conteo de fibras (énfasis añadido)» [Liddell et al., 1998].

    12. Escribieron: «En todos los análisis de regresión condicional del modelo completo, es decir, con 13 medidas de exposición, hubo al menos un coeficiente de regresión negativo, que tomado al valor nominal implicaría un efecto protector de la exposición. Años en la categoría más alta de polvo relevante se combinaron con los de la categoría adyacente y se repitió el análisis. Este proceso se repitió hasta que todos los coeficientes se volvieron positivos, cuando se los definió o hasta que el único coeficiente negativo fue para la categoría 1; en esa circunstancia, la categoría 1 fue eliminada del modelo, lo que equivalía a establecer el coeficiente a cero y la razón de posibilidades a la unidad…  Ciertamente, existió un grado de arbitrariedad en algunas de las agrupaciones llevadas a cabo, pero se hizo todo lo posible para retener cualquier efecto ´significativo´” (énfasis añadido) [Liddell et al., 1998].

    13. McDonald et al. continúan: «Por lo tanto, parecía apropiado basar una segunda serie de análisis en la exposición al polvo acumulada a una cierta edad, arbitrariamente tomada como 45 años, cuando la mayoría de los hombres habían completado su servicio. Después de que la cohorte se había dividido por la exposición a la edad de 45, dos subdivisiones más, pero separadas, fueron hechas por el área minera (Minas de ciudad Asbestos y Thetford) y por el hábito de fumar, aquellas cuyo hábito de fumar era desconocido fueron agregadas al grupo más grande -es decir, fumadores moderados. El intervalo de estudio comenzó en la edad de 45» (énfasis agregado) [McDonald et al., 1980a].

    14. Liddell et al. manifiestan: «como más de 2.400 hombres en la cohorte fueron empleados en 1967, se hicieron intentos para estimar las exposiciones anuales hasta 1985, cuando el último hombre se había retirado. No fue factible utilizar los mismos métodos anteriores. En lugar de esto, a cada hombre se le asignaron niveles de polvo de la siguiente manera: para 1967, el mismo nivel que en 1966; para cada año subsiguiente, una proporción de ese nivel de acuerdo con la tendencia promedio de concentración de fibra para su mina o molino específico.  Desde estos niveles, estimamos exposiciones anuales de 1967 a 1985 [McDonald et al., 1993], y ampliamos el registro de exposición de cada hombre a 19 años más.  Para dar una mayor flexibilidad necesaria para el cálculo de exposiciones a la edad de 55 años, por ejemplo, o para los análisis de casos de referencia, de acuerdo con la edad al morir, para el caso de que el archivo de exposición se haya reorganizado: primero, el registro anual de exposición, que incorpora el ajuste por la duración de la semana laboral, se cambió al nivel de polvo, con un indicador del ajuste de la semana de trabajo; en segundo lugar, el historial de trabajo de cada hombre se registró anualmente desde el año en que comenzó al año en que terminó, reduciendo así el número máximo de años de 82 a 59; y en tercer lugar, el formato fue cambiado ligeramente.  Con estos cambios, el archivo completo se redujo en tamaño por más de un cuarto, pero permaneció enorme (5.9 MB)» [Liddell et al., 1997].

    15. Los investigadores sostuvieron: «Para los hombres empleados por primera vez en Asbesto, ya fuera en la mina o en la fábrica, [los SMR] fueron mucho más de lo que se podría haber esperado para una población de obreros sin ninguna exposición peligrosa. Los SMR en el área de Thetford Mines fueron casi un 8% más altos, pero en línea con la evidencia anecdótica sobre el estado socio-económico. En exposiciones menores a 300 (millones de partículas por metro cúbico) x años, (mpcf.y), equivalentes a aproximadamente 1000 (fibras/ml) x años o, por ejemplo, 10 años en la década de 1940 a 80 (fibras/ml), los hallazgos fueron los siguientes.  No hubo asociaciones discernibles de grado de exposición y SMR, ya sea por todas las causas de muerte o por todos los sitios específicos de cáncer examinados.  Los SMR promedio fueron 1.07 (todas las causas) y 1.16, 0.93, 1.03 y 1.21, respectivamente, para cáncer gástrico, otro tipos de cáncer abdominal, cáncer laríngeo y pulmonar.  Los hombres cuyas exposiciones fueron menos de 300 mpcf/y sufrieron casi la mitad de las 146 muertes por neumoconiosis o mesotelioma; la eliminación de estas dos causas habría reducido los SMR de estos hombres (todas las causas) de 1.07 a aproximadamente 1.06.  Por lo tanto, se concluye desde el punto de vista de la mortalidad que la exposición en esta industria a menos de 300 mpcf/y ha sido esencialmente inocua, aunque había un pequeño riesgo de neumoconiosis o mesotelioma» (énfasis añadido) [Liddell et al., 1997].

    16. Wright escribió: «Se sugiere que nos acerquemos al decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de McGill con una propuesta que, sobre el establecimiento de un Departamento de Higiene Industrial adecuado en la Escuela de Medicina McGill, el Metropolitan celebre un acuerdo con McGill para asegurar a la Compañía ciertos servicios e información relacionados con la salud de los trabajadores industriales en Canadá.»

    “… Sería de gran valor para la Compañía tener información específica sobre asuntos tales como:» 1. La distribución de establecimientos industriales, minas y operaciones madereras con datos sobre el número de empleados en cada establecimiento y distrito…

    «… Asegurar dicha información directamente sería difícil y muy costoso. Si pudiera obtenerse de un departamento de higiene industrial en la universidad líder de Canadá a cambio de una anualidad moderada para la Compañía, sin duda sería  benefíco …»

    “Dicho plan implica un quid pro quo definitivo, los pagos específicamente condicionados a una devolución proporcional, la idoneidad de dicho retorno que se determinará por el Presidente, o aquellos a quienes puede delegarse la decisión …”

    «… The Sun Life bien podría preguntar, si le asegura una hipoteca a McGill… orientación técnica con respecto a las materias que afectan la salud comunitaria o individual, tales como ayuda para la preparación de publicidad, asuntos de investigación ocasionales que no involucran grandes desembolsos de dinero, investigaciones de campo, como saneamiento, agua o suministros de leche o riesgos industriales.”

    «… Las observaciones de nuestro esquema en Harvard me llevan a añadir que Martin no solo debe estar preparado para prestar ciertos tipos de servicios, sino que ciertos servicios, más o menos rutinarios, deben especificarse. A menos que exista un quid pro definido y tangible, el interés de un apoyo financiero puede languidecer después de algunos años» (énfasis agregado) [Wright, 1926].

     

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    Wright G. 1926. January 19. Letter to Knight, Metropolitan Life Insurance Company. (See note 17.)

    [1] Clinical Associate Professor. Brown University. Department of Community HeaIth. Providence, Rhode Island.

    [2] Never Again Consulting, Attleboro, Massachusettes.

    [3] Este artículo fue publicado en el año de 2003, cuando algunos países europeos aún no habían prohibido el asbesto y Canadá, para ese momento, era un activo exportador de asbesto, liderando el lobby internacional pro asbesto. Nota del traductor.

    [4] La región de Asbesto se refiere al área de influencia de Ciudad Asbesto.

    [5] Un aparato de muestreo de polvo casi idéntico en principio y diseño con el Greenburg-Smith impinger, cuya principal diferencia es su tamaño más pequeño y el hecho de que solo se necesita un cabezal de agua de 12 pulgadas (30,5 cm) para su funcionamiento. (Nota del traductor).

    [6] (Algunos de los estudios dicen que las estimaciones de dosis comenzaron en 1948 y otros que en 1949.)

    [7] Las medias geométricas se utilizan para calcular los promedios de la función de potencia. Por ejemplo, se pueden usar para determinar cuál sería una regla de interés promedio si se invirtieran $100,000 en el banco en 1990 y tuvieran tasas de interés variables cada año de 2, 5, 7 y 10 durante los próximos 4 años.

  • Canadá prohíbe finalmente el asbesto

    Canadá prohíbe finalmente el asbesto

    Kathleen Ruff, RightOnCanada.ca

    Octubre 17 de 2018.

    El gobierno de Canadá publicó hoy una serie de medidas regulatorias que prohíben el asbesto y los productos que contienen asbesto.

    Estas medidas entrarán en vigencia en 90 días.

    Este es un gran día en la lucha para prohibir el uso de asbesto en todos los rincones del mundo.

    Sin embargo, no es un día perfecto. Las regulaciones eximen los 800 millones de toneladas de residuos mineros en Quebec, que contienen hasta un 40% de asbesto, y los proyectos para hacer un uso comercial de los residuos, por ejemplo, extrayendo magnesio.

    El gobierno afirma que los riesgos de exposición a los residuos de la extracción de asbesto ya se abordan a través de la legislación laboral y de salud de las provincias. Esto es simplemente falso. Como las propias autoridades sanitarias de Quebec lo han dicho con bastante claridad, y como lo ha declarado el propio Primer Ministro Trudeau, los estándares de exposición ocupacional de Quebec son defectuosos y deben modificarse, ya que actualmente permiten que los trabajadores estén expuestos a altos niveles de asbesto que serían ilegales en cualquier otro lugar de Canadá o el mundo occidental.

    Queda mucho por hacer para abordar el terrible legado de un siglo de minería y uso del asbesto en Canadá.

    Pero este es un primer paso importante y es bienvenido.

  • LAS MENTIRAS, LAS MALDITAS MENTIRAS Y LA MEDICINA CIENTÍFICA

    LAS MENTIRAS, LAS MALDITAS MENTIRAS Y LA MEDICINA CIENTÍFICA

    Gran parte de lo que concluyen los investigadores médicos en sus estudios es engañoso, exagerado o totalmente erróneo.  Entonces, ¿por qué los médicos, en un grado sorprendente, siguen recurriendo a la desinformación en su práctica diaria?  El Dr. John Ioannidis ha pasado su carrera desafiando a sus compañeros al destapar su falsa ciencia.

    POR DAVID H. FREEDMAN

    EDICIÓN DE NOVIEMBRE DE 2010

    Publicado originalmente en: The Atlantic

    En 2001, circulaban rumores en los hospitales griegos sobre residentes de cirugía que, ansiosos por aumentar el tiempo que pasaban con el escalpelo, estaban haciendo falsos diagnósticos entre desventurados inmigrantes albaneses con apendicitis.  En el hospital universitario de la facultad de medicina de la Universidad de Ioannina, una doctora recién llegada llamada Athina Tatsioni discutía los rumores con sus colegas, cuando un profesor que la escuchó por casualidad le preguntó si le gustaría demostrar que tales rumores eran ciertos; él solo parecía estarla desafiando.  La doctora aceptó el reto y, con la ayuda del profesor y otros colegas, finalmente produjo un estudio formal que logró demostrar que, por alguna razón, los apéndices eliminados a los pacientes con nombres albaneses en seis hospitales griegos tenían más del triple de probabilidades de ser perfectamente saludables, en comparación con los apéndices eliminados a pacientes con nombres griegos.  «Fue difícil encontrar un periódico dispuesto a publicarlo, pero lo hicimos», recuerda Tatsioni.  «También descubrí que realmente me gustaba la investigación».  Algo muy bueno, porque el estudio en realidad había sido una especie de prueba.  Lo que descubrió fue que el profesor había formado un equipo de terapeutas y doctores jóvenes, excepcionalmente descarados e imprudentes, para unirse a él y abordar una agenda inusual y controvertida.

    La primavera pasada, me senté en una de las reuniones semanales del equipo en el campus de la facultad de medicina, que se despliega alocadamente a través de una serie de colinas afiladas.  El edificio en el que nos encontramos, como la mayoría en la escuela, tenía el aspecto de un cuartel y estaba adornado con grafitis políticos.  Pero el grupo se reunió en una espaciosa sala de conferencias que podría haber estado en la casa de una de esas nuevas empresas de Silicon Valley.  Dispersos alrededor de una gran mesa estaban Tatsioni y otros ocho investigadores y médicos griegos bastante jóvenes que, a diferencia del personal más joven y blanco que se ve con frecuencia en los hospitales de EE. UU., parecían el elenco glamoroso de un drama televisivo sobre médicos.  El profesor, un hombre apuesto y de voz suave llamado John Ioannidis, presidia libremente el encuentro.

    Una de las investigadoras, una bioestadística llamada Georgia Salanti, encendió una computadora portátil y un proyector, y comenzó a guiar al grupo a través de un estudio que ella y algunos colegas estaban completando, y lanzó esta pregunta: ¿estaban las compañías farmacéuticas manipulando las investigaciones publicadas, para que sus medicamentos se vean bien?  Salanti resaltó datos que parecían indicar que sí, pero los otros miembros del equipo casi inmediatamente comenzaron a interrumpir.  Uno señaló que el estudio de Salanti no abordaba el hecho de que la investigación de compañías farmacéuticas no estaba midiendo resultados «duros», críticamente importantes para los pacientes, como la supervivencia frente a la muerte, y en su lugar tendía a medir resultados «más suaves», como la autoinformación de síntomas («mi pecho no me duele tanto hoy»).  Otro señaló que el estudio de Salanti ignoraba el hecho de que cuando los datos de las compañías farmacéuticas parecían mostrar que la salud de los pacientes mejoraba, estos datos a menudo no demostraban que el fármaco era el responsable, o que la mejoría era algo más que marginal.

    Salanti se mantuvo firme, como si lo que estaba pasando fuera parte de lo esperado, y reconoció valientemente que las sugerencias eran todas buenas, pero dijo que un solo estudio no puede probar todo.  Justo cuando me daba la sensación de que los datos de los estudios sobre drogas eran infinitamente maleables, Ioannidis, que más que todo había estado escuchando, dio lo que parecía un golpe de gracia: ¿no era posible, preguntó, que las compañías farmacéuticas seleccionaran cuidadosamente los temas de sus estudios, por ejemplo, comparar sus nuevos medicamentos con los que ya se sabe que son inferiores a los demás en el mercado, de modo que resultaran por delante del juego, incluso antes de que comenzara el malabarismo de los  datos?  «Tal vez a veces son las preguntas las que son parciales: no las respuestas», dijo, mostrando una sonrisa amistosa.  Todos asintieron.  Aunque los resultados de los estudios sobre medicamentos a menudo son noticia en los periódicos, debe preguntarse si en verdad prueban algo.  De hecho, dada la amplitud de los problemas potenciales planteados en la reunión, ¿se puede confiar en cualquier estudio de investigación médica?

    Esa pregunta ha sido central en la carrera de Ioannidis.  Él es lo que se conoce como un metainvestigador, y se ha convertido en uno de los expertos más importantes del mundo en la credibilidad de la investigación médica.  Él y su equipo han demostrado, una y otra vez, y de incontables maneras diferentes, que gran parte de lo que los investigadores biomédicos concluyen en los estudios publicados ─conclusiones que los médicos tienen en cuenta cuando prescriben antibióticos, o medicamentos para la presión sanguínea, o cuando nos aconsejan consumir más fibra o menos carne, o cuando recomiendan cirugía para enfermedades cardíacas o el dolor de espalda─ es engañosa, exagerada y, a menudo, totalmente errónea.  Él denuncia que hasta el 90% de la información médica publicada de la que dependen los médicos es defectuosa.  Su trabajo ha sido ampliamente aceptado por la comunidad médica; ha sido publicado en las principales revistas del campo, donde es muy citado; y es una gran atracción en las conferencias.  Dada esta aseveración, y el hecho de que su labor se enfoca en el trabajo de todos aquellos que hacen medicina, así como en lo que hacen los médicos y en los consejos de salud que recibimos, Ioannidis puede ser uno de los científicos vivos más influyentes del mundo.  Sin embargo, a pesar de su influencia, a él le preocupa que el campo de la investigación médica sea tan ominoso y esté tan plagado de conflictos de intereses, que pueda ser crónicamente resistente al cambio, o incluso reacio a admitir públicamente que existe un problema.

    LA CIUDAD DE IOANNINA es una gran ciudad universitaria a poca distancia de las ruinas de un anfiteatro de 20.000 asientos, y de un santuario de Zeus construido en el sitio del oráculo de Dodona.  Se dice que el oráculo emitía pronunciamientos a los sacerdotes mediante el crujido de un árbol de roble sagrado.  Hoy, un roble diferente en el sitio ofrece a los visitantes la oportunidad de probar su suerte para conseguir una profecía.  «Recibo a todos los investigadores que me visitan aquí, y casi todos le hacen la misma pregunta al árbol», me dice Ioannidis, mientras contemplamos el árbol un día después de la reunión del equipo.  » ‘¿Se aprobará mi beca de investigación?’ »  Se ríe; pero Ioannidis (pronunciado yo-NI-dis) tiende a reír no tanto de alegría sino para suavizar la picadura de su ataque.  Y, por supuesto, acaba sugiriendo que la obsesión por ganar fondos ha contribuido en gran medida a debilitar la confiabilidad de la investigación médica.

    Primero se tropezó, explica, con el tipo de problemas que plagan el campo, como joven médico e investigador a principios de la década de 1990 en Harvard.  En ese momento, estaba interesado en diagnosticar enfermedades raras, por lo que la falta de datos sobre casos puede dejar a los médicos con poco más que la intuición y las reglas generales.  Pero notó que los médicos parecían proceder de la misma manera, incluso cuando se trataba de cáncer, de enfermedades cardíacas y otras dolencias comunes.  ¿Dónde estaban los datos duros que respaldarían sus decisiones para el tratamiento? Había muchas investigaciones publicadas, pero la mayor parte era notablemente poco científica, y estaba basada en gran medida en observaciones sobre un pequeño número de casos.  Un nuevo movimiento de «medicina basada en la evidencia» estaba comenzando a tomar fuerza, y Ioannidis decidió lanzarse a investigar al respecto, trabajando primero con investigadores prominentes de la Universidad de Tufts, y luego tomando posiciones en la Universidad Johns Hopkins y en los Institutos Nacionales de Salud.  Estaba inusualmente bien armado: había sido un prodigio matemático con estatus de cuasicelebridad en su escuela secundaria de Grecia, y había seguido a sus padres, que eran médicos investigadores, estudiando medicina; así tendría la oportunidad de combinar matemáticas y medicina al aplicar rigurosos análisis estadísticos a lo que parecía un campo sorprendentemente descuidado.  «Suponía que todo lo que los médicos hacíamos era básicamente correcto, pero ahora iba a ayudar a verificarlo», dice.  «Todo lo que tendríamos que hacer era revisar sistemáticamente la evidencia, confiar en lo que nos dice, y entonces todo sería perfecto».

    No resultó de esa manera.  Al estudiar detenidamente las publicaciones médicas, se sorprendió por la cantidad de hallazgos de todo tipo que habían sido refutados por hallazgos posteriores.  Desde luego, en la ciencia médica los «no importa» difícilmente son un secreto.  Y a veces llegan a los titulares, como cuando en los últimos años grandes estudios o consensos crecientes de investigadores concluyeron que las mamografías, las colonoscopias y las pruebas de antígeno prostático específico (PSA) son herramientas de detección del cáncer mucho menos útiles de lo que nos habían dicho; o cuando se demostró que los antidepresivos ampliamente recetados como Prozac, Zoloft y Paxil, no son más efectivos que un placebo para la mayoría de los casos de depresión; o cuando supimos que permanecer fuera del sol en realidad puede aumentar los riesgos de cáncer; o cuando nos dijeron que el consejo de beber mucha agua durante el ejercicio intenso era potencialmente fatal; o cuando, el pasado mes de abril (2010) se nos informó que tomar aceite de pescado, hacer ejercicio y resolver acertijos en realidad no ayuda a defendernos de la enfermedad de Alzheimer, afirmación esta que se utilizó durante mucho tiempo.  Los estudios revisados ​​por pares han llegado a conclusiones opuestas acerca de si el uso de teléfonos celulares puede causar cáncer cerebral; si dormir más de ocho horas por noche es saludable o peligroso; si tomar aspirina todos los días es más probable que te salve la vida o no, y si las rutinarias angioplastias funcionan mejor que las píldoras para destapar las arterias del corazón.

    Pero más allá de los titulares, Ioannidis se sorprendió del rango y el alcance de los reveses que estaba encontrando en la investigación médica cotidiana.  Los «ensayos controlados aleatorios», que comparan cómo un grupo responde a un tratamiento frente a la forma en que otro grupo idéntico se comporta sin el tratamiento, se habían considerado durante mucho tiempo pruebas casi inamovibles; pero también terminaron estando equivocados algunas veces.  «Me di cuenta de que incluso nuestra investigación con patrón de oro tenía muchos problemas», dice.  Desconcertado, comenzó a buscar las formas específicas por las cuales los estudios iban mal.  Y en poco tiempo descubrió que el rango de errores cometidos era asombroso: abarcaba desde qué preguntas planteaban los investigadores, hasta cómo configuraban los estudios, a qué pacientes reclutaban, qué mediciones tomaban, cómo analizaban los datos, cómo presentaban sus resultados, y cómo se publicaban determinados estudios en revistas médicas.

    Esta matriz sugirió una disfunción subyacente aún más grande, y Ioannidis pensó que sabía lo que pasaba.  «Los estudios eran sesgados», dice.  «A veces eran abiertamente sesgados.  A veces era difícil ver el sesgo, pero estaba allí».  Los investigadores se dirigían a sus investigaciones en busca de ciertos resultados y, he aquí que los estaban consiguiendo.  Pensamos que el proceso científico es objetivo, riguroso e incluso despiadado para separar lo que es verdadero de lo que simplemente deseamos que sea cierto, pero de hecho es fácil manipular los resultados, incluso de manera no intencional o inconsciente.  «En cada paso del proceso, hay espacio para distorsionar los resultados, una forma de hacer un ajuste más fuerte o seleccionar lo que se va a concluir», dice Ioannidis.  «Existe un conflicto de intereses de orden intelectual que presiona a los investigadores a encontrar aquello que sea más probable que los financie».

    Quizás solo una minoría de investigadores estaba sucumbiendo a este sesgo, pero sus conclusiones distorsionadas estaban teniendo un efecto descomunal en las investigaciones publicadas.  Para obtener financiación y puestos de titularidad, y a menudo simplemente para mantenerse a flote, los investigadores tienen que publicar su trabajo en revistas de prestigio, donde las tasas de rechazo pueden superar el 90 por ciento.  No es de extrañar que los estudios que tienden a obtener el nivel de reconocimiento sean aquellos con hallazgos llamativos.  Pero si bien crear teorías llamativas es relativamente fácil, conseguir que la realidad las confirme es otra cuestión.  La gran mayoría colapsa bajo el peso de datos contradictorios, cuando se estudian rigurosamente.  Imagine, sin embargo, que cinco equipos de investigación diferentes examinan una teoría interesante que está dando vueltas, y cuatro de los cinco grupos prueben correctamente que la idea es falsa, mientras que el grupo menos cauteloso lo “pruebe» incorrectamente a través de una combinación de error, casualidad e inteligente selección de datos.  ¿Adivina qué conclusiones acabará leyendo su médico en la revista, y terminará escuchando en las noticias de la noche?  Los investigadores a veces pueden llamar la atención al refutar un hallazgo prominente, que puede ayudar al menos a generar dudas sobre los resultados; pero, en general, es mucho más gratificante agregar una nueva percepción o giro emocionante a la investigación existente que volver a probar sus premisas básicas; después de todo, no es probable que la revalidación de los resultados de otra persona sea publicada, y tratar de socavar el trabajo de colegas respetados puede tener repercusiones profesionales desagradables.

    A finales de la década de 1990, Ioannidis estableció una base de estudio en la Universidad de Ioannina.  Reunió a su equipo, que sigue intacto en la actualidad, y comenzó a abordar el problema en una serie de documentos que señalaban las formas específicas en que ciertos estudios obtenían resultados engañosos.  Otros metainvestigadores también comenzaron a destacar las tasas de error inquietantemente altas que circulan en la literatura médica.  Pero Ioannidis quería tener una visión global, y hacerlo con datos sólidos, razonamiento claro y buen análisis estadístico.  El proyecto se prolongó hasta que finalmente él se retiró a la pequeña isla de Sikinos en el Mar Egeo, donde se inspiró en el entorno relativamente primitivo y las tradiciones intelectuales que le evocaban.  «Un tema omnipresente de la literatura griega antigua es que debes buscar la verdad, sin importar cuál sea la verdad», dice.  En 2005, soltó dos documentos que desafiaron los fundamentos de la investigación médica.

    Eligió publicar un artículo, sigilosamente, en la revista en línea PLoS Medicine, que se compromete a publicar cualquier artículo metodológicamente sólido, sin tener en cuenta cuán «interesantes» puedan ser los resultados.  En el documento, Ioannidis presentó una prueba matemática detallada en la que expuso que ─asumiendo niveles modestos de sesgo por parte los investigadores, técnicas de investigación típicamente imperfectas y la bien conocida tendencia a centrarse en teorías emocionantes en lugar de aquellas que son altamente plausibles─ los hallazgos que los investigadores encuentran la mayor parte del tiempo son erróneos.  En pocas palabras, si te atraen las ideas que tienen buenas posibilidades de estar equivocadas, si estás motivado para demostrar que son correctas, y si tienes un margen de maniobra para la forma de reunir las pruebas, probablemente tendrás éxito probando teorías equivocadas como correctas.   Su modelo predijo, en diferentes campos de la investigación médica, las tasas de incorrección que corresponden aproximadamente a las tasas observadas en las que los hallazgos fueron refutados convincentemente: el 80% de los estudios no aleatorios (de lejos los más comunes) resultaron ser incorrectos, al igual que el 25% de los ensayos aleatorios supuestamente estándar de oro, y cerca del 10% de los grandes ensayos aleatorios de estándar de platino.  El artículo explicaba su creencia de que los investigadores frecuentemente estaban manipulando los análisis de datos, persiguiendo resultados para hacer avanzar sus carreras en lugar de buscar una buena ciencia, e incluso utilizando el proceso de revisión por pares ─en el que las revistas solicitan a los investigadores que ayuden a decidir qué estudios publicar─ para suprimir puntos de vista opuestos.  «Puedes cuestionar algunos de los detalles en los cálculos de John, pero es difícil argumentar que las ideas esenciales no son del todo correctas», dice Doug Altman, un investigador de la Universidad de Oxford que dirige el Centro de Estadística en Medicina.

    Aun así, Ioannidis anticipó que la comunidad podría ignorar sus hallazgos: seguro, muchas investigaciones dudosas se convierten en revistas, pero nosotros, investigadores y médicos, sabemos que debemos ignorarlas y enfocarnos en lo bueno; entonces, ¿cuál es el problema?  El otro documento se dirigió a ese reclamo.  Se enfocó en 49 de los hallazgos de investigación más respetados en medicina de los últimos 13 años, según lo juzgado por las dos medidas estándar de la comunidad científica: los artículos habían aparecido en las revistas más ampliamente citadas en artículos de investigación y eran a su vez los 49 artículos más citados en esas revistas.  Estos eran artículos que ayudaban a aumentar la popularidad de tratamientos como el uso de terapias de reemplazo hormonal para mujeres menopáusicas, vitamina E para reducir el riesgo de enfermedad cardíaca, stents coronarios para prevenir ataques cardíacos, y dosis diarias bajas de aspirina para controlar la presión arterial y prevenir ataques cardíacos y accidentes cerebrovasculares.  Ioannidis estaba poniendo sus argumentos a prueba, no contra investigaciones comunes o incluso investigaciones simplemente bien aceptadas, sino contra la punta absoluta de la pirámide en investigación.  De los 49 artículos, 45 reclamaban haber descubierto intervenciones efectivas.  Treinta y cuatro de estos reclamos habían sido probados nuevamente, y en 14 de estos, o sea el 41 por ciento, se había demostrado de manera convincente que eran incorrectos, o significativamente exagerados. Si entre un tercio y la mitad de la investigación más aclamada en medicina, estaba demostrando ser poco confiable, el alcance y el impacto del problema eran innegables.  Ese artículo fue publicado en el Journal of the American Medical Association.

    Conduciéndome de vuelta al campus en su pequeño SUV ─después de insistir, como aparentemente hace con todos sus visitantes, en mostrarme un lago cercano y los seis monasterios situados en un islote dentro de él─ Ioannidis se disculpó profusamente por haber encendido una luz amarilla, explicando mientras reía que no confiaba en que la camioneta detrás de él se detuviera.  Teniendo en cuenta su disposición, incluso su entusiasmo, para abofetear a la comunidad de investigación médica, Ioannidis se muestra pensativo, optimista y profundamente civilizado.  Es un oyente cuidadoso; su sonrisa frecuente y su carcajada semi-apologética pueden hacer que el agudo empuje de sus argumentos parezcan casi que bonachones. Es tan rápido, si no más rápido, para cuestionar sus propios motivos y competencia, como ningún otro.  Un hombre de 45 años, pulcro y compacto, con un bigote recortado, que se presenta como una especie de nerd apuesto, a lo Giancarlo Giannini con un poco de Mr. Bean.

    La humildad y la amabilidad parecen serle útiles para transmitir un mensaje que no es fácil de digerir o, para el caso, creer: incluso los investigadores altamente reconocidos en instituciones prestigiosas a veces generan hallazgos que llaman la atención, en lugar de hallazgos que probablemente sean correctos.  Pero Ioannidis señala que evidentemente los hallazgos cuestionables abarrotan las páginas de las principales revistas médicas, por no mencionar los titulares matutinos.  Considere, dice, el flujo interminable de resultados de estudios nutricionales en los que los investigadores siguen a miles de personas durante algunos años, haciendo seguimiento de lo que comen, qué suplementos toman, y cómo cambia su salud a lo largo del estudio.  «Entonces los investigadores comienzan a preguntar: ‘¿Qué hizo la vitamina E? ¿Qué hicieron la vitamina C o D o A? ¿Qué cambió con la ingesta de calorías o la ingesta de proteínas o grasas?  ¿Qué pasó con los niveles de colesterol?  ¿Quién tiene qué tipo de cáncer?’ «, dice.  «Pasan todo por el molino, uno a la vez, y comienzan a encontrar asociaciones, y eventualmente concluyen que la vitamina X reduce el riesgo del cáncer Y, o esta comida ayuda con el riesgo de esa enfermedad».  En una sola semana todo esto madura, y las páginas de noticias de Google empiezan a ofrecer estos titulares: «El aumento de grasas omega-3 no ayuda a los pacientes con enfermedades cardíacas»; «Las frutas y verduras reducen el riesgo de cáncer para los fumadores»; «La soya puede aliviar los problemas del sueño en las mujeres mayores»; y docenas de historias similares.

    Cuando un estudio de cinco años con 10.000 personas encuentra que aquellos que toman más vitamina X tienen menos probabilidades de contraer el cáncer Y, uno empieza a pensar que existen muy buenas razones para tomar más vitamina X, y los médicos rutinariamente pasan estas recomendaciones a los pacientes.  Pero estos estudios a menudo se contradicen agudamente el uno al otro.  Los estudios han ido y venido hablando sobre los poderes preventivos del cáncer, de las vitaminas A, D y E; sobre los beneficios para la salud del corazón al comer grasas y carbohidratos; e incluso sobre la cuestión de si tener sobrepeso es más probable que extienda o acorte tu vida.  ¿Cómo deberíamos escoger entre estos hallazgos nutricionales dudosos y de alto perfil?  Ioannidis sugiere un enfoque simple: ignórelos todos.

    Para empezar, explica, lo más probable es que en cualquier gran base de datos de muchos factores nutricionales y de salud, aparezcan algunas conexiones que de hecho son meras casualidades, y no efectos reales para la salud ─es un poco como peinar largas cadenas aleatorias de cartas de baraja y pretender que hay un mensaje importante en las palabras que podrían aparecer.  Pero incluso si un estudio logró resaltar una conexión de salud genuina con algún nutriente, es poco probable que usted se beneficie mucho de consumir más, porque consumimos miles de nutrientes que actúan en conjunto como una especie de red, y el consumo cambiante de solo uno de ellos es probable que produzca ondas en toda la red, ondas que son demasiado complejas para que estos estudios las detecten, y es tan probable que le hagan daño como que le ayuden.  Incluso si el cambiar ese único factor provoca una supuesta mejoría, aún hay una buena posibilidad de que no le sirva de mucho en el largo plazo, porque estos estudios raramente continúan el tiempo suficiente como para rastrear el curso de enfermedades que duran varias décadas y finalmente causan la muerte.  En cambio, estos estudios rastrean «marcadores» de salud fácilmente mensurables como niveles de colesterol, presión arterial y niveles de azúcar en la sangre, y los metaexpertos han demostrado que los cambios en estos marcadores a menudo no se correlacionan con la salud a largo plazo, como se ha llegado a creer.

    En ocasiones relativamente raras, cuando un estudio continúa el tiempo suficiente para rastrear la mortalidad, los hallazgos con frecuencia anulan los resultados de los estudios más cortos.  (Por ejemplo, aunque la gran mayoría de los estudios de personas con sobrepeso relacionan el exceso de peso con la mala salud, la mayoría de ellos no ha demostrado convincentemente que las personas con sobrepeso probablemente mueran antes, y algunos de ellos aparentemente han demostrado que las personas con sobrepeso moderado es probable que vivan más tiempo).  Y estos problemas son distintos de los omnipresentes errores de medición (por ejemplo, la gente suele informar erróneamente sus dietas en los estudios); y aquellos análisis inapropiados (los investigadores confían en un software complejo capaz de hacer malabares con resultados que no siempre entienden); y el problema menos común, pero grave, del fraude absoluto (que, según estudios confidenciales, se ha revelado estar mucho más difundido de lo que los científicos desearían reconocer).

    Si un estudio de alguna manera evita cada uno de estos problemas y encuentra una conexión real con los cambios a largo plazo en la salud, esto aún no garantiza que usted se beneficie, porque los estudios informan resultados promedio, que típicamente representan una amplia gama de resultados individuales.  Si usted se encuentra entre la minoría afortunada que se beneficia, no espere una mejora notable en su salud, porque los estudios generalmente detectan efectos modestos que simplemente tienden a reducir sus posibilidades de sucumbir a una enfermedad en particular, de pequeñas a algo más pequeñas.  «Las probabilidades de que algo útil sobreviva de cualquiera de estos estudios son pobres», dice Ioannidis, descartando de un soplo una buena parte de la investigación en la que hundimos unos US$100 mil millones al año, solo en los Estados Unidos.

    Y lo mismo ocurre con todos los estudios médicos, dice él.  De hecho, los estudios nutricionales no son los peores.  Los estudios sobre drogas tienen la fuerza corruptora adicional del conflicto financiero de intereses.  Los emocionantes vínculos entre genes y varias enfermedades y rasgos, que son incesantemente promocionados en la prensa para anunciar tratamientos milagrosos a la vuelta de la esquina para todo, desde el cáncer de colon hasta la esquizofrenia, han demostrado ser tan vulnerables al error y la distorsión, como Ioannidis ha descubierto, que en algunos casos también usted habría hecho algo parecido lanzando dardos a una tabla del genoma.   (Estos estudios parecen haber mejorado algo en los últimos años, pero aún no se sabe si se mantendrán o serán útiles en el tratamiento).  Vioxx, Zelnorm y Baycol fueron algunos de los fármacos ampliamente recetados, que se encontraron seguros y efectivos en los grandes estudios de ensayos controlados aleatorios, antes de que fueran retirados del mercado por ser inseguros o no tan efectivos, o las dos cosas.

    «A menudo, las afirmaciones hechas por los estudios son tan extravagantes, que se pueden tachar inmediatamente sin necesidad de saber mucho sobre los problemas específicos de los estudios», dice Ioannidis.  Pero, por supuesto, es esa extravagancia en las afirmaciones (un gran ensayo aleatorio controlado incluso demostró que el rezo secreto de grupos desconocidos puede salvar la vida de pacientes con cirugía cardíaca, mientras que otro demostró que el rezo secreto puede dañarlos) la que ayuda a obtener estos hallazgos en las revistas y luego en nuestros tratamientos y estilos de vida, en especial cuando la afirmación se basa en pruebas impresionantes.  «Incluso cuando la evidencia muestra que una idea particular de investigación es incorrecta, si usted tiene a miles de científicos que han invertido sus carreras en esa idea, ellos continuarán publicando documentos sobre ella», dice él.  «Es como una epidemia, en el sentido de que los que están infectados con estas ideas equivocadas las difunden a otros investigadores a través de revistas».

    AUNQUE LOS CIENTÍFICOS y los periodistas científicos hablan constantemente sobre el valor del proceso de revisión por pares, los investigadores admiten entre sí que los estudios tendenciosos, erróneos, e incluso flagrantemente fraudulentos, se deslizan fácilmente a través de estas revisiones. Nature, la gran dama de las revistas científicas, afirmó en un editorial de 2006: «Los científicos entienden que la revisión por pares solo proporciona una mínima garantía de calidad y que la concepción pública de la revisión por pares como un sello de autenticación está lejos de la verdad.»  Además, el proceso de revisión por pares a menudo presiona a los investigadores para que eviten buscar en direcciones genuinamente nuevas, y en su lugar, aprovechen los hallazgos de sus colegas (es decir, sus posibles revisores) de maneras que solo aparentan ser avances importantes, como ocurre con los vínculos genéticos que suenan emocionantes (¡se han identificado los genes del autismo!) y los hallazgos nutricionales (¡el aceite de oliva reduce la presión sanguínea!), los cuales en realidad son variaciones dudosas y contradictorias sobre un tema.

    La mayoría de los editores de revistas ni siquiera afirman estar protegidos contra los problemas que plagan estos estudios.  Los supervisores de investigación de la universidad y el gobierno rara vez intervienen directamente para hacer cumplir la calidad de la investigación, y cuando lo hacen, la comunidad científica se vuelve loca por la interferencia externa.  Se supone que la máxima protección contra el error y el sesgo de la investigación provienen de la forma en que los científicos constantemente vuelven a examinar los resultados de los otros; excepto que no lo hacen.  Solo es probable que se examinen los hallazgos más destacados, ya que quizás haya una rentabilidad en la publicación, al reafirmar la prueba o al contradecirla.

    Pero también en los estudios más influyentes de la medicina, la evidencia a veces permanece sorprendentemente estrecha.  De esos 45 estudios súper citados en los que Ioannidis se enfocó, 11 nunca habían sido probados nuevamente.  Lo que quizás es peor, Ioannidis descubrió que incluso cuando se descubre un error de investigación, este por lo general persiste durante años o décadas.  Él analizó tres prominentes estudios de salud, de las décadas de 1980 y 1990, que fueron refutados más tarde cada uno de ellos, y descubrió que los investigadores continuaron citando los resultados originales como correctos antes que como defectuosos ─en un caso la citación duró al menos 12 años después de que los resultados fueron desacreditados.

    Los médicos pueden notar que a sus pacientes no les va tan bien con ciertos tratamientos como la literatura los lleva a esperar, pero el campo está apropiadamente condicionado para subyugar tal evidencia anecdótica a los hallazgos del estudio.  Sin embargo, gran parte, quizás incluso la mayoría, de lo que hacen los médicos nunca ha sido formalmente puesto a prueba en estudios creíbles, dado que la necesidad de hacerlo se hizo obvia en el campo solo en la década de 1990, dejándola de ponerse al día con un siglo o más de medicina no–basada-en-evidencia, y que contribuye a la sorprendentemente alta estimación de Ioannidis del grado en que el conocimiento médico es defectuoso.  Que no nos enfermemos gravemente de forma rutinaria por este déficit, argumenta él, se debe en gran medida al hecho de que la mayoría de las intervenciones y consejos médicos no abordan las situaciones de vida o muerte, sino que pretenden dejarnos un poco más saludables o menos insanos, por lo que generalmente no ganamos ni arriesgamos demasiado.

    La investigación médica no es la única plagada de errores.  Otros expertos en metainvestigación han confirmado que problemas similares en la distorsión de la investigación se presentan en todos los campos de la ciencia, desde la física a la economía (donde los prestigiosos economistas J. Bradford DeLong y Kevin Lang mostraron una vez cómo una escasez notablemente consistente de evidencia sólida en estudios económicos publicados hacía poco probable que alguno de ellos tuviera razón).  Y no hace falta decir que las cosas solo empeoran cuando se trata de la experiencia popular que se nos arroja sin parar desde la dieta, las relaciones, la inversión y los gurús y expertos en crianza.  Pero esperamos más de los científicos, y especialmente de los científicos médicos, dado que creemos que estamos arriesgando nuestras vidas en sus resultados.  El público apenas reconoce lo mala que es esta apuesta.  La comunidad médica misma podría no ser muy consciente del alcance del problema, si Ioannidis no hubiera forzado una confrontación cuando publicó sus estudios en 2005.

    Ioannidis inicialmente pensó que la comunidad saldría a pelearle.  Por el contrario, pareció aliviado, como si hubiera estado sintiéndose culpable, esperando que alguien hiciera sonar el silbato, y lo que estaban era ansiosos por escuchar más.  David Gorski, cirujano e investigador del Instituto del Cáncer Barbara Ann Karmanos de Detroit, señaló en su destacado blog médico que cuando presentó el trabajo de Ioannidis como una investigación altamente citada en una reunión profesional, «ninguno de mis colegas quirúrgicos se sorprendió en lo más mínimo o se sintió perturbado por sus hallazgos.»  Ioannidis ofrece una teoría para la recepción relativamente tranquila.  «Creo que la gente no sintió que solo estaba tratando de provocarlos, porque demostré que era un problema de la comunidad, en lugar de apuntar con los dedos a ejemplos individuales de mala investigación», dice.  En cierto sentido, les dio a los científicos la oportunidad de cloquear sobre el error, sin tener que reconocer que ellos mismos sucumbieron a él, y que era algo que todos los demás venían haciendo.

    Decir que el trabajo de Ioannidis ha sido adoptado sería una subestimación.  Su documento de Medicine PLoS es el más descargado en la historia de la revista, y ni siquiera es el trabajo más citado de Ioannidis, un artículo que publicó en Nature Genetics sobre los problemas con los estudios genéticos.  Otros investigadores están ansiosos por trabajar con él: ha publicado artículos con 1.328 coautores diferentes en 538 instituciones en 43 países, dice.  El año pasado recibió, según su estimación, invitaciones para hablar en 1.000 conferencias e instituciones en todo el mundo, y estaba aceptando un promedio de cinco invitaciones por mes, hasta que un caso de vértigo inducido por viajes excesivos lo llevó a parar.  Aun así, en las semanas previas a mi visita, él se había dirigido a una conferencia sobre el SIDA en San Francisco, a la Sociedad Europea de Investigación Clínica, la Escuela de Salud Pública de Harvard y las facultades de medicina de Stanford y Tufts.

    La ironía de que haya logrado este tipo de éxitos acusando a la comunidad de investigación médica de perseguir el éxito, no le pasa desapercibida, y señala que debería plantearse la cuestión de si él mismo podría exagerar sus hallazgos.  «Si hiciera un estudio y los resultados mostraran que de hecho no había realmente mucho prejuicio en la investigación, ¿estaría dispuesto a publicarlo?», pregunta.  «Eso crearía un verdadero conflicto psicológico para mí».  Pero su mayor preocupación, dice, es que mientras sus colegas investigadores parecen captar el mensaje, no necesariamente ha obligado a nadie a hacer un mejor trabajo.  Teme que al final no haya hecho mucho para mejorar la salud de nadie.  «Puede que no haya objeciones feroces a lo que estoy diciendo», explica.  «Pero es difícil cambiar la forma en que los médicos, los pacientes y las personas sanas piensan y se comportan todos los días».

    Como una escalera ascendente alrededor de una torre, que es como se ve el campus de la Facultad de Medicina de la Universidad de Ioannina, el hospital contiguo luce tranquilizadoramente impasible.  Athina Tatsioni me ha ofrecido hacer un recorrido por las instalaciones, pero solo llegamos hasta la entrada cuando la saluda una mujer mayor de aspecto preocupado.  Tatsioni, normalmente un poco reservada, es cálida y animada con la mujer, y las dos tienen una breve, pero intensa conversación antes de abrazarse y decir adiós.  Tatsioni me explica que la mujer y su esposo eran pacientes de ella hace años; ahora el marido ha ingresado en el hospital con dolores abdominales, y Tatsioni le ha prometido que pasará por su habitación para saludarla más tarde.  Recordando la historia de la apendicitis, la probé un poco, y ella confiesa que planea hacer su propio examen.  Sin embargo, ella necesita ser circunspecta, por lo que no parecerá estar dudando de los otros doctores.

    Tatsioni no teme tanto que alguien recorte el apéndice sano del hombre.  Por el contrario, le preocupa que, al igual que a muchos pacientes, le termine prescribiendo múltiples medicamentos que harán poco por ayudarlo y que podrían dañarlo.  «Generalmente lo que sucede es que el médico pedirá un conjunto de pruebas bioquímicas: grasa hepática, función del páncreas, etcétera», me dice.  «En las pruebas podría aparecer algo, pero probablemente sean irrelevantes.  Es mucho más probable que una buena charla con el paciente y obtener un historial cercano me diga qué sucede”.   Por supuesto, todos los médicos han sido entrenados para ordenar estas pruebas, señala, y hacerlo es mucho más rápido que una larga conversación de cabecera.  También están capacitados para proteger al paciente contra cualquier medicamento que pueda descontrolar los números de los exámenes, y hacer que las cosas vuelvan a su normalidad.  Lo que no están capacitados para hacer es volver atrás y mirar los documentos de investigación que ayudaron a hacer de estos medicamentos el estándar de atención.  «Cuando miras los papeles, a menudo encuentras que los medicamentos ni siquiera funcionan mejor que un placebo.  Y nadie probó cómo funcionaban en combinación con las otras drogas», dice ella.  «Simplemente sacar al paciente de todo, puede mejorar su salud de inmediato».  Pero no solo está revisando la investigación como otra tarea que lleva mucho tiempo; a los pacientes a menudo ni siquiera les gusta cuando les quitan sus medicamentos, explica; ellos encuentran sus recetas tranquilizadoras.

    Más tarde, Ioannidis me dice que se asegura de tener a varios médicos en su equipo.  «Los investigadores y los médicos a menudo no se entienden entre sí; hablan diferentes idiomas», dice.  Sabiendo que algunos de sus investigadores están pasando más de la mitad de su tiempo en la atención de pacientes, siente que el equipo está mejor posicionado para cerrar esa brecha; su experiencia informa la investigación del equipo con conocimiento de primera mano, y ayuda al equipo a configurar sus documentos de una manera más probable de llegar a casa con los médicos.  No es que prevea que los médicos tomen todas sus decisiones basándose únicamente en evidencia sólida; simplemente hay demasiada complejidad en el tratamiento del paciente para precisar cada situación con un gran estudio.  «Los médicos necesitan confiar en el instinto y el juicio para tomar decisiones», dice.  «Pero estas elecciones deberían estar lo más informadas posible a través de la evidencia.  Y si la evidencia no es buena, los doctores deberían saber eso también.  Y también deberían saberlo los pacientes «.

    De hecho, la cuestión de si los problemas con la investigación médica deberían ser transmitidos al público es persistente en la comunidad de metainvestigación.  Sintiendo ya que están luchando para evitar que los pacientes recurran a tratamientos médicos alternativos como la homeopatía, o que se diagnostiquen erróneamente en Internet, o que simplemente descuiden el tratamiento médico, muchos investigadores y médicos no están dispuestos a proporcionar más razones para ser escépticos de lo que hacen los médicos; por no mencionar cómo el desencanto público con la medicina podría afectar el financiamiento de la investigación.  Ioannidis rechaza estas preocupaciones.  «Si no le hablamos al público sobre estos problemas, entonces no somos mejores que los no científicos que dicen falsamente que pueden sanar», dice.  «Si los medicamentos no funcionan y no estamos seguros de cómo tratar algo, ¿por qué deberíamos reclamar de manera diferente?  Algunos temen que haya menos fondos si dejamos de afirmar que podemos demostrar que tenemos tratamientos milagrosos.  Pero si realmente no podemos proporcionar esos milagros, de todos modos, ¿cuánto tiempo más podremos engañar al público?  La empresa científica es probablemente el logro más fantástico de la historia de la humanidad, pero eso no significa que tengamos derecho a exagerar lo que estamos logrando».

    Podríamos resolver gran parte del problema de las equivocaciones, dice Ioannidis, si el mundo simplemente dejara de esperar que los científicos tengan razón.  Eso es porque estar equivocado en la ciencia está bien, e incluso es necesario, siempre y cuando los científicos reconozcan cuando inflan los estudios, que denuncien abiertamente su error en lugar de disfrazarlo como un éxito, y luego pasen a lo siguiente, hasta que encuentren el muy ocasional descubrimiento genuino.  Pero mientras las carreras sigan estando supeditadas a la producción de una corriente de investigación que parece más adecuada de lo que es, los científicos seguirán entregando exactamente eso.

    «La ciencia es una empresa noble, pero también es un esfuerzo de bajo rendimiento», dice.  «No estoy seguro de que más que un porcentaje muy pequeño de investigación médica pueda llevar a mejoras importantes en los resultados clínicos y la calidad de vida.  Deberíamos estar muy cómodos con eso que se hace».

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    DAVID H. FREEDMAN es el autor de “Wrong: por qué los expertos nos siguen fallando, y cómo saber cuándo no confiar en ellos”.  Ha sido contribuidor atlántico desde 1998.

     

  • LA VERDAD SOBRE EL ASBESTO CRISOTILO

    LA VERDAD SOBRE EL ASBESTO CRISOTILO

     HOJA DE HECHOS

    Los siguientes hechos representan los conocimientos sobre el asbesto crisotilo, la única forma de asbesto comercializado actualmente.

    Hecho No. 1: El crisotilo ha sido la única variedad de asbesto explotado comercialmente en masa durante las últimas dos décadas, y constituye más del 95% de todo el asbesto mercadeado durante el siglo pasado. Los últimos datos demuestran que el uso global de asbesto crisotilo es de alrededor de 2 millones de toneladas métricas por año (USGS, 2013)[1].

    Hecho No. 2. El crisotilo se encuentra con frecuencia contaminado con variedades anfíbolas de asbesto, más comúnmente con la tremolita (IARC, 2012)[2]. Sin embargo, para el caso del crisotilo canadiense, se ha demostrado capaz de causar enfermedades y no se ha encontrado que contenga tremolita (Frank et al., 1998)[3].

    Hecho No. 3. Se ha demostrado que el crisotilo causa asbestosis, cáncer de pulmón, mesotelioma y cáncer de laringe y ovarios (IPCS, 1998[4]; WTO, 2001[5]; IARC, 2012; WHO, 2014[6]; Collegium Ramazzini, 2015[7]).

    Hecho No. 4. Los últimos datos demuestran que la carga global de los cánceres relacionados con el asbesto están por el orden de 194.000 muertes por año en el 2013, frente a 94.000 en 1990 (un incremento de más del 100%) con una carga de años de vida ajustados por discapacidad (AVADs: años de vida ajustados por discapacidad) de 3.402.000 – superior en un 94% desde 1990 y que representa casi dos tercera partes de la carga global de todos los carcinógenos ocupacionales (GBD, 2015[8]).

    Hecho No. 5. Actualmente, por lo menos 55 países han prohibido el uso de todas las formas de asbesto (IBAS, 2015)[9].

    Hecho No. 6. Se ha establecido que no existe un valor límite de exposición al asbesto por debajo del cual los individuos estén libres del riego a contraer enfermedades relacionadas con el asbesto  – incluyendo aquellos expuestos al crisotilo (Comisión Real, 1984[10]; IARC, 1977[11], 2012; IPCS 1998; IPCS 2004-2012[12]; Collegium Ramazzini, 2015).

    Hecho No. 7. En 2001, la Organización Mundial del Comercio informó: «El panel de Especialistas constató también que la eficacia del «uso controlado «es particularmente dudosa para la industria de la construcción y para operarios caseros entusiastas [HUM. Hágalo usted mismo.], que son los usuarios más importantes de productos en cemento cuya base contiene asbesto crisotilo«. La OMC declaró «… observamos que la carcinogenicidad de las fibras de crisotilo se ha reconocido desde hace tiempo por los cuerpos competentes internacionales. Esta carcinogenicidad fue confirmada por los expertos consultados del panel de especialistas, con respecto tanto a los cánceres de pulmón y los mesoteliomas, a pesar de que los expertos reconocieron que el crisotilo es menos probable que cause mesoteliomas que los anfíboles. También observamos que los expertos han confirmado que los tipos de cánceres presentan una tasa de mortalidad cercana al 100 por ciento. Por lo tanto, consideramos que tenemos pruebas suficientes de que representa en realidad, un riesgo carcinogénico serio relacionado con la inhalación de fibras de crisotilo «(WTO, 2001)[13].

    Hecho No. 8. Existen sustitutos más seguros para reemplazar al crisotilo, eliminando así la necesidad del uso de cualquier tipo de asbesto en el comercio. (IPCS 1998; Harrison et al., 1999[14]; CSTEE, 2002[15]; WBG, 2009[16]; WHO, 2011[17]; Collegium Ramazzini, 2015).

    Hecho No. 9. La Organización Internacional del Trabajo resolvió que:

    a) la supresión del uso futuro del asbesto y la identificación y la gestión adecuada del asbesto instalado actualmente constituyen el medio más eficaz para proteger a los trabajadores de la exposición al asbesto y para prevenir futuras enfermedades y muertes relacionadas con el asbesto, y

     b) no debería esgrimirse el Convenio sobre el asbesto, 1986 (núm. 162) para justificar o respaldar la continuación del uso del asbesto. (OIT, 2006)[18].

     Hecho No. 10. En octubre de 2013, la Comisión Internacional de Salud Ocupacional (ICOH por sus siglas en inglés) declaró «Existe suficiente evidencia en seres humanos sobre la carcinogenicidad de todas las formas de asbesto (crisotilo, crocidolita, amosita, tremolita, actinolita y antofilita)» (ICOH, 2013)[19].

    Hecho No. 11. El 4 de junio de 2012, el Comité de Políticas Conjuntas de las Sociedades de Epidemiología de EE.UU., (JPC-SE. Joint Policy Committee of the Societies of Epidemiology por sus siglas en inglés) después de «[A] Un examen riguroso de la evidencia epidemiológica confirma que todos los tipos de fibras de asbesto están implicadas causalmente en el desarrollo de diversas enfermedades y muertes prematuras. «el JPC-SE» hace un llamado a una prohibición global de la minería, el uso y la exportación de todas las formas de asbesto, y aún más, el JPC-SE describe cómo «al igual que la industria del tabaco, la industria del asbesto ha financiado y manipulado la investigación para la fabricación de resultados favorables a sus propios intereses. Se han establecido organizaciones pantalla que dicen ser institutos científicos expertos, como el Instituto Canadiense del crisotilo, el Instituto crisotilo de Rusia, y el Instituto Brasileño del crisotilo. Pero son en realidad, grupos de presión que promueven el uso continuado del asbesto. «(JPC-SE, 2012)[20].

    Hecho No. 12. En 2014, una reunión de carácter multidisciplinar de científicos reunidos en Helsinki, (Finlandia) acordó que todos los tipos de asbesto provocan cáncer en el hombre y que «Con el fin de evitar que la epidemia de enfermedades relacionadas con el asbesto se repitan entre los trabajadores y las comunidades en el mundo en desarrollo, es esencial detener el uso renovado del asbesto» (Declaración de Helsinki, 2014)[21].

    Hecho No. 13. En 2015, el Collegium Ramazzini (CR) reafirmó su ya muy bien conocida posición sobre la extensa disponibilidad de materiales más seguros y alternativas efectivas en costos que existen para el asbesto, incluyendo el asbesto crisotilo. El Colegio Ramazzini apoya tanto la posición de la OMS del año 2006, donde hace un llamado para dejar de utilizar todos los tipos de asbesto, y la publicación del año 2014 de la OMS sobre el asbesto crisotilo, donde dice que todas las formas de asbesto, incluyendo al crisotilo, están causalmente asociados con el incremento del riesgo del cáncer de pulmón, de laringe y ovario, así como del mesotelioma y la asbestosis. Y esto está en concordancia con una reciente evaluación hecha por la agencia internacional para la investigación del cáncer. (IARC)» (Collegium Ramazzini, 2015; OMS, 2006[22]; OMS, 2014[23]).

    Hecho No. 14. Los sindicatos alrededor del mundo igualmente se han pronunciado, como la Confederación de Sindicatos Internacional, (ITUC por sus siglas en inglés), la Internacional de Trabajadores de la Construcción y la Madera (BWI), el sindicato mundial de todas las industrias (IndustriAll Global Union), quienes representan a millones de trabajadores alrededor del mundo, haciendo llamados para la prohibición del asbesto, porque se desarrollen programas de transición para trabajadores desplazados y se tomen medidas para trabajadores y comunidades afectadas. (ITUC, 2006[24]; BWI, 2014[25]; IndustriAll, 2014[26]).

     

    (Los siguientes hechos se refieren específicamente a los riesgos derivados de productos para techos que contienen asbesto).

     Hecho No. 15. El estudio reciente de Ferrante et al, 2015 «proporciona una fuerte evidencia de una asociación entre el mesotelioma pleural y el uso de techos en asbesto-cemento (OR=2,5; 95% CI 1,4 a 4,5) y el pavimento que contiene residuos de asbesto ((OR=3.6, 95% CI 1.4 to 9.2) (Ferrante et al, 2015[27]. Stayner, 2015[28]).

    Hecho No. 16. Reconociendo el peligro para la salud humana planteados por el asbesto y la contaminación del medio ambiente posteriores a la destrucción de los productos que contienen asbesto, después que se presentan desastres hechos por el hombre o la naturaleza, el Grupo del Banco Mundial, las organizaciones humanitarias y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, han recomendado que los materiales que contienen asbesto, incluyendo productos para la construcción de fibrocemento no se deben utilizar en las operaciones de socorro. (WBG, 2009[29]; GSC, 2010[30]; UNHCR, 2005[31]).

    Hecho No. 17. Existe una fuerte evidencia de la aparición de enfermedades relacionadas con el asbesto de carácter no laboral, como resultado de la exposición doméstica o ambiental al asbesto; en particular, entre los miembros de las familias que viven con los trabajadores del asbesto (NIOSH, 1995[32]; Ferrante et al, 2015; Stayner, 2015).

    Hecho No. 18. «Para techos en lugares remotos, se pueden fabricar tejas de hormigón ligero utilizando cemento, arena y grava; y, opcionalmente, fibras vegetales disponibles a nivel local como el yute, cáñamo, sisal, palma de nuez, fibra de coco, kenaf, y pulpa de madera. Tejas para techos en hierro galvanizado y arcilla son otros materiales alternativos. Los sustitutos para tuberías de fibrocemento incluyen tubería de hierro dúctil, tubería de polietileno de alta densidad, y las tuberías de concreto reforzado con hilos de metal». (CR, 2015; WBG, 2011[33]; WHO, 2009).

    Hecho No. 19. La Organización Mundial del Comercio «considera que las pruebas que existen tienden a mostrar que la manipulación  de productos en crisotilo-cemento constituyen un riesgo para la salud, en lugar de lo contrario. (Énfasis añadido)» (WTO, 2001[34]).

    Hecho No. 20. La Organización Mundial de la Salud advierte que «El uso continuo de asbesto-cemento en la industria de la construcción es una preocupación particular, debido a que la fuerza de trabajo es grande, es difícil de controlar la exposición, y los materiales en el lugar de trabajo tienen el potencial de deteriorarse y suponer un riesgo para las personas que llevan a cabo las reformas, el mantenimiento y la demolición. En sus diversas aplicaciones, el asbesto puede ser reemplazado por materiales en fibras y otros productos que entrañan menos o ningún riesgo para la salud «(OMS, 2006[35]).

     

    Resumen de los hechos:

    A lo largo de los últimos treinta años, las organizaciones científicas y agencias gubernamentales han revisado a fondo y de forma meticulosa gran cantidad de datos publicados sobre el asbesto, y han llegado a la conclusión de que todos los tipos de fibras comercialmente viables en asbesto (incluidos amosita, antofilita, actinolita, crisotilo, crocidolita y tremolita) provocan enfermedad y muerte resultantes de la asbestosis, el cáncer de pulmón, el mesotelioma y el cáncer de laringe y de ovarios. No se ha identificado ningún nivel seguro de exposición a cualquier tipo de asbesto; es decir, no existe ningún valor umbral por debajo del cual todos los individuos estarían libres del riesgo de contraer una enfermedad relacionada con el asbesto. Por lo tanto, apoyamos la prohibición inmediata del uso de cualquier forma de productos que contengan asbesto, incluidos los que contienen crisotilo, y abogamos por su completa eliminación.

     

    FIRMADO POR:

    RICHARD A. LEMEN, PhD, MSPH, Assistant Surgeon General (ret.), Rear Admiral, USPHS (ret.); Adjunct Professor, Rollins School of Public Health, Emory University, Atlanta, GA, USA

    KEN TAKAHASHI, MD, PhD, MPH, Professor of Environmental Epidemiology, Director of the WHO-CC for Occupational Health, IIES, Director of the International Center, University of Occupational and Environmental Health, Japan

    PROF. MOHAMED F JEEBHAY, MBChB, MPH, PhD, Occupational Medicine Physician and Director of the School of Public Health and Family Medicine, University of Cape Town, South Africa

    TUSHAR KANT JOSHI, FRCS, FFOM, Director, OEM Programme, Centre for Occupational & Environmental Health, Maulana Azad Medical College, New Delhi, India; Former Occupational Health Consultant, WHO India; Fellow, Collegium Ramazzini; Visiting Professor, Occupational Health, Drexel University, USA

    COLIN L SOSKOLNE, Professor emeritus, University of Alberta, Edmonton, Canada; Adjunct Professor [July 1, 2013 – June 30, 2016], Faculty of Health, University of Canberra, Australia; Chair, International Joint Policy Committee of the Societies of Epidemiology (IJPC-SE)

    DOMYUNG PAEK, MD, MSc, ScD, Professor, Former Dean, School of Public Health, Seoul National University, Korea; Former President, Korean Society of Environmental Health

    DARIO MIRABELLI, MD. Unit of Cancer Epidemiology, University of Turin (Italy) and CPO Piemonte

     

    NOTA: Los títulos y las afiliaciones se dan sólo con fines de identificación.

     

    TRADUCCIÓN:

    Guillermo Villamizar

     

    [1] USGS. 2013. Minerals Yearbook: Asbestos. United States Geological Survey [Advance Release], U.S. Department of the Interior.

    http://minerals.usgs.gov/minerals/pubs/commodity/asbestos/myb1-2013-asbes.pdf

    [2] IARC, 2012. International Agency for Research on Cancer. IARC Monographs Volume 100C: Arsenic, Metals, Fibres and Dusts; A Review of Human Carcinogens.

    http://monographs.iarc.fr/ENG/Monographs/vol100C/mono100C.pdf

    [3] Frank AL, Dodson RF, Williams MG, 1998. Carcinogenic implications of the lack of tremolite in UICC Reference Chrysotile. Am J Indust Med. 34: 314-317.

    [4] IPCS, 1998. Environmental Health Criteria 203 – Chrysotile Asbestos. International Programme on Chemical Safety, United Nations Environment Programme, the International Labour Organisation, and the World Health Organization, Geneva; WHO.

    http://www.inchem.org/documents/ehc/ehc/ehc203.htm

    [5] WTO, 2001. European Communities-Measures Affecting Asbestos and Asbestos-Containing Products. AB-2000-11. World Trade Organization. 12 March.

    https://www.wto.org/english/tratop_e/dispu_e/135abr_e.pdf

    [6] WHO, 2014. Chrysotile Asbestos. World Health Organization.

    http://www.who.int/ipcs/assessment/public_health/chrysotile_asbestos_summary.pdf

    [7] Collegium Ramazzini, 2015. The Global Health Dimensions of Asbestos and Asbestos-Related Diseases. Castello di Bentivoglio, Via Saliceto, 3, 40010 Bentivoglio , Bologna, Italy.

    http://www.collegiumramazzini.org/download/18_EighteenthCRStatement(2015).pdf

     

    [8] GBD, 2015. Global, regional, and national comparative risk assessment of 79 behavioural, environmental and occupational, and metabolic risks or clusters of risk in 188 countries, 1990-2013: a systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2013. Lancet. Published Online September 10, 2015.

    http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736(15)00128-2/fulltext

    [9] IBAS, 2015. Current Asbestos Bans and Restrictions, Compiled by Laurie Kazan-Allen. International Ban Asbestos Secretariat, 2015.

    http://www.ibasecretariat.org/alpha_ban_list.php

    [10] Royal Commission, 1984. Report of the Royal Commission on Matters of Health and Safety Arising from the Use of Asbestos in Ontario. Authors: Dupre JS, Mustard JF, Uffen RJ. , Ontario Ministry of the Attorney General, Queen’s Printer for Ontario , Toronto.

    [11] IARC, 1977. IARC Monographs on the Evaluation of Carcinogenic Risk of Chemicals to Man- Asbestos. Vol. 14. International Agency for Research on Cancer, World Health Organization, Lyon, France, pp. 106.

    [12] IPCS 2004-2012. Chrysotile. IPCS INCHEM, International Programme on Chemical Safety. Prepared in the context of cooperation between the International Programme on Chemical Safety and the European Commission.

    [13] WTO, 2001. European Communities-Measures Affecting Asbestos and Asbestos-Containing Products. AB-2000-11. World Trade Organization. 12 March.

    https://www.wto.org/english/tratop_e/dispu_e/135abr_e.pdf

    [14] Harrison TCP, Levy SL, Patrick G, Pigott GH, Smith LL, 1999. Comparative hazards of chrysotile asbestos and its substitutes: A European perspective. Envir Hlth Perspect; 107: 607-611.

    [15] CSTEE, 2002. Risk to human health from chrysotile asbestos and organic substitutes. Scientific Committee on Toxicity, Ecotoxicity and the Environment (CSTEE). The Opinion of EU committee about the human risk of organic fibers (Cellulose, PVA, p-Aramid) as asbestos substitutes. Brussels, C2/GF/csteeop/Asbestos 17122002/D(02), 17 December.

    [16] WBG, 2009. Good Practice Note: Asbestos: Occupational and Community Health Issues, May, World Bank Group.

    [17] WHO, 2011. National Programmes for Elimination of Asbestos-Related Diseases: Review and Assessment 07-08 June 2011, Bonn. Annex 4: Review of substitutes for asbestos construction products by a WHO-temporary advisor, World Health Organization Regional Office for Europe: pp 22-29.

    http://www.euro.who.int/__data/assets/pdf_file/0005/176261/National-Programmes-For-Elimination-Of-Asbestos-related-Diseases-Review-And-Assessment.pdf

    [18] http://www.ilo.org/safework/info/standards-and-instruments/WCMS_108556/lang–en/index.htm

    [19] ICOH, 2013. ICOH Statement: Global Asbestos Ban and the Elimination of Asbestos-Related Diseases. International Commission on Occupational Health.

    http://www.icohweb.org/site_new/multimedia/news/pdf/ICOH%20Statement%20on%20global%20asbestos%20ban.pdf

    [20] JPC-SE, 2012. Position Statement on Asbestos from the Joint Policy Committee of the Societies of Epidemiology (JPC-SE), June 4.

    https://www.ijpc-se.org/documents/03.JPC-SE-Position_Statement_on_Asbestos-June_4_2012-Full_Statement_and_Appendix_A.pdf

    [21] Helsinki Declaration, 2014. The Helsinki Declaration on Management and Elimination of Asbestos-Related Diseases. Adopted by the International Conference on Monitoring and Surveillance of Asbestos-Related Diseases, 10-13 February 2014, Finnish Institute of Occupational Health and International Commission on Occupational Health Espoo, Finland.

    http://www.ttl.fi/en/international/conferences/helsinki_asbestos_2014/Documents/20%20March%202014%20Final%20Signed%20Declaration%20for%20website.pdf

    [22] WHO, 2006. Elimination of Asbestos-related Diseases. World Health Organization.

    http://whqlibdoc.who.int/hq/2006/WHO_SDE_OEH_06.03_eng.pdf?ua=1

    [23] WHO, 2014. Chrysotile Asbestos. World Health Organization.

    http://www.who.int/ipcs/assessment/public_health/chrysotile_asbestos_summary.pdf

    [24] ITUC, 2006. Adopted by the Founding Congress of the ITUC [International Trade Union Confederation] Vienna, November 1–3, 2006).

    http://www.ituc-csi.org/IMG/pdf/Programme_of_the_ITUC.pdf

    [25] BWI, 2014. World Board Resolution on Asbestos. Building and Woodworkers International. May 14. http://www.bwint.org/default.asp?index=5538

    [26] IndustriAll, 2014. Asbestos is a Killer. IndustriAll and BWI. 2014.

    http://www.industriall-union.org/sites/default/files/uploads/documents/Asbestos/a4_asbestos_8pp_en_web.pdf

    [27] Ferrante D, Mirabelli D, Tunesi S, et al., 2015. Pleural mesothelioma and occupational and non-occupational asbestos exposure: a case-control study with quantitative risk assessment. Occup Environ Med, Published Online First: 11 Aug 2015 doi:10.1136/ oemed-2015-102803

    [28] Stayner LT, 2015. Para-occupational exposures to asbestos: lessons learned from Casale Monferrato, Italy. Occup Environ Med, Published Online First: doi:10.1136/oemed-2015-103233

    [29] WBG, 2009. Good Practice Note: Asbestos: Occupational and Community Health Issues, May, World Bank Group.

    http://siteresources.worldbank.org/EXTPOPS/Resources/AsbestosGuidanceNoteFinal.pdf

    [30] GSC, 2010. Asbestos in Emergencies: Safer Handling and Breaking the Cycle.

    Harrison TCP, Levy SL, Patrick G, Pigott GH, Smith LL, 1999. Comparative hazards of chrysotile asbestos and its substitutes: A European perspective. Envir Hlth Perspect; 107: 607-611.

    [31] UNHCR, 2005. Procurement and use of material containing asbestos for UNHCR-funded projects. United Nations High Commissioner for Refugees. Inter-Office Memorandum No. 025/2005. 29 March.

    [32] http://www.cdc.gov/niosh/topics/asbestos/

    [33] WBG, 2009. Good Practice Note: Asbestos: Occupational and Community Health Issues, May, World Bank Group.

    http://siteresources.worldbank.org/EXTPOPS/Resources/AsbestosGuidanceNoteFinal.pdf

    [34] WTO, 2001. European Communities-Measures Affecting Asbestos and Asbestos-Containing Products. AB-2000-11. World Trade Organization. 12 March.

    https://www.wto.org/english/tratop_e/dispu_e/135abr_e.pdf

    [35] WHO, 2006. Elimination of Asbestos-related Diseases. World Health Organization.

    http://whqlibdoc.who.int/hq/2006/WHO_SDE_OEH_06.03_eng.pdf?ua=1

  • CRISOFÍLICOS VERSUS CRISOFÓBICOS

    CRISOFÍLICOS VERSUS CRISOFÓBICOS

    LA CONTROVERSIA SOBRE EL ASBESTO BLANCO, 1950-2004

    Por Geoffrey Tweedale * y Jock McCulloch **[1]

    RESUMEN

    En la primera mitad del siglo XX, el asbesto era un mineral controvertido a causa de su asociación con la asbestosis y el cáncer de pulmón.  No lo ha sido menos desde la década de los 60, cuando se identificó otro cáncer relacionado con el asbesto: el mesotelioma.  El mesotelioma parecía estar más fuertemente vinculado con el asbesto azul (crocidolita) que con las otras variedades de asbesto: el marrón (amosita) y el blanco (crisotilo).  Este hallazgo provocó un intenso debate entre los «crisofílicos» (quienes declararon inocuo el crisotilo) y los «crisofóbicos» (aquellos que creían que este era un peligro mortal).  El presente ensayo intenta describir por primera vez la historia de la controversia sobre el crisotilo, la cual nos demuestra que el consenso científico sobre la seguridad del asbesto blanco fue un proceso muy lento en desarrollarse.  Esto se debió solo en parte a las complejidades de la investigación científica, pues los factores políticos, económicos y sociales han militado en contra de una solución más rápida a este debate, facilitando la producción y el uso continuado del asbesto en las economías emergentes del mundo entero.

    En 1991 la popular revista Science dio la bienvenida a sus lectores describiendo así el mundo de la investigación sobre el asbesto: «un mundo dividido por profundas fisuras y amargas disputas… donde la ciencia y la ley interactúan en una serie de demandas multimillonarias… [y] donde los científicos con puntos de vista opuestos ya no parecen ser capaces de hablar entre sí como científicos.»  La revista aludía a dos recientes conferencias sobre el asbesto: la primera, celebrada en Harvard en diciembre de 1988, que se refirió a los «Aspectos de Salud por la Exposición al Asbesto en los Edificios»; la segunda, que tuvo lugar en Nueva York en junio de 1990,  y se llamaba la «Tercera Ola de las Enfermedades por Asbesto».[2]

    Aparentemente, las conferencias tenían mucho en común.  A las dos asistieron destacados científicos del área y ambas estaban preocupadas por evaluar el peligro que representaba el asbesto para el medio ambiente, en especial en oficinas y escuelas.  Ninguno de los participantes cuestionó si el asbesto era potencialmente un riesgo grave para la salud: se reconoció que la inhalación de fibras de asbesto podría causar asbestosis (cicatrización pulmonar), cáncer de pulmón (originado en el revestimiento de las vías respiratorias), mesotelioma (un virulento cáncer del revestimiento del tórax o del abdomen) y posiblemente otros cánceres.  Tampoco se puso en duda que las enfermedades relacionadas con el asbesto (ERA) fueran incurables y, en muchos casos, fatales.  En ese punto, sin embargo, el consenso terminó.  De hecho, las dos conferencias enviaron al público y a la comunidad científica mensajes muy diferentes: según el simposio de Harvard, el peligro que representaba el asbesto en los edificios era insignificante; la reunión de Nueva York, por otro lado, consideró que el asbesto en el medio ambiente era un peligro grave y advirtió que las ERA podrían dañar a miles de trabajadores de la construcción, al personal de las oficinas y a los maestros de las escuelas.  Pero la discusión se polarizó de otro modo al reflejar conclusiones tan opuestas: los participantes de las dos conferencias fueron tan hostiles entre sí que no asistieron a las reuniones conjuntas.  Las divisiones y la amargura eran sintomáticas de la cargada atmósfera social y política que generaron las disputas, ampliamente publicitadas en los Estados Unidos, sobre los costos y beneficios de limpiar la contaminación ambiental por el asbesto.

    Fundamental para esta hostilidad fue el desacuerdo sobre qué tipo de fibra causaba las ERA; una reflexión inspirada en el hecho de que el asbesto no es una entidad única.[3]  «Asbesto» es un nombre genérico dado a un grupo de minerales fibrosos.  Existen dos tipos: el serpentino y los anfíbolos.  El crisotilo (o asbesto blanco) es el único miembro del grupo serpentino, y se extrae principalmente en Rusia, Canadá, China, Brasil y Zimbabue.  El grupo anfíbol incluye, entre otras, dos categorías comerciales importantes de asbesto: amosita (marrón) y crocidolita (azul).  El crisotilo ha sido la categoría comercial más utilizada, y representa más del 90 por ciento del asbesto usado en el siglo XX.  Los participantes de la conferencia de Harvard hicieron hincapié en la ubicuidad del crisotilo y afirmaron que, a diferencia de los anfíbolos, aquel no provocaba mesotelioma ni causaba asbestosis o cáncer de pulmón si se mantenían las debidas precauciones.  Por el contrario, los científicos de la «Tercera Ola» argumentaron que el crisotilo, además de causar asbestosis, era un carcinógeno indudable, capaz de causar mesotelioma y cáncer de pulmón.

    Catorce años más tarde, gran parte de las altas temperaturas generadas por la controversia sobre el asbesto-en-edificios se ha disipado, al menos en los Estados Unidos.  Pero el asbesto sigue siendo el más controvertido y temido de los minerales industriales.  La mayoría de los países del mundo desarrollado virtualmente han prohibido su uso, aunque aún tienen que aceptar su legado en litigios, empresas en quiebra y una mayor morbilidad y mortalidad por las ERA.  En los Estados Unidos, ha sido tal el estruendo de los litigios, que se han presentado demandas para que el Congreso actúe.  Mientras tanto, se proyecta que los países europeos sufran una epidemia de ERA que eventualmente podría matar a medio millón de personas.  El asbesto sigue siendo una preocupación ambiental, dada su omnipresencia en edificios y productos de ingeniería.

    También la controversia con respecto al tipo de fibra está muy viva; la afirmación de que el crisotilo, a diferencia de los anfíbolos, no representa ningún peligro si se toman las precauciones adecuadas, se utiliza en la actualidad para justificar la producción y el uso continuado del asbesto en los países de economías emergentes.  Con el cierre de la producción mundial de anfíbolos en Sudáfrica en 1996, el crisotilo es ahora el único tipo de asbesto disponible.  En 2002, la producción mundial de asbesto fue de 1,9 millones de toneladas, con Rusia, China, Canadá y Kazajstán como proveedores líderes.  La mayor parte de esta producción se destina a países de América Latina, Asia y Lejano Oriente, los cuales utilizan productos que ya no son tolerados en los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).  La justificación para el uso continuado del asbesto se basa, en gran medida, en el argumento que algunos científicos impulsaron con fuerza en los años 80: que el asbesto blanco puede utilizarse de forma segura y, por lo tanto, debe ser un mineral preciado, en especial en los países de economías emergentes, donde cualquier riesgo para la salud se vería compensado ​​por los beneficios que ofrecen productos como las tuberías de agua en asbesto-cemento.  No obstante, los críticos siguen afirmando que el crisotilo es una amenaza; que no existe un umbral seguro de exposición, y que su producción en los países de economías emergentes, donde las medidas de seguridad son típicamente laxas, es irresponsable.  El debate ha sido caracterizado por un participante como un debate entre «crisofílicos» y «crisofóbicos».[4]  El argumento, que ha durado más de treinta años, sigue siendo amargo; como la industria del asbesto lucha por la supervivencia, el núcleo de la disputa se ubica en los aspectos epidemiológicos del asbesto.

    La literatura al respecto es enorme y su evaluación difícil, en especial para los profanos.  Inevitablemente, el debate se ha vertido en los ámbitos político y médico-legales, que ha generado aún más documentación, aumentando los problemas para su evaluación.  Un médico escribió: «Se han publicado varios hallazgos, pero todavía queda por escribirse el relato de un historiador sobre la conducción de estas batallas (las del crisotilo), al igual que sobre los alcances de las diferencias entre los científicos y las formas en que estas fueron explotadas».  Este ensayo intenta contar dicha historia; la primera que se ha escrito, por lo que sabemos.   Explicaremos cómo surgió el debate sobre la seguridad del crisotilo, y describiremos los puntos de vista opuestos, así como los principales momentos de la controversia.  Como historiadores, no intentamos proporcionar una «respuesta» científica sobre si el crisotilo es una fibra «segura», si bien mostraremos el lento surgimiento de un consenso científico (el cual consideramos convincente) que ve el crisotilo lejos de una luz favorable.  También iluminaremos un hecho que no siempre se desprende de la literatura médica o de los pronunciamientos oficiales: que los factores políticos y económicos le han dado forma al debate científico en sus puntos críticos.  Este enfoque conecta nuestro trabajo con una literatura creciente en la historia de la medicina del trabajo, que enfatiza cómo el control corporativo sobre la investigación científica ha influido tanto en el proceso científico como en los esfuerzos de los gobiernos por ofrecer una debida protección ambiental.[5]

    NACIMIENTO DE LA HIPÓTESIS DE LOS ANFÍBOLOS

    Hasta los años 50, los científicos reconocían pocas diferencias entre los tipos de asbesto, en cuanto a su capacidad de causar ERA (aunque aparentemente los trabajadores del asbesto notaron diferencias en la toxicidad de la fibra ya desde 1932).[6]  Cuando la asbestosis apareció como un riesgo laboral significativo en los Estados Unidos y la Gran Bretaña, en los años 20, se descubrió que esto ocurría entre los trabajadores de las fábricas que procesaban todo tipo de fibra.  También en Sudáfrica, en ese momento, la asbestosis era un riesgo conocido en las minas de crisotilo.  El cáncer de pulmón relacionado con el asbesto se observó con mayor frecuencia entre los años 1930 y 1950 en las minas y fábricas que producen y procesan el asbesto azul, marrón y blanco.  Los experimentos con animales, financiados por la industria en el laboratorio de Saranac en el Estado de Nueva York, durante la década de 1930, sugirieron que todos los tipos de asbesto podían inducir fibrosis.[7]

    En 1960 se identificó el mesotelioma maligno por parte de un equipo de investigadores sudafricanos que incluía a J. Christopher Wagner (1923-2001), en las zonas mineras de asbesto azul del norte del Cabo (Sudáfrica).  Esta investigación implicaba a la crocidolita como agente de la enfermedad.  Según Wagner, quien se convertiría en una figura clave en futuros debates sobre el asbesto, «esta fue la primera vez que se incriminó a un tipo específico de asbesto».[8]  También  expuso Wagner la creencia de que el asbesto azul era la fibra más mortífera, y  la principal ─quizá por completo─ responsable del mesotelioma, una visión que más tarde se denominaría la «hipótesis de los anfíbolos».  En Sudáfrica, donde se produjo casi toda la crocidolita del mundo, esta condena afectó a la industria minera.  Mientras que la asbestosis generalmente se confinaba al lugar de trabajo, el mesotelioma podía contraerse a partir de la exposición no ocupacional y ambiental.  Esto significaba que los productos basados en asbesto eran potencialmente peligrosos.  El nacimiento de los movimientos ecologistas en los Estados Unidos y Europa Occidental durante la década de 1960, generó un lobby anti-asbesto que llamó la atención pública sobre la amenaza del mesotelioma.  Una de las repercusiones de la investigación de Wagner fue que le atrajo tal nivel de críticas por parte de la industria minera, que se vio imposibilitado de conseguir un empleo en Sudáfrica.  En 1962, emigró al Reino Unido y se unió a la Pneumoconiosis Research Unit (PRU) del gobierno en el sur de Gales.

    El mesotelioma representaba una amenaza menor para la industria del asbesto en el Reino Unido; sin embargo, a mediados de la década de 1960 los medios de comunicación ya llamaban al asbesto el «polvo asesino».  Por otro lado, la industria británica era principalmente usuaria de crisotilo (y amosita), mientras la crocidolita jugaba un papel menor.[9]

    La industria señaló la crocidolita como la culpable –e, irónicamente, como la cura– de sus problemas.  En 1968, el productor líder Turner & Newall le dijo a un comprador preocupado que sus productos estaban hechos de asbesto blanco; que este «no estaba implicado de manera similar [en el mesotelioma].  Una vez más, no creo que su cliente corra ningún riesgo en este sentido».  En 1969, la industria del asbesto de los Estados Unidos había dejado voluntariamente de importar crocidolita, aunque esto se debió en parte a que el gobierno había introducido normas más estrictas sobre el asbesto.  Seguía siendo legal producir con cualquier tipo de asbesto; sin embargo, los controles de polvo requeridos para la crocidolita fueron mucho más estrictos que los del crisotilo y la amosita, lo que hizo que el asbesto azul no fuera económicamente rentable de producir.  La crocidolita estaba consagrada en la ley británica como la fibra más peligrosa.[10]

    En la práctica, la distinción entre crisotilo y crocidolita era engañosa.  De la misma manera que los términos «blanco», «azul» y «marrón» no son descripciones precisas del color de la fibra, la distinción geológica entre los tipos a menudo era difusa.  Por ejemplo, la mina de Penge en la provincia del norte de Sudáfrica fue la única fuente de amosita en el mundo.  Sin embargo, la amosita se mezcló invariablemente con la crocidolita, de modo que, de hecho, ambos tipos de fibra se procesaron juntos en las fábricas y, por supuesto, cualquiera que usara la amosita aguas abajo, inadvertidamente también estaba utilizando la crocidolita.  Del mismo modo, el crisotilo «puro» a menudo contiene pequeñas cantidades de anfíbol, como la tremolita.  El asbesto también se puede encontrar como un constituyente en otros minerales potencialmente peligrosos, en particular los silicatos como el talco.  Esto inevitablemente confundió los estudios médicos sobre los efectos en la salud.  Los procesos de producción borraron aún más la distinción entre los tipos de fibra.  Los productos de asbesto-cemento, como los tubos a presión y las tejas de gran longitud, usaban tradicionalmente asbesto blanco, pero se deformarían si se extraían del molde «verde» o no se fijaban.  La adición de crocidolita al asbesto-cemento de crisotilo, sin embargo, hizo posible el trabajo de materiales de «resistencia verde».  Los países del bloque del Este, en particular, usaron grandes cantidades de crocidolita como una especie de «antibiótico de amplio espectro» para mejorar la calidad del asbesto blanco ruso que era inferior.[11]

    La determinación de la toxicidad del asbesto por el tipo de fibra era compleja por otras razones.  La latencia prolongada de las ERA planteó problemas mayores (con mesoteliomas que generalmente ocurren solo treinta o cuarenta años, o incluso más, después de la exposición); su relativa rareza en la población general, la falta de información sobre la exposición al polvo que había ocurrido muchas décadas antes, y el hecho de que la exposición se daba por lo general frente a una mezcla de varios tipos de fibra.  Otro acertijo era que los mesoteliomas no se podían encontrar entre los trabajadores de las minas canadienses de crisotilo, ni entre los trabajadores del asbesto y los usuarios finales en América, donde el asbesto blanco se había utilizado principalmente.  Según Irving Selikoff, el decano de los expertos en asbesto de Estados Unidos, solo se importaron cantidades triviales de anfíbolos a los Estados Unidos antes de la década de 1940.  ¿Era probable ─algunos se preguntaban─ que todos los mesoteliomas se debieran a estas pequeñas cantidades de crocidolita?  En 1964, los científicos que asistieron a una reunión internacional en Nueva York se negaron a creer «que solo este tipo de fibra [crocidolita] estuviera relacionada con estos tumores».

    Los expertos británicos coincidieron en que, respecto al mesotelioma, «es altamente improbable que solo un tipo de fibra sea siempre el responsable».  Los estudios científicos parecían proporcionar cierta confirmación a esta visión escéptica, especialmente aquellos que se centraban en grupos como los trabajadores textiles y los mecánicos de frenos, quienes solo habían experimentado exposición al crisotilo.  Estos estudios sugerían que el crisotilo podría causar el mesotelioma.[12]

    J. C. Wagner creía que la incertidumbre podría resolverse mediante experimentos con animales, que comenzó tan pronto llegó al sur de Gales. En 1969 había inoculado asbesto en la pleura de ratas y esto había desencadenado el mesotelioma. Estos experimentos complejos y lentos fueron continuados tanto por Wagner como por otros investigadores de todo el mundo, aunque recibieron especial patrocinio en el Reino Unido, donde el financiamiento estuvo disponible por parte del gobierno y la industria del asbesto.  Sin embargo, los resultados iniciales no fueron útiles para la industria y plantearon tantas preguntas como respuestas.  Según un médico: «A pesar de las pruebas de laboratorio negativas para carcinogenicidad [química], todos los estudios de inhalación e inyección de animales indicaron que todas las fibras eran igualmente peligrosas, lo que respaldaba la restricción general o la prohibición del asbesto, pero ponían en duda la seguridad de sustitutos como la fibra de vidrio.”  El crisotilo parecía ser un carcinógeno tan potente como la crocidolita.[13]

    Esto contrastaba con la evidencia clínica de las ERA en humanos, la cual parecía mostrar que la crocidolita era la principal responsable del mesotelioma.  El propio Wagner se inclinaba a descartar el trabajo de laboratorio como «engañoso» y no veía ninguna razón para una prohibición general del asbesto: «el descubrimiento de que ciertos tipos son más peligrosos que otros ha sido una gran ventaja al permitir un cambio de los productos más peligrosos por los menos peligrosos.»[14]  Esta perspectiva era compatible con las más grandes empresas de asbesto, porque la mayor parte de sus ganancias se obtenían del crisotilo.  Por el momento, la minería de crocidolita continuó, ya que seguía ofreciendo recompensas financieras, al igual que la extracción y el uso de amosita; pero los productores de crisotilo ahora estaban en ascenso dado que el uso mundial de asbesto se elevó a su pico de alrededor de 5 millones de toneladas en 1975.  Las compañías líderes, que a menudo cooperaron para resolver los problemas técnicos relacionados con la molienda y el empaquetado, ahora tenían una segunda razón más convincente para la cooperación.  En un intento por sobrevivir a los sustos de la salud de mediados de la década de los 60, la industria compartió información para contrarrestar la evidencia médica sobre los riesgos para la salud, y protegerse contra los sindicatos, movimientos sociales y gobiernos que buscaban reducir el uso del asbesto.  Los productores de crisotilo de Canadá, Rhodesia del Sur y otros países formaron un frente unido contra el asbesto anfíbolo.

     

    CONTANDO EL «CUENTO» DEL CRISOTILO

    Obviamente, el crisotilo solo podía prevalecer si se demostraba que no representaba el mismo peligro para la salud que la crocidolita.  Durante los años 60 y 70, preocupada por su supervivencia, la industria del asbesto comenzó un ejercicio masivo de investigación y relaciones públicas que fue diseñado para lograr ese objetivo.  La financiación se invirtió en organismos patrocinados por la industria, que brotaron como el conocimiento de que el asbesto causaba la propagación del cáncer.  En diciembre de 1970 se fundó la Asociación de Información sobre el Asbesto/América del Norte (AIA/NA) en los cuarteles generales de la compañía líder en asbesto de los EE.UU., Johns Manville, con sede en Nueva York.   Al año siguiente, el presupuesto de la AIA era de casi US$300.000 para gastos en monitoreo de las conferencias y documentos médicos, y para iniciar «líneas de acción» en consecuencia.  Una de esas líneas era manchar al crítico de la industria, Selikoff, y «comenzar a contar el ´cuento´ del crisotilo y desacreditar otras fibras”.  Actuando en concierto con los estadounidenses estaba la Asociación Minera de Asbesto de Quebec (QAMA), que en 1966 había lanzado el Instituto de Salud Ocupacional y Ambiental (IOEH) en Montreal.  El ochenta por ciento del asbesto canadiense se extraía en Quebec, con Thetford Mines como principal centro de operación.  Canadá tenía el 40 por ciento del mercado mundial de crisotilo, convirtiéndose en el mayor productor de ese mineral, con envíos anuales a mediados de la década de 1960 de 1,5 millones de toneladas valoradas en más de US$160 millones.  Con tales ganancias bajo amenaza, no escaseaba el dinero para apoyar el trabajo que protegería a la industria, y en 1972 el QAMA reportaba gastos por más de US$2 millones en proyectos de investigación.[15]

    La asociación aceptó, confidencialmente, que los «tres tipos de asbesto estaban en el mismo barco… [y] …no se puede ignorar que en las circunstancias adecuadas se aplica la misma fibrogénesis y malignidad a la amosita y al crisotilo».  De hecho, los primeros casos de mesotelioma pleural y otros cánceres de pulmón entre los mineros del crisotilo canadiense, se identificaron a finales de la década de los 40, cuando la industria canadiense mostraba poco remordimiento al suprimir la evidencia que se publicaba.  Una vez que la publicidad de esta información se hizo ineludible, el QAMA erigió dos defensas.  Una consistía en enfatizar la distinción entre la (supuesta) experiencia favorable de salud de los molineros y los mineros canadienses del asbesto ─presumiblemente protegidos por políticas que enfatizaban el uso responsable─ y el desastroso registro de los trabajadores de aislantes estadounidenses (como destacó Selikoff).  El otro era el argumento de que la exposición al asbesto canadiense era al «crisotilo puro, mientras que los trabajadores de aislantes habían sido expuestos a una mezcla de varios tipos de asbesto».  El eje de estas defensas fue el trabajo epidemiológico del IOEH.  Estas investigaciones se centraron en J. Corbett McDonald, profesor de la Universidad de McGill en Montreal, quien en 1966 lanzó un gran estudio de cohortes para determinar los efectos que la minería del crisotilo en Canadá tenía sobre la salud.[16]

    McDonald negó que el IOEH fuera una iniciativa de la industria, aunque esta afirmación se contradice con los documentos de QAMA.  Ciertamente, el equipo de McDonald fue el principal destinatario de las dádivas de QAMA, que recibió US$500.000 en fondos de investigación entre 1966 y 1972.  La asociación supo dónde poner su dinero sabiamente.  Como las cohortes de McDonald fueron seguidas a lo largo de las décadas, los hallazgos sugirieron que las ERA entre los trabajadores de las minas de crisotilo en Canadá eran menos severas y generalizadas que en otras partes, confirmando así una creencia canadiense que data de principios del siglo XX.[17]  El hallazgo no fue inesperado: la fibra de asbesto se descompone menos y por lo tanto es menos peligrosa en las etapas de minería y molienda preliminar, que en el usuario final de la fábrica y el trabajo de aislamientos (procesos que el QAMA ignoró, a pesar del atroz registro de asbestosis en muchas fábricas canadienses).  Por otro lado, McDonald también destacó las muertes por cáncer de pulmón relacionadas con el asbesto y el mesotelioma en comunidades mineras canadienses, lo que puso a la industria del crisotilo en un problema importante que él y su equipo tratarían pronto de abordar.

    Tranquilizadoramente, McDonald y sus colegas de McGill publicaron estudios que sugerían que los «contaminantes» en el medio ambiente canadiense, no el crisotilo, eran los culpables de los tumores pulmonares.  La contaminación con aceite orgánico y sintético fue sugerida por primera vez como una posible razón de la naturaleza cancerígena del asbesto.  Los estudios publicados a finales de la década de 1970 por McDonald y sus colegas también se centraron en el papel de la crocidolita, importada por una fábrica de máscaras de gas que había operado durante la Segunda Guerra Mundial, como la causa de los mesoteliomas.  Sin embargo, los críticos han cuestionado si la crocidolita alguna vez fue importada a Canadá y sugirieron que una pista sobre la exposición a la crocidolita podría estar en un estudio geológico, realizado a fines de la década de 1950, que documentaba la presencia de pequeñas cantidades de crocidolita en las minas de Quebec.[18]

    Los estudios de McGill han sido caracterizados por críticos estadounidenses como la apología del «Todo Menos el Crisotilo» [Anything But Crysotile, ABC, por sus siglas en inglés], quienes sostienen que tales estudios han sido utilizados por la industria para ampliar la cuota de mercado y evadir la responsabilidad.  Ciertamente, en América del Norte, las asociaciones comerciales como QAMA y la AIA/NA ayudaron a la industria a definir la agenda de investigación, y a transformar el problema del asbesto en un problema de laboratorio que parecía desconectado de cuestiones políticas y sociales.  Esta separación fue particularmente útil después de mediados de la década de los 70, cuando una controversia pública se generó por revelaciones sobre las malas condiciones de trabajo en las plantas canadienses de Johns Manville (en Scarborough), Turner & Newall (en Montreal) y Bendix Automotive (en Windsor).  En particular, la agitación sindical contra las condiciones laborales en Thetford desencadenó investigaciones federales contra la industria del asbesto.  Estas revelaron una imagen diferente a la presentada en los artículos epidemiológicos publicados en revistas médicas.  Se encontró que el control del polvo distaba de ser satisfactorio, y un investigador, el juez René Beaudry, consideró «impactante» que en algunos sectores de la industria los trabajadores aún manejaran la fibra de asbesto con sus propias manos.  Continuó diciendo sobre los empleadores: «Han mantenido la información disponible sobre los efectos peligrosos del polvo de asbesto lejos de los trabajadores y los sindicatos».  Un grupo de trabajo sobre asbestosis en Ottawa, dibujó una imagen bastante parecida en donde por igual se sugirió que las cifras de McDonald para el mesotelioma estaban subestimadas.[19] El grupo de trabajo tomó nota de la evidencia de que la crocidolita era más peligrosa que el crisotilo, pero en ninguna parte de su informe hubo una sugerencia de que este no causara mesotelioma.  Estos informes concluyeron que la industria estaba más interesada en explotar la incertidumbre médica creada por el sistema de compensación, y los estudios epidemiológicos, que en gastar dinero para proteger a los trabajadores del polvo de asbesto.

    En Gran Bretaña, la función del manejo científico y de relaciones públicas de la industria del asbesto estuvo a cargo del Consejo de Investigación de la Asbestosis y sus organizaciones de cabildeo asociadas, propugnando la idea de que el crisotilo podría usarse de manera segura.  En una importante consulta del gobierno del Reino Unido en 1976, el Comité Simpson, la industria del asbesto presentó un frente unificado, alegando que dentro de ciertos umbrales la producción de crisotilo (y amosita) podría continuar.  El gobierno aceptó que el crisotilo «rara vez causaba mesotelioma» y que este punto «favorable» debería usarse para enmarcar las políticas al respecto.[20]  La idea de que algunos tipos de asbesto podrían producirse de manera segura, si se tomaban las precauciones adecuadas, se consagraría como la doctrina del «uso controlado».

    A mediados de la década de los 70, sin embargo, el devastador impacto del asbesto en la fuerza laboral de los Estados Unidos había llevado a la creación de un grupo heterogéneo de críticos de la industria del asbesto, compuesto por científicos, periodistas, abogados, sindicatos y víctimas.  Al carecer de los recursos de la industria y el gobierno, estas personas revisaron las pruebas publicadas (y en algunos casos se basaron en su experiencia personal) para llegar a un enfoque diferenciado sobre el crisotilo.  Nancy Tait, cuyo esposo había muerto de mesotelioma causado por la exposición indirecta al asbesto en su trabajo como ingeniero telefónico, fue la primera en publicar un ataque a la hipótesis de los anfíbolos, enfatizando que «el crisotilo [es] un carcinógeno».  Tait creó la Sociedad para la Prevención de la Asbestosis y las Enfermedades Industriales, que presionó en nombre de las víctimas e hizo campaña contra el uso de todas las formas de asbesto.  Alan Dalton (1946-2003), un científico socialista que ridiculizó el mito del asbesto blanco, «comercializado por la industria durante los últimos quince años”, lanzó un ataque aún más vigoroso contra la industria del asbesto en 1979.[21]  Acción Clydeside contra el Asbesto fue otro grupo de influencia formado en esa época.  La lucha contra todos los tipos de asbesto fue llevada a cabo en los Estados Unidos por la White Lung Association y en Japón por la Ban Asbesto Network.

    La evidencia científica apoyó estas críticas.  A principios de la década de los 70, bajo los auspicios de la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) había comenzado a evaluar el riesgo de cáncer para los seres humanos, planteado por los productos químicos.  Los primeros grupos de trabajo sobre asbesto desde la IARC, que incluyeron a representantes de la industria, presentaron en 1973 una evaluación prudente sobre el riesgo de cáncer.  Sin embargo, un grupo más independiente de la IARC concluyó en 1976 que todas las formas de asbesto causaban cáncer de pulmón y mesotelioma, y que era imposible definir un umbral seguro.  La IARC dio mucho más peso que Wagner a la evidencia de carcinogenicidad en animales, aunque este último había llegado a la conclusión de que el crisotilo canadiense podría inducir el mesotelioma cuando se inyectaba intrapleuralmente en los ratones.  Mientras tanto, un estudio estadounidense mostró una alta tasa de cáncer entre los trabajadores de textiles, fricción, empaquetado y manufactura de asbesto en una instalación que había usado 99% de crisotilo.[22]

    A pesar de estos estudios, el uso del crisotilo continuó mientras que la producción de anfíbolos se disipó.  Los anfíbolos, que incluso en su apogeo constituían menos del 15 por ciento del mercado mundial de asbesto, se extrajeron solo en Sudáfrica y Australia.  En su apogeo, en 1976, la industria sudafricana empleaba a unas veintitrés mil personas y exportaba fibra por valor de R400 millones a más de cincuenta países.  Como la alarma sobre el mesotelioma se extendió en los Estados Unidos y el Reino Unido, la producción sudafricana cayó de 379.000 toneladas en 1977 a 163.000 toneladas en 1985.  El Departamento de Minas atribuyó esta caída a la creciente competencia de productores de la URSS y Canadá, y a las actividades del que denominaron «movimiento internacional contra el asbesto», que tendría como objetivos la amosita y la crocidolita sudafricana, fibras que constituían el 70% de las exportaciones.  Según el Comité Asesor de Productores de Asbesto de Sudáfrica, el miedo al cáncer estaba siendo utilizado por los competidores para destruir la industria sudafricana.[23]  En el Reino Unido, los Estados Unidos y Europa Occidental, las grandes empresas abandonaron los anfíbolos.  El creciente aislamiento internacional del gobierno por favorecer el apartheid en Pretoria, ayudó a las compañías mineras canadienses y de Rhodesia del Sur a sacar a Sudáfrica del mercado, obteniendo así una mayor participación del crisotilo.

     

    CANADÁ Y LA DEFENSA DEL CRISOTILO

    Los años ochenta presenciaron las primeras prohibiciones del asbesto, con los países escandinavos como líderes.  Por ejemplo, en 1986, Suecia introdujo la primera de una serie de restricciones sobre el crisotilo.  Sin embargo, la producción mundial anual de asbesto fue de aproximadamente 4 millones de toneladas (que todavía incluía anfíbolos).  La industria era lo suficientemente poderosa como para lanzar una acción de retaguardia sostenida, con Canadá que emergía como un importante defensor del asbesto.  Dentro de Canadá, la publicidad adversa y la presión sindical llevaron a Ontario a declarar en 1982 que el asbesto debía ser un producto «designado» (es decir, regulado).  Las tensiones canadienses sobre el asbesto se resolvieron en 1984, cuando una Comisión Real de Ontario recomendó la prohibición de la crocidolita y la amosita, pero respaldó el uso del crisotilo, si existía un control adecuado del polvo (excepto en la fabricación textil de asbesto, que se creía debía ser prohibida).[24]  Efectivamente, la comisión había circunscrito estrictamente el uso del asbesto en el propio Canadá, al tiempo que garantizaba la continua extracción y exportación del crisotilo canadiense.

    Mientras tanto, la financiación de la industria continuó engrasando las ruedas del circuito de conferencias académicas.  En 1982, los delegados a un simposio mundial sobre el asbesto celebrado en Montreal, fueron alentados por el gobierno de Quebec (y miembros de la AIA) para llegar a un consenso sobre el «uso seguro».  Esto fue un preludio a la formación del Instituto del Asbesto (AI) en Quebec en 1984.  Todavía existente, el AI se describe a sí mismo como una organización «sin fines de lucro»; pero siempre ha sido subsidiado por el gobierno federal canadiense, el gobierno de Quebec y los intereses de la minería del asbesto.  En 2001, había recibido alrededor de US$54 millones de sus patrocinadores.  Desde sus inicios, el AI se había dedicado, sobre todo, a promover el «uso seguro del asbesto crisotilo» a través de conferencias, iniciativas de relaciones públicas y difusión de información científica.[25]  Naturalmente, el AI estaba vinculado con sus organizaciones hermanas en todo el mundo[26], como el AIA/NA, y no dudó en mostrar los estudios médicos canadienses y otros que presentaron el asbesto blanco de manera favorable.

    Es importante apreciar que el énfasis en la seguridad del crisotilo no solo se utilizó para defender a la industria en el ámbito comercial; también proporcionó su defensa jurídica.  A medida que el número de acciones por lesiones personales aumentaba en la década de los 80, la defensa del crisotilo ─el argumento de que el cáncer de asbesto era específico del tipo de fibra─, se usaba cada vez más en los tribunales, junto con las últimas investigaciones científicas.  La continua experimentación con animales y el examen con microscopio electrónico de la carga pulmonar de las personas que habían muerto por ERA se centraban cada vez más en las dimensiones de las fibras y su biopersistencia: el grado de permanecían en el cuerpo.  Las características físicas de los anfíbolos ─específicamente, su longitud (superior a 5 micras), el espesor de la fibra y su durabilidad─ se identificaron como una posible razón para su capacidad de desencadenar el mesotelioma.[27]  En comparación, se decía que el crisotilo tenía una forma más corta, «rizada», con fibras menos duraderas.

    Ciertamente, el crisotilo es mucho más reactivo desde el punto de vista biológico y químico, por lo cual sus fibras tienden a disolverse y dividirse en una multitud de pequeñas fibras que se eliminan del pulmón más fácilmente que los anfíbolos.  Sin embargo, la ciencia no siempre fue tan clara como sugería la industria, principalmente porque aún no se entendían por completo los mecanismos por los cuales cualquier tipo de asbesto inducía cáncer.

    La legislación estadounidense sobre asbesto nunca ha diferenciado los tipos de fibra.  En 1986, la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional de EE.UU. (OSHA), revisó la evidencia científica publicada y concluyó que en los estudios todos los tipos de fibra, solos o en combinación, habían sido observados como causantes de cáncer de pulmón, mesotelioma y asbestosis.  Parecía que las fibras largas causaban más daño que las cortas; por otro lado, los científicos estaban lejos de creer que las fibras cortas (menores de 5 micrones) no fueran cancerígenas.  Además, en la década de 1980 los objetivos políticos y sociales se movían continuamente a medida que las percepciones de riesgo cambiaban.  La presión de los medios aumentó considerablemente.  En Gran Bretaña, los documentales de televisión impactantes como el de Alice: A Fight for Life (Alicia. Una lucha por la vida. 1982) no se molestaron en desentrañar el argumento de las dos fibras diferenciadas.  Incluso si lo hubieran hecho, ya existía para la época un flujo constante de estudios que sugerían el vínculo del asbesto crisotilo como causante de mesotelioma (aparte de otros tipos de ERA).  Investigaciones independientes en las minas de Zimbabue hallaron casos de asbestosis, cáncer de pulmón y mesotelioma, aunque la falta de datos hizo imposible calcular las cantidades.  En los países desarrollados, el mesotelioma se encontró en personas expuestas solo al asbesto blanco: mecánicos de frenos, fabricantes de productos de fricción y trabajadores ferroviarios.[28]  También se encontró evidencia de que el asbesto blanco causaba mesotelioma en trabajadores de filtros para vinos y trabajadores de metal, incluso después de haber estado expuestos a exposición ambiental.  Se demostró que un notable exceso de cánceres de pulmón estaba asociado con el hilado textil de asbesto en Charleston, Carolina del Sur.  En 1987, un grupo de trabajo de la IARC concluyó que el crisotilo inducía cáncer de pulmón y mesotelioma pulmonar, y que no existía un nivel seguro de exposición.[29]

    Las contraargumentaciones de los canadienses seguían enfatizando el papel de los «contaminantes» y los co-cancerígenos en la enfermedad del asbesto.  Explicaron la alta tasa de cáncer en la fabricación de textiles de asbesto en Charleston, como posiblemente debida al petróleo.  Otra sugerencia intrigante fue la de que muchos de los mesoteliomas observados en los trabajadores del crisotilo (especialmente los mineros y los molineros en Canadá) se debían a los anfíbolos.  Desde la década de 1960, se sabía que el mineral canadiense contenía reibeckita azul fibrosa (es decir, crocidolita), pero los investigadores y las compañías de asbesto inicialmente lo ignoraron, posiblemente porque la crocidolita nunca pudo eliminarse del mineral o del producto final, comprometiendo así el argumento de que el asbesto canadiense era inofensivo.  Sin embargo, a fines de la década de los 80 y en la década de los 90, McDonald y otros sugirieron que la tremolita (que típicamente constituía alrededor del 1 por ciento en el crisotilo de calidad comercial) era la única causa del mesotelioma en los trabajadores canadienses y que, además, si se hacía un esfuerzo para identificar mineral de crisotilo sin tremolita, la extracción podría continuar.  Otros creían que la presencia de la tremolita simplemente subrayaba el hecho de que el asbesto nunca fue una entidad pura, y que señalar una sola variedad como segura siempre había sido imprudente.  Como comentó un crítico: «atribuir la producción de mesotelioma a este contaminante anfíbol… es claramente sospechoso. Si la tremolita no puede eliminarse del crisotilo mediante procesamiento industrial, todo el tema de la contaminación con tremolita parece académico, en el mejor de los casos».[30]  Sin embargo, los científicos de McGill contraatacaron argumentando que mediante una cuidadosa selección y análisis de las minas, la producción de crisotilo con contaminación «mínima» era factible.

     

    EL DEBATE AMBIENTAL

    A fines de la década de los 80, el asbesto estaba en retirada en todo el mundo.  Pero la intensidad del debate entre crisotilo versus anfíbolos no disminuyó, ni siquiera en países como los Estados Unidos y el Reino Unido, donde la manufactura de asbesto casi que había dejado de existir.  Durante los años 90, el campo de batalla se desplazó hacia las consideraciones ambientales como la contaminación atmosférica por las pastillas de asbesto para frenos, o por el asbesto utilizado en los filtros para bebidas.  Particularmente polémico era el peligro percibido que representaba el asbesto en los edificios.  En América, en 1986, los planes del Congreso de exigir a las escuelas que inspeccionaran el asbesto (y posiblemente lo eliminaran o lo «removieran») provocaron reacciones violentas entre las aseguradoras y los propietarios de bienes inmuebles.  La oposición a las medidas fue liderada por Safe Buildings Alliance, fundada en 1984, que afirmó que el crisotilo (el principal tipo de asbesto usado en los edificios) no era un peligro para la salud.  Los documentos internos de la industria del asbesto muestran que Safe Buildings Alliance fue un frente de batalla para varias compañías de asbesto (especialmente Celotex, US Gypsum y WR Grace) y que su principal interés eran las relaciones públicas.[31]  La Safe Buildings Alliance, junto con agentes de bienes raíces, financiaron el simposio celebrado en Harvard en 1988, el cual hizo propaganda a las narrativas que afirmaban que el peligro del asbesto en los edificios era insignificante.

    El núcleo de la oposición estadounidense a la eliminación del asbesto se centró en la microbióloga Brooke Mossman, el médico Bernard Gee y el ingeniero Morton Corn.[32]  Corbett McDonald y sus colegas también apoyaron.  Los artículos aparecieron debidamente en el New England Journal of Medicine y en la popular revista Science, ensalzando la opinión de que los anfíbolos eran el problema, no el crisotilo.  Los artículos eran altamente persuasivos: el editor de Science lamentó que el crisotilo hubiese sido «untado» por una falsa asociación con la crocidolita, lo que generó una enorme publicidad a sus promotores.[33]  Ambos artículos también fueron duramente criticados, no solo por las opiniones expresadas, sino porque los intereses de los autores con la industria del asbesto nunca fueron declarados en ninguna revista.  Entre los destacados críticos estaban Irving Selikoff y sus colegas de la Escuela de Medicina del Mount Sinaí en Nueva York.  En 1990, con el apoyo de los trabajadores organizados y los abogados de los demandantes, ellos organizaron la conferencia «Third Wave» en Nueva York, como un ambicioso contraataque a la reunión de Harvard.[34]  Las líneas de batalla entre los crisofílicos y los crisofóbicos se habían definido ahora con claridad.

    En 1993, el editor de la Revista Británica de Medicina Industrial, habiendo reimpreso uno de los estudios de McDonald como una publicación histórica, opinaba que «uno esperaría que las observaciones [de McDonald] hubieran sido bien recibidas, lo que implicaba que existían condiciones bajo las cuales el asbesto podría ser trabajado sin dañar la salud.  Pero… él y sus colegas han sido sometidos a una campaña de vituperios diseñada para lograr fines políticos más que científicos».  En Estados Unidos, una evaluación del problema del asbesto instalado, que lanzó el Health Effects Institute (un organismo financiado por el gobierno con intereses de la industria) confirmaron en gran medida la opinión de que el riesgo de una exposición no ocupacional al asbesto en los edificios era leve y que la remoción representaba un mayor riesgo.[35]  Las leyes del Congreso sobre el manejo del asbesto en todos los edificios comerciales y públicos se archivaron y el espectro del litigio sobre el asbesto en los edificios disminuyó.  Como el «caso de eliminación» fue eliminado, las compañías de asbesto, las aseguradoras y los propietarios de bienes raíces evitaron graves daños financieros.  En medio de la publicidad, sin embargo, los riesgos asociados con los trabajos de mantenimiento y con la alteración de los antiguos materiales de asbesto se habían pasado por alto, como era el hecho de que los edificios a menudo contenían anfíbolos; un punto importante si se aceptaba que estas fibras eran especialmente peligrosas.

    A principios de la década de 1990, los crisofílicos estaban en ascenso en diversas conferencias, donde se escucharon quejas sobre la «agrupación de varios minerales bastante diferentes bajo el término ‘asbesto’ «.  Entre 1986 y 1993, en reuniones del Programa Internacional de Seguridad para las Sustancias Químicas (IPCS), donde productos como el asbesto-cemento se declararon aptos para el uso continuo, se detectó la influencia de los canadienses; pero también en reuniones e informes organizados bajo los auspicios de la OMS.  En dichas reuniones se defendió la manufactura del asbesto bajo el concepto de «uso controlado», o mediante los análisis de riesgo que destacaban el «dividendo» social del uso de asbesto en retardantes de fuego y productos de fricción.  Entre los defensores de tales argumentos estuvieron, entre otros, Richard Doll (famoso por sus estudios sobre la vinculación del tabaquismo con el cáncer de pulmón), Corbett McDonald, Peter Elmes (ex director del PRU), Robert Murray (ex asesor médico del Congreso de Sindicatos del Reino Unido), Kevin Browne (médico retirado de Cape asbestos, Ltd.), y Christopher Wagner.[36]  Las compañías de asbesto pronto pidieron a estos partidarios que realizaran estudios sobre muestras puntuales, seleccionadas en las fuerzas laborales o que testificaran en litigios; a veces, en ambos casos.  Estaban convencidas de que el crisotilo era un material esencial que, con las salvaguardas adecuadas, podía utilizarse de manera segura; por lo tanto, a menudo hicieron declaraciones de advertencia contra la desaparición de la industria del asbesto y la pérdida de puestos de trabajo que ello implicaría.

    Según McDonald, Wagner consideró el crisotilo como «casi inofensivo».  En Sudáfrica, en la década de 1960, esta opinión no había sido popular entre los productores de crocidolita o algunos de sus colegas científicos. Una vez que Wagner se trasladó a Gran Bretaña, sin embargo, su investigación demostró ser más agradable para las grandes compañías británicas y americanas, con las que alcanzó un modus vivendi.  Desde 1986 hasta 2001, una importante compañía estadounidense de asbesto, Owens-Illinois, hizo pagos regulares a Wagner a través de su firma legal.  La suma total probablemente fue de más de US$300.000, bastante significativa, especialmente a la luz de los bajos salarios que eran pagados a los investigadores en el Reino Unido.  Sin embargo, ni Owens-Illinois ni el mismo Wagner, hablaron nunca de este empleo como «experto en consultoría sobre problemas de asbesto».  No está claro por qué la compañía empleó a Wagner y cuáles fueron los aportes que este hizo a su empleador, por montos superiores a US$6.000 mensuales. Una posibilidad estaba en que hubiera sido contratado para ayudar a revisar la literatura médica, enfatizando los peligros de la crocidolita sobre los de la amosita y el crisotilo, reforzando de esta manera las defensas de Owens-Illinois en los litigios.[37]  Ciertamente, Wagner testificó en su defensa a pedido de los fabricantes de asbesto que usaban crisotilo/amosita, y las transcripciones revelan que fue una experiencia incómoda poco relacionada con la ciencia pura.  Posiblemente Wagner lamentó haberse comprometido de esa manera.  Cuando se le entrevistó en 1998, se quejó de cómo la industria del asbesto se propuso frustrar el descubrimiento científico, y de cómo la ciencia había sido secuestrada por los abogados y la prensa; tanto, que lamentaba haber trabajado alguna vez en las ERA.[38]  La consultoría secreta apareció en un descubrimiento legal, poco antes de la muerte de Wagner en 2001, aunque esto no arruinó ninguno de los obituarios elogiosos que se le hicieron.

    Peter Elmes (1921-2003) también consideró insignificante el riesgo del crisotilo.  Él creía que la evidencia del vínculo del crisotilo con el mesotelioma no era concluyente, y respaldaba su uso continuo, en especial si estaba libre de tremolita.  Pensó que incluso el hilado de asbesto blanco podría continuar si se «restringiera a unas pocas fábricas, muy sofisticadas y seguras».  Elmes no dijo dónde estarían ubicadas esas fábricas; y sus comentarios son desconcertantes dado que, como asesor de la industria del asbesto en la década de 1980, había visto por sí mismo ─y criticado─ las polvorientas y peligrosas condiciones en las minas y molinos de Turner & Newall, la empresa más avanzada de la industria.  Uno de los procesos de Turner & Newall que Elmes había criticado era la fabricación de «Fortex», una tecnología de dispersión húmeda basada en crisotilo que mató al menos a un trabajador por mesotelioma.  La visión de Elmes de un crisotilo libre de anfíbolos recibió poca atención por parte de los gerentes de la firma, quienes señalaron que las minas no daban garantías en cuanto al contenido de polvo y que su consideración principal era el costo.[39]

    Los crisofóbicos, sin embargo, continuaron siendo voceros de la oposición al crisotilo.  En la década de los 90, como lo demostró Barry Castleman, la participación de la industria en organismos como el IPCS y la OMS se encontró con la resistencia creciente de los científicos que exigían más objetividad para evaluar los riesgos de la salud.  Esto se debió en parte a que una corriente continua de estudios epidemiológicos de lugares tan alejados como Australia, Alemania y los Estados Unidos, describieron los mesoteliomas inducidos por el crisotilo.  La misma enfermedad atacaba a los mineros y molineros italianos (que trabajaron con crisotilo no contaminado con tremolita), a los trabajadores de ferrocarriles y locomotoras, y los mecánicos de automóviles.[40] La IARC y organizaciones estadounidenses como la Agencia de Protección Ambiental, el Departamento de Salud y Servicios Humanos de EE. UU. y el Instituto Nacional de Salud y Seguridad Ocupacional (NIOHS) consideraron el crisotilo como un agente causante del mesotelioma.  En 1996, por ejemplo, el NIOHS concluyó que el crisotilo debería tratarse con la misma prevención que los anfíbolos.

    En 1995, un estudio británico resaltó una inquietante tendencia nacional en la mortalidad por mesotelioma.  No solo estaba aumentando (y se preveía que lo haría hasta al menos el año 2020), sino que un porcentaje sorprendente de los trabajadores afectados eran plomeros, electricistas, trabajadores de la construcción y pintores, incluso maestros de escuela.  Esto brindó una nueva perspectiva respecto de informes anteriores en los que el riesgo del asbesto en edificios era considerado insignificante.  El estudio no trataba específicamente la cuestión de la «seguridad» relativa del crisotilo, ya que a menudo no hay manera de conocer con certeza el historial de exposición de las personas afectadas por el mesotelioma; pero sonó como una advertencia que resucitaba todo el problema del asbesto en los edificios.  De repente, los críticos de la industria del asbesto no parecían ser tan extremos.  La reacción del gobierno ante estos hallazgos fue tardía, pero de largo alcance.  En 1998, el Ejecutivo de Salud y Seguridad del Reino Unido encargó a un grupo del Consejo de Investigación Médica que evaluara el crisotilo.  Su informe fue cauteloso sobre si el crisotilo podría causar mesotelioma en ausencia de trazas de anfíbol, pero subrayó que causaba asbestosis y cáncer de pulmón.  Además, no cabía duda de que el uso de crisotilo para asbesto-cemento y materiales de fricción «no era justificable frente a sustitutos disponibles y técnicamente adecuados», como el alcohol polivinílico, la aramida y las fibras de celulosa.[41]

    La reacción de los canadienses fue intransigente. Una edición de 1997 de Annals of Occupational Hygiene, publicada por la British Occupational Hygiene Society (BOHS), mostró los resultados finales del estudio de cohorte de McDonald sobre once mil mineros y molineros de Quebec.  En un gesto poco ortodoxo, el diario llamó a uno de los científicos de McGill, Doug Liddell, a escribir un editorial como invitado. Como Liddell era uno de los coautores de McDonald, en realidad lo que hizo fue editorializar sobre su propio trabajo.  Liddell aprovechó la oportunidad para lanzar un ataque intemperante contra la «amenaza» y la «intensa malicia» de los médicos del Hospital Monte Sinaí: un grupo caracterizado como «Los cabildantes». El artículo sostenía que el crisotilo era «esencialmente inocuo, excepto posiblemente en la fabricación de textiles», y afirmó que esta era la opinión de la mayoría de los científicos en el campo.  Los documentos que surgieron del estudio mostraron un exceso de cánceres de pulmón y treinta y ocho mesoteliomas, que se atribuyeron característicamente a la tremolita. Sin embargo, se afirmó que solo ciertas minas «centrales» en Thetford tenían un problema de tremolita, y que el componente «minero» periférico era muy poco hermético, que podía eliminarse mediante un buen procesamiento para entregar un producto libre de anfíbolos.  El editorial, titulado «Magia, amenaza, mito y malicia», provocó un furor predecible en publicaciones que recogían las respuestas crisofóbicas de W. J. Nicholson (médico del Monte Sinaí) y Morris Greenberg (un epidemiólogo independiente de los Estados Unidos).  El BOHS se distanció de la discusión, diciendo que el Consejo médico de BOHS nunca vio nada antes de la publicación, a pesar de que los editores de los Anales habían precedido el tema en cuestión con la siguiente declaración (que recuerda misteriosamente el comentario en el British Journal of Industrial Medicine): «El grupo [de McDonald] sí… estableció que el crisotilo es una forma mucho menos peligrosa de asbesto que los anfíbolos, especialmente la crocidolita.  Se podría haber supuesto que esto hubiera sido una buena noticia para aquellos preocupados por la salud ocupacional, pero McDonald y sus colegas tuvieron que soportar una campaña de envilecimiento motivada por aquellos cuyas razones a menudo no eran del orden científico».[42]

    Sin embargo, la idea de la inocuidad del crisotilo era difícil de vender al creciente número de grupos de acción contra el asbesto que se estaban formando en sitios tan lejanos como Francia, India y Brasil.  Alimentando su continuo crecimiento y enojo estaba la ascendente mortalidad por las ERA.  En 1991 se formó una Red de Prohibición del Asbesto, luego de una conferencia internacional en Brasil.  Facilitado por Internet, el número de grupos internacionales asociados con esta red creció constantemente hasta que en 1999 se formó una Secretaría Internacional para la Prohibición del Asbesto (IBAS).  Como su nombre lo indica, la IBAS exige una prohibición mundial de todos los tipos de asbesto, una llamada que tuvo eco en 1999 por parte del Collegium Ramazzini.[43] Los científicos europeos agregaron combustible a estas demandas con otra proyección inquietante de la mortalidad por ERA.  El Reino Unido prohibió el crisotilo en 1999 (con algunas exenciones temporales), lo que significó la desaparición del asbesto-cemento.[44]  Un año antes, el Consejo de Europa había recomendado que se prohibieran todas las formas de asbesto en cuarenta Estados miembros, una recomendación que habría de convertirse en ley en 2005.  Para entonces, las prohibiciones se estaban instituyendo en Chile, Brasil y Australia; los Estados Unidos también se movían hacia la prohibición.

    Las opiniones de los grupos laicos y las de los científicos estaban comenzando a converger.  Los patólogos comenzaron cuestionando las ideas de que únicamente los anfíbolos eran peligrosos y que el asbesto blanco era inofensivo porque se eliminaba más fácilmente de los pulmones.  ¿Qué pasaría si el crisotilo desencadenaba el cáncer antes de ser eliminado?  Después de todo, desde la década de los 80 se sabía que el crisotilo tenía predilección por la pleura: exactamente lo que cabría esperarse si causaba mesotelioma. Cuando los patólogos examinaron las cargas de fibra de mesotelioma bajo el microscopio, ciertamente encontraron anfíbolos, pero también crisotilo.  Por lo tanto, no pudieron excluir el papel del crisotilo en la causa de la malignidad.  Estudios posteriores de tejidos mesoteliales por microscopía electrónica analítica mostraron que, en muchos tumores, el tipo de fibra principal identificado era el crisotilo; además, muchas de las fibras eran «cortas» (menos de 5 micras). Por lo tanto, a mediados de la década de 1990, se había producido una reacción marcada contra los crisofílicos, y algunos incluso sugirieron que el crisotilo era el principal responsable del mesotelioma.[45]  Incluso aquellos que no llegaron tan lejos en este tipo de afirmaciones se negaron a darle un certificado de buena salud al crisotilo.

    El consenso emergente sobre el crisotilo como causante del mesotelioma se vio reflejado en varias publicaciones a fines de la década de los noventa. Por ejemplo, en 1997 un grupo multidisciplinario de científicos reunidos en Helsinki descubrió que, aunque el crisotilo era menos potente que los anfíbolos, causaba mesotelioma. Además, en 1998 el IPCS, bajo el patrocinio conjunto del Programa de Medio Ambiente de los Estados Unidos, la Organización Internacional del Trabajo y la OMS, publicó una monografía dedicada enteramente al crisotilo. La monografía concluía: «La exposición al asbesto crisotilo presenta un mayor riesgo de asbestosis, cáncer de pulmón y mesotelioma en una forma de dosis-respuesta.  No se ha identificado ningún umbral para los riesgos carcinogénicos. Cuando se disponga de materiales sustitutos más seguros para el crisotilo, estos deben tenerse en cuenta».[46]  Estos acontecimientos coincidieron con un desafío canadiense, realizado a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), a la decisión francesa de prohibir el crisotilo.  La industria canadiense ahora era una sombra de lo que había sido.  En 1999, Canadá produjo 345.000 toneladas de asbesto (más del 18 por ciento de la producción mundial), convirtiéndose en el segundo mayor productor después de Rusia; la mayor parte de la fibra se destinaba al mundo en desarrollo (Asia, África y América Latina).  La industria empleaba aproximadamente a mil quinientos trabajadores en varios oficios de minería (una disminución de alrededor de seis mil en 1964).  Sin embargo, la industria canadiense seguía considerando que valía la pena continuar con el Caso francés, como una forma de publicitar las propiedades benéficas del crisotilo a su base de clientes, cada vez menor.  Esto representó otra oportunidad para que los defensores del crisotilo y sus oponentes se enfrentaran: uno, cargando sobre sí prácticas comerciales desleales, y el otro, corrupción científica y desinformación.  La disputa se resolvió a favor de los franceses en 2000, cuando la OMC confirmó para su satisfacción que había un riesgo carcinogénico asociado con la inhalación de fibras de crisotilo, con la seguridad de que el «uso controlado» no había sido demostrado, y que sustitutos como la fibra de vidrio eran menos carcinogénicos.[47]

     

    PERSPECTIVAS

    En cualquier punto que se analice, el debate sobre el crisotilo parece altamente incomprensible, sobre todo para el público.  Lo sigue siendo hoy.  Parecía que con los informes de la OMS/OMC se podría haber llegado a algún tipo de consenso. Sin embargo, las controversias científicas han continuado sin parar; como también la propaganda.  En 2001, los argumentos sobre la prohibición del asbesto se ventilaron nuevamente en el Canadian Medical Association Journal.  Los oponentes eran personas bastante familiares: científicos y médicos canadienses que defendían la exportación y el uso continuado del crisotilo; y sus críticos, muchos del Collegium Ramazzini, que argumentaban lo contrario.  Mientras tanto, los artículos continuaron acumulándose y mostrando los peligros del crisotilo o sugiriendo que los anfíbolos mezclados en el crisotilo eran realmente los culpables del peligro que este representaba.  En 2003, el gobierno canadiense expresó su continuado apoyo a la industria con una subvención de US$775.000, repartida en tres años.  En Gran Bretaña, año 2002, como en una repetición de la debacle estadounidense del asbesto en edificios, el Daily Telegraph denunció las regulaciones gubernamentales para obligar a los propietarios a gestionar el asbesto in situ y a proporcionar a quienes trabajasen en su propiedad, una descripción de los materiales de asbesto utilizados en la construcción.  El periódico enfatizó que la mayor parte del asbesto en los edificios era crisotilo; un mineral, argumentó, tan seguro como el polvo de talco.[48] Los artículos una vez más dieron a entender que el crisotilo era benigno, incrementando la incertidumbre entre el público.  Parecería que los debates fueran incapaces de resolver la controversia.

    En este sentido, una mirada histórica es útil. A pesar de la aparente confusión en puntos particulares, en general estamos sorprendidos por la consistencia del cuadro.  Primero, siempre ha existido un espectro de riesgo percibido.  Los anfíbolos han sido tradicionalmente considerados por los trabajadores como los más peligrosos; un hecho aparentemente confirmado por la experiencia.  Los mayores desastres sanitarios de la industria del asbesto: Hebden Bridge y Armley en el Reino Unido, Wittenoom en Australia, Penge y Prieska en Sudáfrica, Tyler en Texas y Libby en Montana, generalmente han involucrado a los anfíbolos.[49]  Décadas de investigación científica simplemente han confirmado lo que los trabajadores ya sospechaban, aunque todavía se debate sobre qué tan carcinogénica es la crocidolita respecto del crisotilo.[50]  En segundo lugar, el crisotilo nunca ha sido considerado libre de riesgos por los trabajadores ni por la mayoría de los científicos. Existe abundante evidencia de que el crisotilo puede causar mesotelioma; y, por supuesto, también puede causar cáncer de pulmón y asbestosis, un hecho que a menudo se ha olvidado en el debate sobre el crisotilo, el cual se ha centrado cada vez más en el mesotelioma. Los crisofílicos canadienses han tratado persistentemente de demostrar que el asbesto blanco es inocuo, pero sus afirmaciones aún no se han demostrado y sus recomendaciones probablemente no son prácticas.  En tercer lugar, y tal vez lo más importante, el proceso científico ha sido fuertemente influenciado por los recursos de la industria, algo que no siempre es evidente en la literatura científica, a menudo considerada ecuánime e imparcial.  Aquellos que no estén familiarizados con la historia del asbesto pueden preguntarse por qué se han dedicado más de cuarenta años a una investigación tan intensa, sobre un mineral que ya tenía un historial desastroso en los años sesenta.  Esto es explicable solo en términos de los intereses de la industria del asbesto en la minería y la fabricación de productos con asbesto, que a mediados de la década de 1960 se propusieron demostrar que el crisotilo no causaba mesotelioma, convirtiendo así este cánc er en un problema relacionado con el tipo de fibra.

    El uso del asbesto continúa incluso después de que los informes de la OMS/OMC han demostrado que el argumento es ahora esencialmente político y económico.  En cierto sentido, siempre fue así, porque ─como lo muestra este ensayo─ el asbesto ha sido demasiado rentable para ser abandonado sin una lucha por los intereses comerciales.  La influencia de estos últimos explica en gran parte por qué lo que se conoce como el «principio de precaución» nunca fue capaz de operar libremente con respecto al asbesto.[51] De manera similar, explica por qué ha habido mucho más debate e investigación sobre el asbesto que sobre los méritos de los materiales substitutos, los cuales desde al menos la década de 1970 han ofrecido alternativas mucho más seguras. También explica por qué el debate actual sobre el asbesto se ha desplazado sutilmente hacia la cuestión del riesgo relativo, abriendo así el camino para continuar con la manipulación del asbesto en condiciones «controladas». Los crisofílicos deberían estar en terreno firme aquí, pero dos hechos hacen que esta sea la parte más débil de su caso. En primer lugar, los intereses de la minería y la manufactura canadienses han fallado abismalmente en proporcionar condiciones de trabajo seguras para sus empleados, con consecuencias, en términos de ERA, que todavía se sienten. En segundo lugar, el historial de la industria en los países en desarrollo ha sido peor, e incluso hoy en día las condiciones de trabajo deficientes y las ERA siguen siendo la norma.  Como los críticos del asbesto han advertido, los productos pueden trasladarse con relativa facilidad, pero el conocimiento sobre los peligros y las medidas de seguridad viaja más lentamente.  El aumento de la promoción de los productos de tabaco (que tienen un efecto sinérgico con el asbesto) en los países de economías emergentes, también tiene una gran repercusión sanitaria.[52]  Por lo tanto, el «uso controlado» es, en el mejor de los casos, un ideal irrealizable en los países en desarrollo y, en el peor, otro mito de la industria.  El solo hecho de que la minería y la manufactura, en los países de economías emergentes, no esté regulada, hace que el crisotilo siga siendo una alternativa económica, lo cual garantiza que el debate entre los crisofílicos y los crisofóbicos continúe.

     

    [1] * Centre for Business History, Manchester Metropolitan University Business School, Aytoun Street, Man-chester M1 3GH, United Kingdom.

    ** School of Social Science and Planning, RMIT University, City Campus, GPO Box 2476V, Melbourne, 3001, Victoria, Australia.

    In researching this article, we drew extensively on documents produced in legal discovery in America. Of particular relevance is the Turner & Newall collection, produced in Chase Manhattan Bank v. T&N (87 Civ. 4436, Judge J. G. Koeltl), U.S. District Court, Southern District of New York, 27 Oct.–6 Dec. 1995. A microfilm copy of the T&N collection (as copied by Chase) is held at Manchester Metropolitan University BusinessSchool, United Kingdom. Documents from this collection are referenced in this essay as T&N microfilm archive, with reel/frame numbers. In addition, we had access to a treasure trove of unpublished documents on the Canadian asbestos industry, which was generously copied to us on DVD by David Egilman, Brown University,Providence, Rhode Island. We hold copies of all the documents cited in the article. Finally, we must thank Morris Greenberg, who kindly cast an expert medical eye over an early draft. Any errors that remain are our own; so are the views expressed. Geoffrey Tweedale has no competing interests; Jock McCulloch was a consultant for plaintiffs’ attorneys in Lubbe v. Cape plc (2000).

    [2] Richard Stone, “No Meeting of Minds on Asbestos,” Science, 15 Nov. 1991, 254:928–931, p. 928.  La «primera ola» de ERA (enfermedades relacionadas con el asbesto) fue causada por la exposición ocupacional al asbesto; la «segunda ola» fue causada por la exposición ocupacional indirecta (como en los oficios de la construcción); y la «tercera ola» se debe a la exposición en el entorno (por ejemplo, entre el personal de la oficina y las amas de casa expuestas a un overol polvoriento).

    [3] Las fibras de asbesto, después del procesamiento del mineral huésped, se pueden usar en una variedad de productos (textiles, cemento, revestimientos de frenos, productos aislantes) que aprovechan las valiosas propiedades del asbesto: alta resistencia a la tracción, flexibilidad, resistencia a los productos químicos y altas temperaturas, y alta resistencia eléctrica.  Ver Catherine W. Skinner, Malcolm Ross, and Clifford Frondel, Asbestos and Other Fibrous Minerals (New York: Oxford Univ. Press, 1988).

    [4] J. C. McDonald, “Unfinished Business: The Asbestos Textiles Mystery”, Annals of Occupational Hygiene, 1998, 42:3–5, p. 3.  Para las cifras, ver Canadian Minerals Yearbook (2002),

    www.nrcan.gc.ca/mms/cmy/content/2002/20.pdf.

    [5] M. Greenberg, “Dust Exposure and Mortality in Chrysotile Mining, 1910–76” [letter], Journal of Occupational and Environmental Medicine, 1994, 51:431. Para el trabajo en la historia de la medicina ocupacional, ver, por ejemplo, Ronald Bayer, ed., The Health and Safety of Workers: Case Studies in the Politics of Professional Responsibility (Oxford: Oxford Univ. Press, 1988); Claudia Clark, Radium Girls: Women and Industrial Health Reform, 1910– 1935 (Chapel Hill: Univ. North Carolina Press, 1997); David Rosner and Gerald Markowitz, Deadly Dust: Silicosis and the Politics of Occupational Disease in Twentieth-Century America (Princeton, N.J.: Princeton Univ. Press, 1991); Samuel S. Epstein, The Politics of Cancer Revisited (New York: East Ridge, 1998); Stanton A. Glantz, John Slade, Lisa A. Bero, Peter Hanauer, and Deborah E. Barnes, The Cigarette Papers (Berkeley: Univ. California Press, 1996); Markowitz and Rosner, Deceit and Denial: The Deadly Politics of Industrial Pollution (Berkeley: Univ. California Press, 2002); Robert N. Proctor, Cancer Wars: How Politics Shapes What We Know and Don’t Know about Cancer (New York: Basic, 1995); and Christopher C. Sellers, Hazards of the Job: From Industrial Disease to Environmental Health Science (Chapel Hill: Univ. North Carolina Press, 1997).

    [6] Reginald Tage, un sindicalista de Cape Asbestos Company en el Reino Unido, planteó la cuestión de si «el asbesto anfíbol tiene un mayor factor de riesgo para los empleados que las variedades serpentinas»: Reginald Tage a Sir T. Legge, 25 de enero. 1932, MSS 292 / 144.3 / 6, Centro de Registros Modernos de la Universidad de Warwick, Reino Unido. El médico de la compañía de El Cabo, mientras tanto, observó que los trabajadores creían que los anfíboles (asbesto azul y asbesto marrón) eran más peligrosos que el crisotilo. Ver H. Wyers, “That Legislative Measures Have Proved Generally Effective in the Control of Asbestosis” (M.D. thesis, Glasgow Univ., 1946), p. 48.

    [7] B. Dewey (Dewey & Almy Chemical Company) to Manfred Bowditch, 19 Feb. 1938.

    [8] Christopher Wagner, “Disputes on the Safety of Asbestos,” New Scientist, 7 Mar. 1974, pp. 606–609, p. 606.

    [9] En el siglo XX, Gran Bretaña importó 150.000 toneladas de crocidolita, 600.000 toneladas de amosita y 5 millones de toneladas de crisotilo. En 1964, el Reino Unido importó 7.500 toneladas de crocidolita (utilizada principalmente en baterías de automóviles y cemento de asbesto), 22.500 toneladas de amosita y 154.000 toneladas de crisotilo. Ver Ministry of Labour and HM Factory Inspectorate, Problems Arising from the Use of Asbestos: Memorandum of the Senior Medical Inspector’s Advisory Panel (London: HMSO, 1967), p. 8. En comparación, en 1973, los Estados Unidos utilizaron 18.000 toneladas de crocidolita, 4.000 toneladas de amosita y 840.000 toneladas de crisotilo. Ver Irving J. Selikoff and Douglas H. K. Lee, Asbestos and Disease (New York: Academic Press, 1978), p. 56.

    [10] S. Holmes to Griffin & George, Ltd., 22 Apr. 1968, T&N microfilm archive, 15/1355; and Geoffrey Tweedale,

    Magic Mineral to Killer Dust: Turner & Newall and the Asbestos Hazard, 2nd ed. (Oxford: Oxford Univ. Press,

    2001), p. 207.

    [11] Jock McCulloch recibió información sobre la mezcla de amosita y crocidolita realizada por antiguos mineros durante una visita a Penge en noviembre de 2002. Sobre el anfíbol en crisotilo «puro», ver A. Churg and B. Wiggs, “Fiber Size and Number in Workers Exposed to Processed Chrysotile Asbestos, Chrysotile Miners, and the General Population,” American Journal of Industrial Medicine, 1986, 9:143–152; and Churg, “Chrysotile, Tremolite, and Malignant Mesothelioma in Man,” Chest, 1988, 93:621–628. El problema de la deformación fue discutido en Jock McCulloch, entrevista con Pat Hart, CEO de Griqualand Exploration & Finance Company, Braamfontein, Johannesburgo, 6 de julio de 2001; la adición de crocidolita como un «antibiótico de amplio espectro» se observa en McCulloch, entrevista con Hart, 7 de julio de 1999.

    [12] I. J. Selikoff to Marie Ehrmann, 31 July 1973; International Union Against Cancer, “Report and Recommendations of the Working Group on Asbestos and Cancer,” Annals of the New York Academy of Sciences, 1965, 132:706–721, en p. 711; y J. C. Gilson, “Asbestos Cancer: Past and Future Hazards,” Proceedings of the Royal Society of Medicine, 1973, 66:395–403. Para estudios que sugieren que el crisotilo podría causar mesotelioma, ver A. D. McDonald, A. Harper, O. A. El Attar, and J. C. McDonald, “Epidemiology of Primary Malignant Mesothelial Tumors in Canada,” Cancer, 1970, 26:914–919; M. Borow, A. Conston, and L. Livornese, “Mesothelioma Following Exposure to Asbestos: A Review of Seventy-two Cases,” Chest, 1973, 64:641–646; and M. Greenberg and T. A. Lloyd Davies, “Mesothelioma Register, 1967–68,” British Journal of Industrial Medicine, 1974, 31:91–104.

    [13] Peter Elmes, “Conflicts in the Evidence of the Health Effects of Mineral Fibres,” in Mineral Fibers and Health, ed. Douglas Liddell and Klara Miller (Boca Raton, Fla.: CRC Press, 1991), pp. 322–335, en p. 328. Para los experimentos de Wagner, ver J. C. Wagner and G. Berry, “Mesothelioma in Rats Following Inoculation with Asbestos,” British Journal of Cancer, 1969, 23:578–581; J. C. Wagner, Berry, and V. Timbrell, “Mesotheliomata in Rats after Inoculation with Asbestos and Other Minerals,” ibid., 1973, 28:173–185; and J. C. Wagner, Berry, J. W. Skidmore, and Timbrell, “The Effects of the Inhalation of Asbestos in Rats,” ibid., 1974, 29:252–269.

    [14] J. C. Wagner, P. Bogovski, and J. Higginson, “The Role of International Research in Occupational Cancer,” Medicina del Lavoro, 1972, 63:213–220, en p. 220.

    [15] Minutas: reunión para debatir sobre la formación de la Asociación de Información sobre el Asbesto/América del Norte, jueves 5 Nov. 1970 (8306A), p. 4; Actas: reunión con la Junta de Directores, Asociación de Información sobre el Asbesto/América del Norte, jueves, 24 de agosto de 1971 (8301), p. 5 («líneas de acción»); AIA/NA, Artículos para discusión, 23 de marzo de 1973 (manchando a Selikoff); y «IOEH: Una revisión de antecedentes y proyectos patrocinados,» n.d., ca. 1974, archivo de microfilmes de T & N, 71 / 20-45.

    [16] QAMA, Minutas de la Reunión Especial . . . realizada el 28, 29 March 1968, en el Grand Bahama Hotel and Country Club, Grand Bahamas; y QAMA, Paul-A. Filteau, Notes on Dr. Irving Selikoff, guest speaker, Univ. Toronto, 2, 3 May 1973. Sobre el trabajo de IOEH véase Paul Brodeur, Expendable Americans (New York: Viking, 1974), pp. 131–134. Para las primeras instancias de mesotelioma y cáncer de pulmón entre los trabajadores canadienses de crisotilo, véase W. E. Smith, “Surveys of Some Current British and European Studies of Occupational Tumor Problems,” Archives of Industrial Hygiene and Occupational Medicine, 1952, 5:242–262; sobre su supresión véase Barry I. Castleman, Asbestos: Medical and Legal Aspects, 4th ed. (Englewood Cliffs, N.J.: Aspen Law & Business, 1996), pp. 86–87, 113–117.

    [17] Corbett McDonald CBC radio interview, 7 Mar. 1975, T&N microfilm archive, 79/1191–1196. El consultor de la industria A. J. Lanza expresó una opinión más escéptica de la industria canadiense del asbesto, y escribió: «Siempre tuve la sensación de que [el argumento de los canadienses] estaba motivado por el interés propio en lugar de hacer una contribución científica». A. J. Lanza a Bowditch, 13 de diciembre de 1937. Véase también M. Greenberg, “Trust Me, I’m a Doctor,” Amer. J. Indus. Med., 2000, 37:232–234.

    [18] A. D. McDonald and J. C. McDonald, “Mesothelioma after Crocidolite Exposure during Gas Mask manufacture,” Environmental Research, 1978, 17:340–346; and Aniruddha De, “Petrology of Dikes Emplaced in the Ultramafic Rocks of South-Eastern Quebec” (Ph.D. diss., Princeton Univ., 1961).

    [19] Para las críticas americanas ver D. Egilman, C. Fehnel, and S. R. Bohme, “Exposing the ‘Myth’ of ABC, ‘Anything But Chrysotile’: A Critique of the Canadian Asbestos Mining Industry and McGill University Chrysotile Studies,” Amer. J. Indus. Med., 2003, 44:540–557. Sobre las condiciones de trabajo en plantas canadienses ver R. Storey and W. Lewchuck, “From Dust to DUST to Dust: Asbestos and the Struggle for Worker Health and Safety at Bendix Automotive,” Labour/Le Travail [Journal of Canadian Labour Studies], 2000, 45:103–140. Para el comentario de Baudry’s ver R. Beaudry, G. Lagace, and L. Jukau, Rapport final: Comité d’Etude sur la Salubrité dans l’Industrie de l’Amiante (Quebec: Le Comité, 1976), p. 381. Ver también Lloyd Tataryn, Dying for a Living: The Politics of Industrial Death (Ottawa: Deneau & Greenberg, 1979), pp. 15–60. Para las críticas de las cifras de mesotelioma de McDonald, vea Subcommittee on Environmental Health, Department of National Health and Welfare, Report of the Asbestosis Working Group, Ottawa, 15 Feb. 1976, copy in T&N microfilm archive, 417/ 1220–1250.

    [20] Health and Safety Commission, Asbestos, Vol. 1: Final Report of the Advisory Committee (London: HMSO, 1979), p. 62. Sobre el Consejo de Investigación de la Asbestosis, ver  Geoffrey  Tweedale, “Science or Public Relations? The Inside Story of the Asbestosis Research Council,” Amer. J. Indus. Med., 2000, 38:723–734.

    [21] Nancy Tait, Asbestos Kills, 2nd ed. (1976; London: Privately published, 1977), pp. i–ii; and Alan Dalton, Asbestos Killer Dust (London: BSSRS Publications, 1979), p. 48. Ver también London Hazards Centre, The Asbestos Hazards Handbook (London: London Hazards Centre, 1995), pp. 103–104.

    [22] Para la evaluación temprana de IARC ver WHO/IARC, Biological Effects of Asbestos: Proceedings of a Working Conference Held at the IARC, Lyon, France, 2–6 October 1972, IARC Scientific Publications No. 8 (Lyon: IARC, 1973); la evaluación más independiente es IARC Monographs on the Evaluation of the Carcinogenic Risk of Chemicals to Man, Vol. 14 (from IARC Working Group, Lyon, 4–17 Dec. 1976) (Geneva: WHO, 1977), p. 80. Véase también L. Tomatis, “The IARC Monographs Program: Changing Attitudes towards Public Health,” International Journal of Occupational and Environmental Health, 2002, 8:144–152. Para el  punto de vista de Wagner, ver J. C. Wagner, G. Berry, J. W. Skidmore, and F. D. Pooley, “The Comparative Effect of Three Chrysotiles by Injection and Inhalation in Rats,” en IARC, Biological Effects of Mineral Fibres, IARC Scientific Publications No. 30 (Lyon: IARC, 1980), pp. 363–373; el estudio estadounidense es C. Robinson, R. A. Lemen, and J. K. Wagoner, “Mortality Patterns, 1940–1975, among Workers Employed in an Asbestos Textile Friction and Packing Products Manufacturing Facility,” en Dust and Disease, ed. Lemen and J. M. Dement (Park Forest, Ill.: Pathotex, 1979), pp. 131–143.

    [23] “Tackling Asbestos,” Johannesburg Financial Mail, 30 Apr. 1976 (1976 figures); P. H. R. Snyman, “Safety and Health in the Northern Blue Asbestos Belt,” Historia, 1988, 33:31–52, en p. 32 (output slump); Report of the Department of Mines for the Year Ending 31 December 1978 (Pretoria: Government Printer, 1979), p. 7; y “Mounting Campaign against SA Asbestos,” Johannesburg Citizen, 11 July 1977.

    [24] Report of the Royal Commission on Matters of Health and Safety Arising from the Use of Asbestos in Ontario, 3 vols. (Toronto: Queen’s Printer, 1984).

    [25] Actas del Simposio Mundial sobre el Asbesto celebrado los días 25, 26 y 27 de mayo de 1982, en Montreal, Quebec, Canadá (Quebec: Canadian Information Centre, 1982). Sobre «soporte» para la IA ver Bill Schiller, “Why Canada Pushes Killer Asbestos,” Toronto Star, 20 Mar. 1999; Schiller, “Asbestos ‘King’ Admits Fibres Will Kill,” ibid., 21 Mar. 1999; and Schiller, “A Deadly Export,” ibid., 23 Mar. 1999. Sobre la misión del instituto véase la página web del Instituto del Asbesto: www.asbestos-institute.ca.

    [26] Nota de los traductores: La Asociación Internacional de Crisotilo es un grupo de presión creado por la industria mundial del asbesto. Su objetivo es promover el uso del asbesto, especialmente en Asia, América Latina y África. Originalmente se llamaba Asociación Internacional del Asbesto (AIA) y se estableció en el Reino Unido en 1976. Dos décadas más tarde, cuando el Reino Unido y Europa avanzaban hacia la prohibición del asbesto, la AIA necesitaba encontrar un entorno más hospitalario. ¿Qué podría ser mejor que Canadá, un importante exportador de asbesto con el activo inestimable de permitir que la credibilidad internacional de Canadá y la bandera de Canadá se utilizaran como frentes para la propaganda sobre el asbesto?

    En 1997, la AIA se trasladó a Montreal en Quebec y estableció una relación acogedora con la organización de lobby canadiense, el Instituto del Asbesto. El presidente del Instituto del Asbesto, Clément Godbout, también era el presidente de la AIA. El Ministro de Recursos Naturales de Canadá, Ralph Goodale, se jactó: «La ubicación de esta oficina central subraya el liderazgo internacional y la experiencia de Canadá en el tratamiento de las cuestiones relacionadas con el asbesto crisotilo».  A fin de mantener una mejor imagen, la AIA y el Instituto del Asbesto eliminaron la palabra «Asbesto» de sus nombres en 2005, volviendo a inscribirse en el registro de empresas de Quebec como la Asociación Internacional del crisotilo y el Instituto del crisotilo. En los anales de esta organización figura como miembro de la junta directiva de la Asociación Internacional del crisotilo en octubre 4 de 2011, Jorge Hernán Estrada, Presidente de Alcolfibras, el lobby de la industria del asbesto en Colombia. Ruff, Kathleen. Exposé of the International Chrysotile Association. Mon, Feb 18, 2013.

    https://rightoncanada.ca/?p=1862.

    [27] M. F. Stanton, M. Layard, E. Tegeris, E. Miller, M. May, E. Morgan, and A. Smith, “Relation of Particle Dimension to Carcinogenicity in Amphibole Asbestos and Other Fibrous Materials,” Journal of the National Cancer Institute, 1981, 67:965–975. Ver también R. F. Dodson, M. A. L. Atkinson, and J. L. Levin, “Asbestos Fiber Length as Related to Potential Pathogenicity: A Critical Review,” Amer. J. Indus. Med., 2003, 44:291–297.

    [28] Con respecto a la longitud de la fibra, ver Selikoff and Lee, Asbestos and Disease (cit. n. 8), pp. 427–428. Para la investigación del crisotilo en las minas de Zimbabue ver Rabelan Baloyi, “Exposure to Asbestos among Chrysotile Miners, Millers, and Mine Residents and Asbestosis in Zimbabwe” (Ph.D. diss., Inst. Occupational Health, Univ. Kuopio, Helsinki, 1989), p. 65; and M. Cullen and Baloyi, “Chrysotile Asbestos and Health in Zimbabwe, I: Analysis of Miners and Millers Compensated for Asbestos-Related Diseases since Independence (1980),” Amer. J. Indus. Med., 1991, 19:161–169. Sobre el mesotelioma en mecánicos de frenos ver A. M. Langer and W. T. E. McCaughey, “Mesothelioma in a Brake Repair Worker,” Lancet, 13 Nov. 1982, 8307:1101–1102; M. J. Teta, H. C. Lewinsohn, J. W. Meigs, R. A. Vidone, L. Z. Mowad, and J. T. Flannery, “Mesothelioma in Connecticut, 1955–1977: Occupational and Geographical Associations,” Journal of Occupational Medicine, 1983, 25:749–756; and M. Huncharek, J. Muscat, and J. V. Capotorto, “Pleural Mesothelioma in a Brake Mechanic,” Brit. J. Indus. Med., 1989, 46:69–71. Sobre el mesotelioma en trabajadores ferroviarios ver T. F. Mancuso, “Relative Risk of Mesothelioma among Railroad Machinists Exposed to Chrysotile,” Amer. J. Indus. Med., 1988, 13:639–657.

    [29] Sobre el mesotelioma en trabajadores de filtros para vinos, ver G. Scansetti, F. Mollo, G. Tiberi, A. Andrion, and G. Piolatto, “Pleural Mesothelioma after a Short Interval from First Exposure in the Wine Filter Industry,” Amer. J. Indus. Med., 1984, 5:335–339; en trabajadores de metales, ver K. Moringa, N. Kohyama, K. Yokohama, Y. Yasui, I. Hara, M. Sasaki, Y. Suzuki, and Y. Sera, “Asbestos Fibre Content of Lungs with Mesotheliomas in Osaka, Japan: A Preliminary Report,” in WHO/IARC, Non-Occupational Exposure to Mineral Fibres, IARC Scientific Publications No. 90 (Lyon: IARC, 1989), pp. 438–443; and after environmental exposure to white asbestos see K. M. Wolf, Z. H. Piotrowski, J. D. Engel, L. G. Bekeris, E. Palacios, and K. A. Fisher, “Malignant Mesothelioma with Occupational and Environmental Asbestos Exposure in an Illinois Community Hospital,” Archives of Internal Medicine, 1987, 147:2145–2149. Sobre los resultados de Charleston ver J. M. Dement, R. L. Harris, M. J. Symons, and C. M. Shy, “Exposures and Mortality among Chrysotile Asbestos Workers, Pt. II: Mortality,” Amer. J. Indus. Med., 1983, 4:421–433. Para llegar a la conclusión de que no había un nivel seguro de exposición al crisotilo, véase WHO/ IARC, IARC Monographs on the Evaluation of Carcinogenic Risks to Humans: Overall Evaluations of Carcinogenicity: An Updating of IARC Monographs Vols. 1–42, Supplement 7 (Lyon: IARC, 1987).

    [30] M. Huncharek, “Asbestos and Cancer: Epidemiological and Public Health Controversies,” Cancer Investigation, 1994, 12:214–222, on p. 217. Sobre posible contaminación por aceite ver P. Sebastien, J. C. McDonald, A. D. McDonald, B. Case, and R. Harley, “Respiratory Cancer in Chrysotile Textile and Mining Industries: Exposure Inferences from Lung Analysis,” Brit. J. Indus. Med., 1989, 46:180–187; sobre contaminación por tremolita ver Churg, “Chrysotile, Tremolite, and Malignant Mesothelioma” (cit. n. 10).

    [31] Robert J. Day to C. F. N. Hope, 26 Oct. 1989, T&N microfilm archive, 504/981–982; and Safe Buildings Alliance, Asbestos in Buildings: What Owners and Managers Should Know (Washington, D.C., 1989), T&N microfilm archive, 504/905–942.

    [32] Castleman, Asbestos (cit. n. 15), pp. 822–827. Véase también J. E. Alleman and B. T. Mossman, “Asbestos Revisited,” Scientific American, July 1997, 277:70–76, que junto con una imagen del transbordador espacial ensalza el asbesto como un «producto vital de importancia global estratégica» que «todavía puede considerarse bueno».

    [33] B. T. Mossman and J. B. L. Gee, “Asbestos-Related Diseases,” New England Journal of Medicine, 29 June 1989, 320:1721–1730; and Mossman, J. Bignon, M. Corn, A. Seaton, and Gee, “Asbestos: Scientific Developments and Implications for Public Policy,” Science, 19 Jan. 1990, 247:294–301. Para la observación del editor, vea a Philip H. Abelson, “The Asbestos Removal Fiasco,” ibid., 2 Mar. 1990, 247:1017.

    [34] Para las críticas ver, por ejemplo, SheldonW. Samuels, “Asbestos, Carcinogenicity, and Public Policy” [letter], Science, 18 May 1990, 248:795–796. El New England Journal of Medicine, 11 Jan. 1990, 322:131, respondió: «Mantuvimos la divulgación de [los autores] [de las consultorías de asbesto] en el archivo, pero decidimos no publicarla». Sobre la conferencia de Nueva York ver P. J. Landrigan and H. Kazemi, eds., “The Third Wave of Asbestos Disease: Exposure to Asbestos in Place: Public Health Control,” Ann. N.Y. Acad. Sci., 1991, 643:1–628.

    [35] “Editor’s Choice,” Brit. J. Indus. Med., 1993, 50:1058; and Health Effects Institute, Asbestos in Commercial

    Buildings: A Literature Review and Synthesis of Current Knowledge (Boston, Mass.: Health Effects Institute,

    1991). Para un historial patrocinado por W. R. Grace acerca de la controversia sobre el asbesto en los edificios, que es muy crítico con la política de reducción de la Agencia de Protección Ambiental, vea Jacqueline K. Corn, Environmental Public Health Policy for Asbestos in Schools: Unintended Consequences (Boca Raton, Fla.: Lewis, 1999). El autor es el esposo de Morton Corn.

    [36] Para la queja sobre el uso general del término “asbestos” ver G. W. Gibbs, F. Valic, and K. Browne, eds., “Health Risks Associated with Chrysotile Asbestos: Report of Workshop in Jersey, Channel Islands, 14– 17 November 1993,” Ann. Occup. Hyg., 1994, 38:399–646, on p. 401. Sobre la “Influencia canadiense” ver B. I. Castleman, “The Manipulation of ‘Scientific Organisations’: Controversies at International Organisations over Asbestos Industry Influence,” Annals of the Global Asbestos Congress: Past, Present, and Future, Osasco, Brazil, 17–20 Sept. 2000, CD-ROM. El punto de vista de Browne se transmite en Kevin Browne, «Crisotilo: umbrales de riesgo», documento presentado en un Seminario internacional sobre la seguridad en el uso del asbesto crisotilo: fundamento para la acción reguladora con base científica, La Habana, Cuba, 12-13 de septiembre de 2000, publicado en el sitio web de AI: www.chrysotile.com/en/hltsfty/ browne.htm

    [37] El obituario de McDonald sobre Wagner, London Independent, 4 de julio de 2000; affidávit de Paul J. Hanly, Jr., en Owens-Illinois, Inc., v. T & N, Ltd., en el Tribunal de Distrito de los EE. UU. Para el Distrito Este de Texas, División Marshall, CA No. 2-99CV01117-DF, 24 de enero de 2000, pág. 10; y una declaración jurada enmendada de R. Bruce Shaw en respuesta a la declaración jurada de Paul. J. Hanly, Jr., en Owens-Illinois v. T & N, 16 de febrero de 2000.

    [38] Deposición de JC Wagner, Claude Cimino contra Raymark Industries, Stafford Hotel, Londres, 30 de mayo de 1990, en la que afirmó que «el crisotilo no causa mesotelioma», pero la amosita sí puede, «probablemente con una dosificación muy pesada» (págs. 79-80); y McCulloch, entrevista con J. C. Wagner, Weymouth, Dorset, 22 de marzo de 1998.

    [39] P. C. Elmes, “Mesotheliomas and Chrysotile,” Ann. Occup. Hyg., 1994, 38:547–553; y Elmes, “Conflicts in the Evidence” (cit. n. 12), p. 334 (quotation). Para la crítica de Elmes a la manufactura de “Fortex” véase Tweedale, Magic Mineral to Killer Dust (cit. n. 9), p. 259. Para la respuesta de Turner & Newall al punto de vista de Elmes ver N. Rhodes to S. Marks, 2 Apr. 1983, T&N microfilm archive, 310/1676–1677.

    [40] Castleman, “Manipulation of ‘Scientific Organizations’” (cit. n. 34). Entre los informes sobre el mesotelioma inducido por crisotilo, véase A. J. Rogers, J. Leigh, G. Berry, D. A. Ferguson, H. B. Mulder, and M. Ackad, “Relationship between Lung Asbestos Fiber Type and Concentration and Relative Risk of Mesothelioma: A Case Control Study,” Cancer, 1991, 67:1912–1927; W. Sturm, B. Menze, J. Krause, and B. Thriene, “Use of Asbestos, Health Risks, and Induced Occupational Diseases in the Former East Germany,” Toxicology Letters, 1994, 72:317–324; and W. J. Nicolson and P. J. Landrigan, “The Carcinogenicity of hrysotile Asbestos,” in Advances in Modern Experimental Toxicology, Vol. 22: The Identification and Control of Environmental and Occupational Diseases: Asbestos and Cancers, ed. M. A. Mehlman and A. Upton (Princeton, N.J.: Princeton Scientific Publishing, 1995), pp. 407–423. Sobre el mesotelioma en los trabajadores italianos de la mina y la fábrica ver G. Piolatto, E. Negri, C. La Vecchia, E. Pira, A. Decarli, and J. Peto, “An Update of Cancer Mortality among Chrysotile Asbestos Miners in Balangero, Northern Italy,” Brit. J. Indus. Med., 1990, 47:810–814. Sobre la enfermedad en trabajadores de ferrocarriles y locomotoras, véase C. Maltoni, C. Pinto, and A. Mobiglia, “Mesotheliomas Due to Asbestos Used in Railroads in Italy,” in Landrigan and Kazemi, eds., “Third Wave of Asbestos Disease” (cit. n. 32), pp. 347–367; and J. R. Ruttner, “Mesothelioma in Swiss Railroad Workers,” ibid., pp. 404–406. Sobre el mesotelioma en mecánicos de carros ver H.-J. Woitowitz and K. Rodelsberger, “Chrysotile Asbestos and Mesothelioma,” Amer. J. Indus. Med., 1991, 19:551–553.

    [41] J. Peto, J. T. Hodgson, F. E. Matthews, and J. R. Jones, “Continuing Increase in Mesothelioma Mortality in Britain,” Lancet, 4 Mar. 1995, 345:535–539; y MRC Institute for Environment and Health, Chrysotile and Its Substitutes: A Critical Evaluation (Leicester: Institute for Environment and Health, Dec. 2000), p. 4, publicado en www.le.ac.uk/ieh/webpub/webpub.html. Véase también MRC Institute for Environment and Health, Fibrous Materials in the Environment: A Review of Asbestos and Man-Made Mineral Fibres (Leicester: Institute for Environment and Health, 1997); y P. T. C. Harrison, L. S. Levy, G. Patrick, G. H. Pigott, and L. L. Smith, “Comparative Hazards of Chrysotile Asbestos and Its Substitutes: A European Perspective,” Environmental Health Perspectives, 1999, 107:607–611.

    [42] F. D. K. Liddell, “Editorial: Magic, Menace, Myth, and Malice,” Ann. Occup. Hyg., 1997, 41:1–12, on p. 11. Los hallazgos están detallados en Liddell, A. D. McDonald, and J. C. McDonald, “The 1890–1920 Birth Cohort of the Quebec Chrysotile Miners and Millers: Development from 1904 and Mortality to 1992,” ibid., pp. 13–36; J. C. McDonald and A. D. McDonald, “Chrysotile, Tremolite, and Carcinogenicity,” ibid., pp. 699–705; A. D. McDonald, B. W. Case, A. Churg, A. Dufresne, G. W. Gibbs, P. Sebastien, and D. McDonald, “Mesothelioma in Quebec Chrysotile Miners and Millers: Epidemiology and Aetiology,” ibid., pp. 707–719; and Liddell, A. D. McDonald, and J. C. McDonald, “Dust Exposure and Lung Cancer in Quebec Chrysotile Miners and Millers,” ibid., 1998, 42:7–20. Para las cartas críticas, véase ibid., 1997, 41:383-388. El prefacio es «La cohorte de asbesto de Quebec», ibid., p. 1.

    [43] Sobre IBAS véase L. Kazan-Allen, “The Asbestos War,” Int. J. Occup. Environ. Health, 2003, 9:173–193. El Collegium Ramazzini, un grupo de médicos de salud ocupacional, fue fundado por Irving Selikoff en la Escuela de Medicina Mount Sinai en 1982. Ver P. J. Landrigan, «Asbestos-Still a Carcinogen», New Engl. J. Med., 28 de mayo de 1998, 338: 1618 – 1619; y artículos en un número especial titulado «Llamado a una prohibición internacional del asbesto», Amer. J. Indus. Med., 2000, 37.

    [44] J. Peto, A. Decarli, C. La Vecchia, F. Levi, and E. Negri, “The European Mesothelioma Epidemic,” Brit. J. Cancer, 1999, 79:666–672 (mortality projection); and M. R. Cullen, “Chrysotile Asbestos: Enough Is Enough,”

    Lancet, 9 May 1998, 351:1377–1378 (ban).

    [45] Sobre la predilección del crisotilo por la pleura, véase Y. Suzuki and N. Kohyama, “Translocation of Inhaled Asbestos Fibres from the Lung to Other Tissue,” Amer. J. Indus. Med., 1991, 19:701–704; see also Suzuki and R. Yuen, “Asbestos Fibers Contributing to the Induction of Human Malignant Mesothelioma,” Ann. N.Y. Acad. Sci., 2002, 982:160–176. Sobre las cargas de fibra de mesotelioma, vea V. L. Roggli, P. C. Pratt, and A. R. Brody, “Asbestos Fiber Type in Malignant Mesothelioma: An Analytical Scanning Electron Microscope Study of Ninety-four Cases,” Amer. J. Indus. Med., 1993, 23:605–614. Para los estudios de microscopio electrónico ver Suzuki and Yuen, “Asbestos Tissue Burden Study on Human Malignant Mesothelioma,” Industrial Health, 2001, 39:150–160; véase también Suzuki and Yuen, “Asbestos Fibers.” Para la sugerencia de que el crisotilo era la principal causa de mesotelioma, véase A. H. Smith and C. C. Wright, “Chrysotile Asbestos Is the Main Cause of Pleural Mesothelioma,” Amer. J. Indus. Med., 1996, 30:252–266; and L. T. Stayner, D. Dankovic, and R. A. Lemen, “Occupational Exposure to Chrysotile Asbestos and Cancer Risk: A Review of the Amphibole Hypothesis,” American Journal of Public Health, 1996, 86:179–186.

    [46] A. Tossavainen et al., “Asbestos, Asbestosis, and Cancer: The Helsinki Criteria for Diagnosis and Attribution,” Scandinavian Journal of Work, Environment, and Health, 1997, 23:311–316; and International Programme on Chemical Safety, Environmental Criteria 203: Chrysotile Asbestos (Geneva: WHO, 1998), p. 94, posted at www.inchem.org/documents/ehc/ehc/ehc203.htm.

    [47] WTO, “European Community—Measures Affecting Asbestos and Asbestos-Containing Products”: Informe del Grupo Especial, WT / DS135 / R, 18 de septiembre de 2000; Informe del Órgano de Apelación, WT / DS135 / AB / R, 12 de marzo de 2001. Para las opiniones divergentes expresadas en el contexto de la controversia, véase B. I. Castleman and R. A. Lemen, “The Manipulation of International Scientific Organizations,” Int. J. Occup. Environ. Health, 1998, 4:53–55; and Castleman, “WTO Confidential: The Case of Asbestos: World Trade Organization,” International Journal of Health Services, 2002, 32:489–501. See also Lemen, “Challenge for the Twenty-first Century—A Global Ban on Asbestos,” in Annals of the Global Asbestos Congress: Past, Present, and Future, CD-ROM (cit. n. 34).

    [48] Para el debate de 2001 ver, por ejemplo, M. Camus, “A Ban on Asbestos Must Be Based on a Comparative Risk Assessment,” Canadian Medical Association Journal, 2001, 164:491; and P. J. Landrigan, “The Debate on Banning Asbestos,” ibid., 165:1191. Para más sobre las amenazas del crisotilo ver S. X. Ca, C. H. Zhang, X. Zhang, and K. Morinaga, “Epidemiology of Occupational Asbestos-Related Diseases in China,” Indus. Health, 2001, 39:75–83; W. J. Nicolson, “The Carcinogenicity of Chrysotile Asbestos: A Review,” ibid., pp. 57–64; and E. Yano, Z.-M. Wang, X.-R. Wang, M.-Z. Wang, and Y.-J. Lan, “Cancer Mortality among Workers Exposed to Amphibole-Free Chrysotile Asbestos,” American Journal of Epidemiology, 2001, 154:538–543. Sobre anfíbolos en el crisotilo ver K. J. Butnor, T. A. Sporn, and V. L. Roggli, “Exposure to Brake Dust and Malignant Mesothelioma,” Ann. Occup. Hyg., 2003, 47:325–330. Para dos recientes opiniones contrastadas ver Richard H. Lemen, “Chrysotile Asbestos as a Cause of Mesothelioma: Application of the Hill Causation Model,” Int. J. Occup. Environ. Health, 2004, 10:233–239; y Malcolm Ross and Robert P. Nolan, History of Asbestos Discovery and Use and Asbestos-Related Disease in Context with Occurrence of Asbestos within Ophiolite Complexes, Special Paper 273 (Boulder, Colo.: Geological Society of America, 2003), posted at www.ierfine.org/html/history/asbestos.pdf. Sobre la supuesta seguridad del crisotilo en los edificios, véase, por ejemplo, C. Booker, “Unnecessary Asbestos BillWill Top £8bn,”, London Daily Telegraph, 27 de enero de 2002. La analogía fue desafortunada, dado que el talco puede contener asbesto, pero luego la principal fuente científica del periódico fue un representante de la industria del asbesto-cemento.

    [49] Geoffrey Tweedale, “Management Strategies for Health: J. W. Roberts and the Armley Asbestos Tragedy, 1920–1958,” Journal of Industrial History, 1999, 2:72–95 (Armley); Jock McCulloch, Asbestos: Its Human Cost (St. Lucia: Univ. Queensland Press, 1986) (Wittenoom); McCulloch, Asbestos Blues: Labour, Capital, Physicians, and the State in South Africa (Oxford: Currey, 2002) (Penge and Prieska); Brodeur, Expendable Americans (cit. n. 15) (Tyler); Andrea Peacock, Libby, Montana: Asbestos and the Deadly Silence of an American Corporation (Boulder, Colo.: Johnson, 2003); and Andrew Schneider and David McCumber, An Air That Kills: How the Asbestos Poisoning of Libby, Montana, Uncovered a National Scandal (New York: Putnam, 2004).

    [50] Para el lego, es un caso de «elegir un número». Nicolson and Landrigan, “Carcinogenicity of Chrysotile Asbestos” (cit. n. 38), sugieren que la crocidolita es dos o tres veces más potente que el crisotilo como causa de mesotelioma. Otros han informado sobre el riesgo de crocidolita: crisotilo en la proporción de 500: 1. Ver J. T. Hodgson and A. Darnton, “The Quantitative Risks of Mesothelioma and Lung Cancer in Relation to Asbestos Exposure,” Ann. Occup. Hyg., 2000, 44:565–601.

    [51] Esto se ha definido como «la necesidad de actuar para reducir los peligros potenciales antes de que haya pruebas sólidas de daños, teniendo en cuenta los posibles costos y beneficios de la acción y la inacción». Ver European Environment Agency, Late Lessons from Early Warnings: The Precautionary Principle, 1896–2000 (Copenhagen: European Environment Agency, 2001), p. 13.

    [52] Sobre la situación en Canadá, ver Institut National de Sante Publique du Quebec, Rapport épidémiologie des maladies reliées a` l’exposition a` l’amiante au Québec (Quebec, Sept. 2003), posteado en www.inspq.qc.ca/pdf/ publications/222-EpidemiologieExpositionAmiante.pdf. Sobre las circunstancias de los países en desarrollo ver L. V. Harris and I. A. Kahwa, “Asbestos: Old Foe in Twenty-first-Century Developing Countries,” Science of the Total Environment, 2003, 307:1–9; and A. L. Ramanthan and V. Subramanian, “Present Status of Asbestos Mining and Related Health Problems in India: A Survey,” Indus. Health, 2001, 39:309–315. Sobre la sinergia con el tabaco ver A. L. Frank, R. F. Dodson, and M. G.Williams, “Carcinogenic Implications of the Lack of Tremolite in UICC Reference Chrysotile,” Amer. J. Indus. Med., 1998, 34:314–317.